No deja de tener un vis artístico creativo eso de imaginarse que las especies nuevas surgen de asociaciones provechosas entre especies preexistentes, asociaciones que ocurrirían porque una fuerza arrolladora de lo vivo no puede evitar amasar la argamasa de lo conocido para crear criaturas nuevas.
Pero lamentablemente, mal que le pese a Lynn Margulis y a muchos biólogos creativos que se alinean gustosos a la artística idea, la enorme mayoría de las asociaciones no son hereditarias. Esto anula toda influencia que se prolongue a lo largo de las generaciones.
En segundo lugar, el tipo de asociación entre diferentes especies que es más frecuente en la naturaleza es el parasitismo, asociación que, refiriéndonos a nuestra especie, incluye las patologías humanas infecciosas. Es decir, si la valoramos (como gusta hacer dicha investigadora) deberíamos calificarla de "mala", al menos para uno de los participantes, el organismo invadido. Y para los dos, si la situación termina en la muerte. Esta evidencia atenta contra otorgarle valor a la asociación como posible factor evolutivo, al menos en casos así, siempre que entendamos la evolución dada por la creación de algo nuevo por asociación de dos entidades preexistentes como un paso siempre adelante.
En tercer lugar, el origen de lo nuevo por asociación de lo viejo "a la Margulis" debería conllevar una fatalidad, una tendencia incontenible de las especies a asociarse. ¿Por qué entonces tantas especies no se asocian con ninguna otra? ¿Por qué entonces existen asociaciones - pienso en infecciones micóticas profundas en seres humanos, por ejemplo, como la neumonía por el hongo Pneumocystis carinii- que sólo se dan en ciertas condiciones muy particulares que sólo cumple una minoría de ejemplares de una de las especies participantes (en situaciones de inmunidad muy comprometida del hospedador en el ejemplo que cité)?. ¿Se creará a partir de esa minoría infectada una nueva especie que reemplazará al resto?
¿Por qué será que unas pocas asociaciones -como las polémicas amebas que alojarían bacterias- tienen "intención" evolutiva, por lo cual son permanentes, generalizadas, heredables, y todas las demás, es decir la enorme mayoría, no? ¿Eh? ¿Por qué?
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sábado, 21 de febrero de 2009
miércoles, 1 de octubre de 2008
¿Es irreversible el proceso evolutivo?
Me llamó la atención la existencia de la respuesta a la falta de oxígeno que menciona Mirta en sus artículos. El organismo es capaz de pasar del modo "respiración oxigénica" al modo "fermentación", menos eficiente, pero uno de los recursos energéticos usados... ¡por las bacterias! Eso me lleva a pensar que hay en la genética de todo organismo la posibilidad de recurrir siempre a caminos alternativos, aunque sean soluciones que son útiles a los seres unicelulares, pero no permiten sostener la vida pluricelular.
¿Cómo leer este resultado? Hay que darle la razón a Gadamer: toda ciencia es una hermenéutica, una teoría de la interpretación. Margulis nos hablaría de una nueva demostración de que "todos somos bacterias". El neodarwinismo hablaría de "sistemas vestigiales" que se activan en situaciones críticas (no creo que aludiría a la ventaja de contar con más de un sistema de obtención de energía, porque la respuesta a la hipoxia suele ser funcionalmente de escasa utilidad). Mc Fadden diría que el organismo se va al pluriverso de la superposición de estados y retorna con una nueva solución (un nuevo colapso de la función de onda cuántica). Sheldrake nos diría que el organismo empieza a sintonizar con otro campo mórfico. ¿Cuál es la interpretación correcta?
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
La lucha de las metáforas en Biología
Cada posición en biología se presenta como la defensa de una metáfora. Dawkins usa la imagen de los genes como unidades informacionales con carnadura molecular que se arman máquinas para su pervivencia y replicación. Margulis imagina las organelas como animalitos que viven juntos en una pacífica simbiosis. Gould habla del paseo del borracho. Behe piensa en los organismos como máquinas tontas de complejidad irreductible. Sheldrake piensa en una radio que sintoniza distintas emisiones de un campo radial. Los neodarwinistas hablan de paisajes adaptativos, y Waddington de paisaje epigenético.
