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miércoles, 3 de septiembre de 2008

La ilusión trascendental

Kant, en la Crítica de la Razón Pura, nos dice que podemos conocer el fenómeno, es decir, la superficie de contacto entre la realidad y la estructura de nuestra subjetividad, pero no podemos asomar fuera de nuestro propio horizonte de comprensión, como seres finitos que somos, y alcanzar una verdad absoluta.
Parece extraño que después de la Filosofía Crítica todavía hay quienes caen en la "ilusión trascendental" de pensar que lo real es un libro abierto para nuestra razón y que leerlo por completo es sólo cuestión de tiempo. ¿Qué les hace creer a los biólogos de hoy que, si en miles de años de pensamiento el hombre no llegó a sostener una verdad perdurable hacerca del mundo sea hoy el momento de la historia adecuado para alcanzar esa verdad? Sólo una fe que la propia razón que dicen seguir jamás podría justificar.
Cuando se habla de una Teoría de Todo, yo preguntaría ¿de todo lo qué? Saber que las cuetro fuerzas fundamentales pueden haberse desprendido de una sola ¿explica todo? Si pudiéramos explicar todo, habríamos convertido, sin residuo, toda realidad en pensamiento. Primero preguntémonos ¿puede existir la realidad en nuestro pensamiento?
Es triste que haya gente de buena fe que lee a Dawkins como si se tratara de la Biblia, y critican a quienes leen la Biblia como si se tratara de la verdad. Es triste porque nunca se preguntan qué es la verdad.
No hay nada peor que un escepticismo a medias, que rechaza unas afirmaciones y otras las acepta ciegamente.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

jueves, 14 de agosto de 2008

¿El ambientalismo está justificado biológicamente?

Hume es uno de los primeros filósofos que ha afirmado que deben separarse las esferas del ser y del deber. Es muy común pretender, a partir de una descripción de lo que las cosas "son", tratar de derivar conclusiones acerca de lo que "deberían" ser. Quizás esta idea se deba a Aristóteles, quien pretendía del estudio de la esencia humana derivar una conclusión acerca de los bienes a los que el hombre "debe" aspirar, y a los iluministas franceses, para quienes de la naturaleza humana derivan ciertos derechos inalienables que todos debemos respetar.
Richard Lewontin, basándose en los mismos datos biológicos que llevan a los ambientalistas a hablar de la necesaria preservación del medio ambiente y de las especies en peligro de extinción, sostiene que el medio ambiente no existe, que la naturaleza biológica consiste en cambiar y no en permanecer, que los hombres somos una más de las especies que modelan el medio con su comportamiento, y que la extinción del 99,99 porciento de las especies que han existido sobre la Tierra antes de la aparición del hombre demuestra que el intento por salvar especies en vías de extinción es un inútil malgasto de recursos. Que a lo sumo se trata de mejorar las condiciones ambientales para mejorar la vida del hombre, especie destinada también, como todas, a desaparecer cuando estalle el Sol y se trague a la Tierra y a todo lo que habita en ella.
En realidad, los argumentos de Lewontin son válidos, tanto como los argumentos de los ambientalistas. Lo cual significa que no hay argumentos suficientes para decidir cuál es el camino que nuestras acciones deben seguir. Una vez que hemos decidido, podemos justificar nuestra decisión después, pero, como decía Sartre, siempre hay una ética que nos permite demostrar que lo que decidimos hacer es lo mejor que podíamos hacer. La biología nos puede decir si una sustancia pesticida que es rociada en soja transgénica puede poner o no en peligro nuestra vida, pero no nos puede decir si es bueno o malo hacer soja transgénica, si es bueno o malo usar pesticidas. Esa es una cuestión humana y no natural.
Kant planteaba que el reino de deber está en nuestra conciencia moral, que nada tiene en común con el reino del ser. Hegel, en cambio, decía que el ser humano es parte de la realidad, y con ella su moralidad, que además es vacía si no se realiza en las políticas de Estado, en la forma de la eticidad. ¿Quién tiene razón y quién se equivoca? ¿Podemos no actuar sobre la realidad como lo hacemos? Y si no podemos, ¿debemos igualmente criticar, desde nuestra conciencia individual, lo que hacemos como totalidad social?
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 3 de junio de 2008

