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martes, 13 de mayo de 2008

¿Podríamos llegar a demostrar que todos los organismos eucariontes tienen un sistema "nervioso" que les otorga sensibilidad?

Los antiguos griegos discutían acerca de si la sede del pensamiento estaba en el corazón o en el cerebro, así como si había tres almas o una sola. La actual neurociencia, heredera de esa visión que no podía aceptar realidades totalmente incorpóreas, sigue buscando la sede física de nuestros pensamientos.
La tomografía computada se ha utilizado como una herramienta para la localización de las áreas cerebrales involucradas en la formación de ciertos pensamientos.
Las neurociencias han avanzado mucho en los últimos años gracias a la invención de medios tecnológicos que permiten saber en vivo lo que ocurre fisiológicamente en un cerebro que piensa. Pero siempre cuenta con el testimonio introspectivo de aquéllos que se someten a sus experimentos, con lo cual, más que alcanzar un reduccionismo de algún tipo, lo que hace es seguir la ya vieja idea de un paralelismo psicofísico.
El paralelismo psicofísico se remonta a las ideas de la física galieleana y cartesiana, con su distinción de cualidades primarias y secundarias, y ha sido criticado y desmenuzado por Husserl en su última obra pubicada en vida, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. La ciencia "seria" sigue siendo moderna, y eso significa que se basa en el planteo platónico de un recurso a explicaciones metafísicas de los fenómenos físicos. Con esto queremos decir que el fenómeno es considerado manifestación de un noumeno, de una construcción teórica que postula una realidad paralela, más verdadera, que escapa a la subjetividad del observador. Esto vale, paradójicamente, aun para el estudio de los fenómenos subjetivos.
Podríamos dudar de esta descripción de las neurociencias si pensáramos que la tomografía computada no recurre a construcciones teóricas. Pero sí lo hace, pues no nos muestra lo que pasa en el cerebro "abriéndolo", lo cual implicaría "matarlo para comprender su vida propia", sino de un modo indirecto.
Así como la física correlaciona las sensaciones de color con las ondas de luz con amplitudes y longitudes mensurables, la neurociencia correlaciona nuestros estados psíquicos con los flujos sanguíneos en el cerebro que piensa.
Lo que recién empieza a analizarse es un nivel más elemental que el fisiológico, de las áreas cerebrales. Nos referimos al nivel biomolecular, en el cual se ubican las investigaciones acerca de las prolongaciones y retracciones de las conexiones sinápticas y sus intercambios de moléculas, así como el transporte de señales a través de los microtúbulos.
Si se pudiera llegar a correlacionar el trabajo de los microtúbulos con el pensamiento, teniendo en cuenta que ellos, como parte del citoesqueleto, controlan no sólo el mantenimiento de la estructura celular sino también sus movimientos, debríamos pensar que ellos constituyen el "verdadero" sistema nervioso de los organismos, aun de aquellos que no cuentan con neuronas. La irritabilidad pasaría a considerarse como un modo de sentir y de pensar (en virtud del paralelismo psicofísico antes mencionado), y aparecería difundido por la totalidad del organismo pluricelular, y no sólo en sus ganglios nerviosos, que serían meras concentraciones de la capacidad perceptiva y locomotora de, al menos, todos los organismos eucariontes. Los microtúbulos que regulan y producen el movimiento de los cilios de los paramecios, como dice Penrose, deberían ser tomados como un ejemplo de proceso cognitivo. Habríamos llegado a la conclusión de que el "alma" está difundida por todo el cuerpo, sin una localización específica, que es lo que pensaban los primeros filósofos griegos.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 1 de abril de 2008

Estilos de pensamiento

Cada filosofía tiene un estilo diferente. Contando con los mismos datos, es posible enmarcarlos en las estructuras de pensamiento más sencillas o más extravagantes. Pero, más allá de las diferencias individuales, podríamos clasificar todas las formas de pensamiento en dos grandes modos: el argumentativo y el oracular.
El primero consiste en lo que Hegel llamaba "el arduo trabajo del entendimiento". Avanza paso por paso, todo lo divide en partes pequeñas, y luego las ensambla, bajo reglas estrictas. Tiene siempre un método, nos dice dónde ubicarnos para ver lo que su discurso describe. A menudo es aburrido seguirlo.
El segundo modo es el de quien habla un lenguaje que surge perfecto y total desde el principio, ilumina todo de un sólo golpe y deja a quienes leen o escuchan con la boca abierta, preguntándose ¿cómo lo hace? ¿Cómo no se me ocurrió a mí antes?
En Biología, extrañamente, sucede lo mismo. La Biología Molecular rastrea paso por paso los procesos que llevan a la formación y destrucción de las distintas biomoléculas en el interior de la célula. Cada día aporta descubrimientos nuevos. Nos habla de las estrictas leyes físicas y químicas por las que se rige el movimiento de la materia y la circulación de la energía en los organismos vivientes.
La Biología Evolutiva, en cambio, funciona a puro ingenio, a golpes de iluminación y genialidad, y suele expresarse de un modo entusiasta y literario. No es posible dejar de sentir el orgullo de Darwin cada vez que inventa una solución posible a un problema suscitado en su teoría por alguna objeción consistente.
Una de sus soluciones, repetida hasta el cansancio por sus epígonos, es mostrar que los sistemas más complejos presentan "versiones" menos complejas e igualmente funcionales en otros seres vivientes. La escala natural de los ojos es un buen ejemplo de ello, aunque El origen de las especies contiene otros menos afortunados, como la vejiga natatoria de los peces como anticipo de los pulmones, o las barbas de los patos como modelo de transición entre dientes y barbas propiamente dichas en el desarrollo que va de los vertebrados terrestres a las ballenas. Este recurso vuelve a repetirse cuando se intenta probar que hay formas menos complejas de coagulación de la sangre que las mencionadas por Behe.
Otro de esos recursos, repetido al infinito, es proponer, para órganos complejos que no pueden haber tenido funcionalidad de faltarle alguno de sus elementos integrantes, la posibilidad de que una versión más simple haya cumplido antes una función distinta para la supervivencia. Por ejemplo, las plumas, aun sin estar ligadas a huesos livianos y un aparato respiratorio adaptado al vuelo, pudieron haber servido como medio de conservación de la temperatura corporal en algunos dinosaurios que, según se sabe, ya poseían plumas en vez de escamas.
En ambos casos, la idea es que uno pueda remontarse paso a paso a formas más primitivas, y por ello más simples, hasta llegar a un punto en que ya no es posible hablar de "vida" y todo puede explicarse químicamente. Nunca se da una descripción detallada de cómo se pasó concretamente de un sistema funcional al otro, más que a través de la alusión a mutaciones beneficiosas, que, como ya hemos dicho, constituyen el sustituto actual de las pequeñas variaciones fenotípicas de Darwin.
Aquí se nota la búsqueda de una solución deslumbrante, de la intuición genial, de una iluminación oracular. Darwin solía presentar el problema como prácticamente irresoluble, para de inmediato dar con una respuesta posible, siempre con un tono de modestia no muy creíble, adoptando ese "perfil bajo" que era tan efectivo a la hora de probar la inteligencia del Creador en las obras de su admirado "rival" Paley. Pero no vemos aquí un "arduo trabajo del entendimiento" capaz de mostrar, según leyes firmes, el modo en que se produce el cambio. Siempre se nos habla de algo que "podría" haber sucedido. La Filosofía de la Naturaleza, tan criticada por el positivismo decimonónico, no ha muerto. Se ha refugiado en los libros de divulgación escritos por los biólogos evolucionistas.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.