Cada metáfora da verosimilitud a cada una de estas posiciones. Si los seres vivos fueran como radios, tendría razón Sheldrake. Si fueran máquinas de complejidad irreductible, tendría razón Behe. Si fueran máquinas creadas por los genes, tendría razón Dawkins, etc. El problema no es saber cuál es la metáfora correcta, porque la metáfora no posee la propiedad de la verdad "por correspondencia", sino a lo sumo representa una "verdad poética". "Verdad" es entonces, en la biología moderna, "verosimilitud", en el sentido en que es verosímil un relato que hable de brujos y hechiceros si describe un mundo mágico, o es verosímil un relato que compare al Universo con una biblioteca en la que hay un libro que contiene todos los libros.
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martes, 8 de julio de 2008
Biología y filosofía de la sospecha
La metafísica y la ciencia se han basado siempre en la sospecha de que las cosas no son como parecen. Uno de los análisis más detallados de esa idea lo encontramos en la Ciencia de la Lógica de Hegel. En esta obra monumental, el filósofo nos muestra el modo en que la apariencia nos lleva a la realidad, y en que, de la realidad, debemos retornar a la apariencia, lo cual genera lo que él llama "el mundo invertido". Por ejemplo, de la apariencia de que el Sol sale y se pone todos los días pasamos a la "realidad" de que es la Tierra la que se mueve. Pero hay que probar que un observador terrestre verá esa realidad de otra manera, bajo la "apariencia" de una salida y una puesta del Sol.
Dentro de la filosofía y de la ciencia hay corrientes que llevan esa sospecha más lejos, entendiendo que la apariencia no es el resultado fortuito de la perspectiva del observador, sino un producto intencional de una realidad que "gusta de ocultarse". Incluso ese ocultamiento se atribuye a cierta intencionalidad que no pertenece a ningún sujeto individual consciente. El propio Hegel inicia en la modernidad esta línea de pensamiento al suponer que Dios, como razón histórica, usa las pasiones de los grandes hombres para ocultar sus verdaderas intenciones, que tienen que ver con una ascensión hacia grados superiores de conciencia y autoconciencia.
Otro filósofo de la sospecha es Nietzsche. Para él nuestros valores occidentales ocultan el afán de revancha de los esclavos romanos que adhirieron al cristianismo como una ideología de la sumisión y de la igualdad.
También Marx sospechaba que las ideas son sólo un reflejo deformado de una realidad económica que busca a través de ellas una legitimidad que le permita reproducirse a sí misma y perpetuarse en el tiempo.
Y no debemos olvidarnos de Freud, quien sospechaba que las verdaderas motivaciones de nuestros actos se originan en una "entidad" a la que llamaba "el inconciente".
En la Biología también tenemos filósofos de la sospecha. Empezando por Darwin, para quien la belleza apacible de un prado oculta la realidad de un combate encarnizado por la supervivencia. Siguiendo por Dawkins, para quien los genes nos usan de un modo egoísta como máquinas que aseguran su reproducción y su sostenimiento en el tiempo -una sospecha curiosamente próxima a la que suscitaba en Marx el mundo de la cultura-. ¿Y Margulis? Ella sospecha que las bacterias nos han utilizado como un medio para conquistar la Tierra e incluso viejar al espacio exterior.
Atribuir intencionalidad a seres inconcientes ¿es un recurso legítimo para la ciencia de hoy? Es un recurso muy utilizado en Ciencias Humanas. También en Biología. ¿No debería asumirse conscientemente como una metáfora o una analogía que busca una comprensión o familiaridad, pero no una explicación por subsunción de los hechos bajo leyes universales?
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viernes, 18 de abril de 2008
La Biología, y la Filosofía del "como-si"
En una obra que no ha perdido nada de su vigencia para la Epistemología, llamada Crítica del juicio, Kant explicaba que la Biología perdía mucho de su poder explicativo si no trataba la constitución fisiológica de los organismos "como si" tuviera la finalidad explícita de contribuir a su supervivencia. Este "como si" ha sido fruto de malas interpretaciones, sobre todo por parte de los filósofos del romanticismo alemán, quienes no se conformaban con afirmaciones débiles. En su afán de conocimiento absoluto, el romanticismo convirtió ese "como si" en la firmación de un plan divino, o en la aceptación de fuerzas vitales o entelequias.