Lo "interesante" como categoría epistemológica

Generalmente se considera que lo interesante es un criterio propio de la literatura, no de la filosofía, ni, menos aún, de la ciencia. Sin embargo, sospecho, como Borges, que la filosofía, y también la ciencia, son formas extrañas de la literatura fantástica. El motivo es que ellas crean sus propias realidades, y se difunden como discursos autorizados en la medida en que logren atraer el interés de los especialistas y también de los legos. Con ello, la categoría de lo "interesante" cobra un papel central, sobre todo cuando los saberes no presentan una aplicación utilitaria inmediata, y deben tratar de difundirse en los medios masivos para conseguir presupuesto.
Más allá de cuestiones pragmáticas, nada en ciencia puede considerarse una verdad pura y simple. Si algo llama la atención, es porque constituye un tema o problema interesante. Por ello en los libros de matemática no nos encontramos con todos los teoremas posibles, sino sólo con teoremas interesantes.
Los motivos del interés científico parecen reducirse a dos: la atracción por lo extraño, y el intento por encontrar analogías entre cosas distantes.
Lo extraño puro puede ser generador de lo que Kant llamaba el sentimiento de lo sublime. Lo que presenta un orden sin concepto, se presenta, también según Kant, como lo bello. Los científicos hablan muchas veces de la belleza de sus descubrimientos, y en parte a ello se debe su interés. Pero en la ciencia hay subordinación, al menos parcial, al concepto. El interés, para el científico, está, entonces, en la posibilidad de una progresiva familiaridad con lo extraño, que puede ir desde una comprensión sentimental hasta un entendimiento matemático abstracto (entendimiento que no deja de ser una forma límite de la familiaridad).
Se trata, entonces, de la unidad en la diferencia, de esa "mezcla de ser y no ser" o de "Mismo y Diferente" que según Platón depara las sorpresas de la contingencia, pero siempre en el marco de una confianza en la capacidad del entendimiento para domar ese caballo siempre desbocado que llamamos "realidad".
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

viernes, 18 de abril de 2008

La Biología, y la Filosofía del "como-si"

