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martes, 15 de abril de 2008

Los hijos contra sus padres

Para que un gen se multiplique, la reproducción es innecesaria. Bastaría con una colonia de organismos pluricelulares, o con que todas las células diferenciadas fueran permanentemente renovadas. Sin embargo, la vida parece seguir siempre el camino improbable. Luego de años de dividirse y especializarse, los organismos de reproducción sexual reservan unas células que se han mantenido totipotenciales, a la espera de que otras células diferenciadas de corta vida vengan de muy lejos, ayudadas con un flagelo móvil, a aportar genes nuevos con los cuales mezclarán los suyos, y contra los cuales deberán luchar por su supervivencia y replicación futura. Todo muy extraño.
Tan extraño es esto, que uno esperaría que, producida la fecundación, el sistema inmunitario generara una respuesta de rechazo a esa mezcla de conocido y desconocido, de propio y ajeno, que implica la reproducción. Sin embargo, por lo general, eso no pasa, y, como si anticipara su propia mortalidad, el organismo cede a la incorporación de lo extraño para persistir, al menos parcialmente, por una generación más.
Un equipo de científicos argentinos, liderado por el doctor Rabinovich, ha descubierto que la respuesta inmune contra el feto no difiere en nada de la que generaría una célula mutante. Es sólo que, al igual que lo hacen algunos tumores, el feto en formación secreta una sustancia (un azúcar con propiedades informacionales) que inhibe la acción del sistema inmune a nivel local, protegiéndose así del rechazo del propio progenitor de cuya sangre se alimenta.
¿Qué nos demuestra esto? Nos demuestra que el ser individual trasciende su genética, lucha por su propia identidad como lo hace la célula mutada, como si fuera una parte del propio organismo rebelada contra él, a la manera de una enfermedad. Nos demuestra que no hay genes aislados, sino genomas enteros, genomas que fueron generados mediante una combinación aceptada durante la fecundación, aunque rechazada luego durante el embarazo, genomas que disponen de la información necesaria para resistir ese rechazo y conquistar así su propia individualidad. Una información con la que también el tumor, que mata, puede lograr su propia proliferación.
Como ya lo hemos dicho, estamos en el ámbito de la complejidad. Aquí las explicaciones lineales no nos sirven. La armonía surge de una verdadera guerra de opuestos, como pensaba Heráclito. Que los mismos recursos que sirven a la prolongación de la vida hagan posibles mecanismos de muerte, nos muestra, en la vida pluricelular, la existencia de una dialéctica de tintes trágicos que nos recuerda la idea de Nietzsche: el mundo como un juego cuyo sentido trasciende todo criterio humano de moralidad.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

jueves, 13 de marzo de 2008

El costo de mantenernos vivos



Todos sabemos que vivir cuesta. Que la vida es una permanente inversión: inversión de esfuerzo, inversión de tiempo, inversión de dinero. Tener una familia, una inserción social y un proyecto de vida no son logros gratuitos. Tampoco lo es mantener nuestro cuerpo funcionando más o menos correctamente. Para mantenernos sanos y activos nuestro organismo necesita un suministro permanente de alimentos, de oxígeno para respirar y también ciertos cuidados preventivos cuando las enfermedades acechan. Cada una de nuestras células recibe los nutrientes que les provee nuestra dieta, los degrada, utilizando para ello el oxígeno proveniente de nuestra respiración, y con la energía que obtiene de ese proceso realiza todos los procesos de transporte y de movimiento necesarios para mantenerse viva, elabora los materiales para su crecimiento, y eventualmente se reproduce dividiéndose en dos.
Sin embargo, eso no es todo. Cada una de nuestras células debe hacer, además de todo ello, un trabajo permanente mucho más arduo y más costoso. Este trabajo consiste en la regulación precisa de su ciclo de vida, el denominado “ciclo celular”. Este ciclo es una sucesión de etapas en las que la célula primero debe crecer y realizar el “trabajo biológico” para el que está destinado el tejido en el que la célula participa, y eventualmente luego podrá duplicar su información genética y finalmente dividirse. Aunque cumplir gradualmente éstas etapas parezca ser el curso espontáneo de la vida de una célula, lo cierto es que no lo es. Si el ciclo celular no se regulara especialmente, si no se invirtiera una gran cantidad de energía con ese objetivo, cualquier célula simplemente “se olvidaría” de desarrollarse y realizar su trabajo en forma disciplinada dentro de su tejido. ¿Qué haría entonces? Podría dedicarse meramente a multiplicarse, dividiéndose una y otra vez sin control. Hasta podría adquirir la capacidad de trasladarse e ir a invadir un sitio ocupado por otro tejido. Claro que sabemos lo que implica esta subversión celular. Es el tan temido tumor localizado que puede progresar hasta el cáncer diseminado. Incluso la célula podría optar por “suicidarse”, camino que sólo requiere que se deje escapar de uno de los compartimientos de la célula - la mitocondria- una proteína que desencadena la muerte celular. En definitiva, nuestras células terminarían en un comportamiento alocado, incompatible con la vida, si nada se los impidiera.
Afortunadamente, en toda célula funciona una complejísima y costosísima red de múltiples maquinarias moleculares “guardianas” que durante todo el ciclo actúan como frenos para evitar que de una etapa se pase a la siguiente sin el debido control de que es el momento justo para hacerlo. El filo de la navaja es escalofriante. Las señales que permiten el cambio de una fase a otra del ciclo celular se producen permanentemente y algunos de estos dispositivos de control deben detectarlas y destruirlas de inmediato y sin descanso mientras no sea recomendable el cambio de etapa. También la señal de muerte celular pugna por salir de la mitocondria, y el dispositivo “guardiacárcel” debe impedírselo si quiere que la vida continúe. Así que el encauce de nuestra vida dentro de márgenes fisiológicos se lo debemos a los delicados mecanismos de homeostasis, que regulan cada suceso que ocurre dentro de una célula. El costo de mantenernos vivos es muy alto.
Figura: Célula de un carcinoma humano durante el proceso de división. (Ilustración de A.M.E. Luccerini. Derechos reservados).
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.