En una obra que no ha perdido nada de su vigencia para la Epistemología, llamada Crítica del juicio, Kant explicaba que la Biología perdía mucho de su poder explicativo si no trataba la constitución fisiológica de los organismos "como si" tuviera la finalidad explícita de contribuir a su supervivencia. Este "como si" ha sido fruto de malas interpretaciones, sobre todo por parte de los filósofos del romanticismo alemán, quienes no se conformaban con afirmaciones débiles. En su afán de conocimiento absoluto, el romanticismo convirtió ese "como si" en la firmación de un plan divino, o en la aceptación de fuerzas vitales o entelequias.
El darwinismo significó una salida frente a esta situación, una manera de alejar a la Biología de toda metafísica, siguiendo el ideal empirista-positivista de la filosofía británica, que sólo podía aceptar a Dios como primera causa eficiente del mundo, pero que veía como falta de cientificidad toda alusión a entelequias y fuerzas ocultas. Paradójicamente, la física de Newton, paradigma de ese modo de pensar, se basó en la aceptación de una fuerza oculta que además actuaba a distancia y de modo instantáneo: la fuerza de gravedad. Un pecado del cual la física todavía no ha sabido librarse, a pesar de los intentos de Einstein en la línea del Empiriocriticismo de Mach y Avenarius.
Lo cierto es que, más allá de Darwin y su propuesta tranquilizadora, la biología no ha dejado nunca de tratar a su objeto "como si" tendiera a su propia conservación y proliferación, "como si" todas las partes del organismo tuvieran una función que les diera un "sentido", un cierto carácter necesario. Incluso la mención de cosas como el "ADN basura" o las "imperfecciones" que demuestran el carácter "chapucero" de la evolución no dejan de mostrar cierto enojo reprimido por no poderle encontrar a cada órgano, a cada tejido y a cada molécula una función.
El atractivo creciente de la Biología Molecular radica en que se trata de la disciplina que mejor ha logrado mostrar que todo aquello de lo que se ocupa "debe" cumplir alguna función para el mantenimiento de los ciclos de comportamiento ordenados que juntos constituyen lo que, en una manera de decir quizás demasiado estática, llamamos "ser viviente". El "ser viviente" no "es", sino que se hace, y dura como viviente lo que dura su capacidad de hacerse y rehacerse constantemente.
El "debe" al que hice referencia se trata, justamente, de una im-posición, como diría Heidegger, que aplicamos a nuestra materia de estudio. Lo que todavía no sabemos para qué sirve, lo sabremos más tarde. Así tiene que ser, porque sin esa esperanza nos quedaríamos sin la continuidad de un proyecto. Decir que cada molécula debe tener su función es decir que debemos nosotros pensar que la tiene, tratar con ella "como si" la tuviera. Ese "como si" no tiene nada de metafísico. Es un presupuesto de todo programa de investigación. Sin él, nada hay que investigar, porque todo es azar, y así como es, podría no ser.
Trabajar las relaciones entre distintas moléculas "como si" sirvieran a una finalidad, que es la de mantener la regulación de los procesos que hacen del organismo un sistema de cambios complejo pero racional y coherente, y no un mero caos, le ha sido útil a la Biología Molecular como proyecto. No importa que ese "como si" sea justificado luego con frases del tipo "esto debió ser un aporte positivo para la supervivencia del organismo", o "esto debió haber sido seleccionado positivamente porque contribuía a la evolución".
Kant pensaba que el "como si" era un recurso necesario sólo en la Biología, donde dudaba de la aparición de un Newton capaz de explicar el orden orgánico a partir de causas mecánicas basadas en leyes absolutas de orden físico-químico. Se ha dicho que Darwin era ese Newton de la Biología de cuya aparición Kant dudaba. Pero se lo ha dicho en el mismo momento en que la física relativizaba las leyes de Newton. Es decir, mientras, por un lado, la Biología abandonaba el "como si" en busca de una verdad positivista, la física abandonaba el positivismo y adoptaba una actitud "como si", a la que consideraba, además, relativa a la época y a la cultura, y a la que daba el nombre de programa de investigación o paradigma.
¿Qué es un paradigma? Es, justamente, lo que Kant llamaba un "como si". Por ejemplo, Aristóteles describía el mundo "como si" las leyes en la Tierra fueran distintas de las leyes de los Cielos. Newton, en cambio, lo describía "como si" las leyes naturales fueran las mismas para todo el Universo.
¿No pasa lo mismo en Biología? Dawkins trata a los organismos "como si" fueran máquinas elaboradas por genes egoístas para asegurar su propia replicación. Margulis los trata "como si" fueran simbiontes de origen bacteriano. Maturana y Varela los tratan "como si" fueran sistemas abiertos en lo que se refiere a intercambio de materia y energía con el entorno, pero cerrados en su modo de organización. Es decir, basándose en más o menos los mismos hechos, y descartando toda alusión a entidades metafísicas, cada uno de ellos se maneja, para comprender su objeto de estudio, con distintos "como si", con distintos paradigmas. Behe, por su parte, trata a los organismos "como si" fueran máquinas ensambladas por alguna forma de inteligencia que los trasciende. Cada uno tiene su verdad. Pero siempre van a estar discutiendo entre sí sin llegar a nada, porque todos pretenden, para su visión, la universalidad.
Es igual que en arte, como decía sabiamente Kant: podemos discutir eternamente si un cuadro es bello o feo, podemos dar razones de una y otra postura, pero lo cierto es que esos juicios, más que del cuadro, nos hablan del modo en que lo vemos.
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lunes, 7 de abril de 2008

¿Qué es la Biología?

Kant, filósofo de gran influencia en el ámbito científico (Einstein lo citó bastante, y es casi el único al que citó, aparte de su inspirador filósofo y físico Mach), dijo que el hombre encuentra en las cosas lo que antes ha puesto en ellas. Eso significa que los "puros hechos" no existen (salvo en el caso extremo de los datos inmediatos de la sensación, que son también algo que está "del lado del sujeto", por lo menos desde que Descartes y Galileo fundaron la física moderna).
Lo que Kant dice es cierto, básicamente, porque la Biología, por ejemplo, como dice su nombre, no es la vida, sino una "palabra o discurso racional" (logos) acerca de ella. El discurso es lo que dicen los hombres que las cosas son. Esto no nos lleva a un subjetivismo radical, simplemente porque no todos los hombres "dicen" lo que es la vida, ni lo dice tampoco "cada hombre" de aquellos que están gremialmente autorizados para decirlo.
Para hacerlo más simple, la ciencia, cualquier ciencia, es una institución tradicional, que subsiste y evoluciona por educación (no se ha encontrado aún el gen de la inquietud o de la experticia en materia de Biología). Esa institución surgió fuera de las universidades (Galileo estudió en una academia, no en la Universidad), pero con el tiempo se apropió de esas instituciones teológicas medievales y aprovechó sus posibilidades de tradicionalización.
En el caso de la Biología, el discurso suyo se separó del discurso físico, debido posiblemente a la influencia de la medicina (los primeros biólogos fueron médicos). Se esperaba del estudio de la vida recursos para mejorar la vida humana, algo que fue más lento y llevó más tiempo que en el campo de la física. La biotecnología es algo reciente, muy reciente comparado con las aplicaciones tecnológicas de la física.
Como muestra Hegel en la Fenomenología del espíritu, la conciencia trata de absorber una realidad que se le escapa constantemente. "Habla", entonces, de ella, como un modo mítico de apropiársela. Si lo lograra, dice Hegel, llegaríamos a la autoconciencia total, es decir, en lugar del hombre estaría Dios, y todo en él. Por eso mismo es que, según Kant, el conocimiento absoluto es un ideal que nunca se alcanza, y la ciencia, así, se vuelve deliciosa por lo que promete, pero mantiene el sabor de lo deseado pero inalcanzable.
Para la Biología la vida es, y "debe" ser, como la Beatrice del Dante, y por eso en este blog, para que la Biología no se vuelva desabrida, y para que los biólogos no se mueran de inanición, nos planteamos dudas, provocamos -como ha dicho uno de nuestros fieles comentaristas- con algunos títulos sensacionalistas, y hacemos preguntas que dejamos sin responder.
La Biología es una más de las maneras en que el espíritu lucha (amorosamente) con la materia, en una batalla que siempre está, en cada momento, perdida, pero que siempre será ganada "mañana".
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

jueves, 6 de marzo de 2008

La Biología en el contexto de la Ciencia

Creemos que la ciencia está dividida entre su papel tradicional de investigación en torno a la verdad, al sentido último de las cosas, y su papel actual de insumo tecnológico, de credora de plusvalía en la cadena productiva. Cuando Galileo inauguró la ciencia, pensaba leer el mundo como libro escrito en caracteres matemáticos. No pensaba, como el positivismo, en calcular para predecir y en predecir para dominar. Lo movía el asombro. Pero el asombro se ha perdido en medio de un afán de dominio sin más fines que los que la propia voluntad de poder se proponga.
Decía Heidegger: el Ser se manifiesta en el ente y se oculta detrás del ente. La verdad del ente no es la verdad del Ser ¿Significa eso que si queremos llegar al Ser debemos pasar por encima del ente? ¿Cuál es la verdad del Ser para la ciencia? ¿Para la ciencia el Ser es el fenómeno, o el Ser trasciende el fenómeno? Y si lo trasciende, ¿qué nos dice la ciencia acerca del Ser? ¿Qué se nos revela del Ser a través del fenómeno? Cuando hablamos del fenómeno hablamos de la apariencia, hablamos de la superficie de contacto entre el mundo y nuestra subjetividad. Pero queremos llegar en el fondo a una verdad como revelación de la esencia más profunda, de lo que es, y no de lo que parece ser. La psicología, por ejemplo, empezó como una ciencia del alma. Ahora se define como una ciencia de la conducta. La diferencia está en que la conducta se ve, y el alma no se ve. Y sin embargo, cuando queremos a alguien queremos conocer su alma, sus pensamientos más íntimos.
Kant nos enseñó que el entendimiento, el instrumento de la ciencia, sólo puede ordenar el fenómeno, darle un sentido a partir de las preguntas que nos hacemos acerca de él. Si queremos ir a las cosas mismas, estamos obligados a salirnos del ámbito del entendimiento. Al hacerlo, estamos fuera del ámbito de la ciencia. Después de Kant, la filosofía se ha empeñado en buscar al Ser al margen del entendimiento. Kierkegaard decía que el entendimiento es incapaz de comprender el infinito. Hegel buscaba una razón dialéctica que abarcara y superara al entendimiento. Jacobi se atenía a la fe. Schopenhauer buscaba la respuesta en el hinduismo. Nietzsche nos habla de la voluntad de poder como motor de la vida, cuyo sentido se revela en el arte.
Hay una excepción importante a este proceso postkantiano del romanticismo: Goethe. Goethe trató de construir una ciencia de la vida que le permitiera encontrar la idea que se manifiesta en el fenómeno. Él veía la idea en el fenómeno, en una amalgama de sensibilidad y entendimiento, uniendo con su mirada estética los ámbitos del conocimiento que Kant había separado. Supongamos, parecía plantearse, que el Ser se manifiesta en la creación como no lo ha hecho en el espíritu del hombre. ¿Qué nos estaría diciendo la Naturaleza acerca del Ser? Retomaba así una línea inaugurada por Kepler, cuando éste quiso leer la mente de Dios en las leyes del movimiento de los planetas. Goethe fue la esperanza de los idealistas alemanes, un último esfuerzo para que no ganara en la ciencia el paradigma de las explicaciones mecánicas. No es que el paradigma mecánico negara a Dios. Más bien lo pensaba como el hábil relojero que había puesto a andar al gigantesco reloj planetario, para dejarlo luego desarrollarse según leyes rígidas y universales. No tenía sentido, para esta visión cartesiana del mundo, adorar una naturaleza que los hombres podríamos haber creado si fuéramos dioses, y que al menos podíamos llegar a entender y modificar en nuestro bien.
Para Goethe, como para Tales de Mileto, el mundo estaba lleno de dioses, esos dioses se llamaban "planta originaria", "animal originario". Pero Goethe quiso desafiar a la teoría de Newton acerca de los colores, y eso le dio una fama de diletante que arruinaría su imagen dentro de una comunidad científica todavía incipiente, en la que todavía se discutía si, como decía Newton, el espacio y el tiempo son o no los órganos sensoriales de Dios.
Hoy más que nunca la física se propone leer la mente de Dios. Einstein decía: "Dios no juega a los dados". Hawking, paralizado, sentado en una silla de ruedas, afirma que el sentido de su vida es revelar el pensamiento de Dios a través del conocimiento de Su obra. Pero la cosmología se ha convertido en una especie de ciencia ficción, y cuando la gente común se pregunta por las contribuciones del desarrollo científico piensa en la medicina y en la biología. Mientras los cosmólogos se preguntan por el origen del universo, la biología, con la clonación y los alimentos transgénicos, cambia nuestro universo. Y la Biología, ¿encuentra al Ser en el ente? Heidegger diría que éste ya no constituye un problema para ella. La Biología vive en el dominio del ente, se olvidó del Ser, y se olvidó hasta de que es posible hacerse este tipo de preguntas. Pero, ¿qué pasaría si, siguiendo a Goethe, nos preguntáramos qué le ha sido revelado a la Biología a través de sus descubrimientos más nuevos? ¿Hay en la Biología un único paradigma? ¿No será engañosa la imagen de unidad que nos dan los biólogos contemporáneos al parapetarse detrás de la figura de Darwin, entendido como aquel que expulsó definitivamente toda inquietud espiritual de este ámbito del conocimiento?
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