El darwinismo significó una salida frente a esta situación, una manera de alejar a la Biología de toda metafísica, siguiendo el ideal empirista-positivista de la filosofía británica, que sólo podía aceptar a Dios como primera causa eficiente del mundo, pero que veía como falta de cientificidad toda alusión a entelequias y fuerzas ocultas. Paradójicamente, la física de Newton, paradigma de ese modo de pensar, se basó en la aceptación de una fuerza oculta que además actuaba a distancia y de modo instantáneo: la fuerza de gravedad. Un pecado del cual la física todavía no ha sabido librarse, a pesar de los intentos de Einstein en la línea del Empiriocriticismo de Mach y Avenarius.
Lo cierto es que, más allá de Darwin y su propuesta tranquilizadora, la biología no ha dejado nunca de tratar a su objeto "como si" tendiera a su propia conservación y proliferación, "como si" todas las partes del organismo tuvieran una función que les diera un "sentido", un cierto carácter necesario. Incluso la mención de cosas como el "ADN basura" o las "imperfecciones" que demuestran el carácter "chapucero" de la evolución no dejan de mostrar cierto enojo reprimido por no poderle encontrar a cada órgano, a cada tejido y a cada molécula una función.
El atractivo creciente de la Biología Molecular radica en que se trata de la disciplina que mejor ha logrado mostrar que todo aquello de lo que se ocupa "debe" cumplir alguna función para el mantenimiento de los ciclos de comportamiento ordenados que juntos constituyen lo que, en una manera de decir quizás demasiado estática, llamamos "ser viviente". El "ser viviente" no "es", sino que se hace, y dura como viviente lo que dura su capacidad de hacerse y rehacerse constantemente.
El "debe" al que hice referencia se trata, justamente, de una im-posición, como diría Heidegger, que aplicamos a nuestra materia de estudio. Lo que todavía no sabemos para qué sirve, lo sabremos más tarde. Así tiene que ser, porque sin esa esperanza nos quedaríamos sin la continuidad de un proyecto. Decir que cada molécula debe tener su función es decir que debemos nosotros pensar que la tiene, tratar con ella "como si" la tuviera. Ese "como si" no tiene nada de metafísico. Es un presupuesto de todo programa de investigación. Sin él, nada hay que investigar, porque todo es azar, y así como es, podría no ser.
Trabajar las relaciones entre distintas moléculas "como si" sirvieran a una finalidad, que es la de mantener la regulación de los procesos que hacen del organismo un sistema de cambios complejo pero racional y coherente, y no un mero caos, le ha sido útil a la Biología Molecular como proyecto. No importa que ese "como si" sea justificado luego con frases del tipo "esto debió ser un aporte positivo para la supervivencia del organismo", o "esto debió haber sido seleccionado positivamente porque contribuía a la evolución".
Kant pensaba que el "como si" era un recurso necesario sólo en la Biología, donde dudaba de la aparición de un Newton capaz de explicar el orden orgánico a partir de causas mecánicas basadas en leyes absolutas de orden físico-químico. Se ha dicho que Darwin era ese Newton de la Biología de cuya aparición Kant dudaba. Pero se lo ha dicho en el mismo momento en que la física relativizaba las leyes de Newton. Es decir, mientras, por un lado, la Biología abandonaba el "como si" en busca de una verdad positivista, la física abandonaba el positivismo y adoptaba una actitud "como si", a la que consideraba, además, relativa a la época y a la cultura, y a la que daba el nombre de programa de investigación o paradigma.
¿Qué es un paradigma? Es, justamente, lo que Kant llamaba un "como si". Por ejemplo, Aristóteles describía el mundo "como si" las leyes en la Tierra fueran distintas de las leyes de los Cielos. Newton, en cambio, lo describía "como si" las leyes naturales fueran las mismas para todo el Universo.
¿No pasa lo mismo en Biología? Dawkins trata a los organismos "como si" fueran máquinas elaboradas por genes egoístas para asegurar su propia replicación. Margulis los trata "como si" fueran simbiontes de origen bacteriano. Maturana y Varela los tratan "como si" fueran sistemas abiertos en lo que se refiere a intercambio de materia y energía con el entorno, pero cerrados en su modo de organización. Es decir, basándose en más o menos los mismos hechos, y descartando toda alusión a entidades metafísicas, cada uno de ellos se maneja, para comprender su objeto de estudio, con distintos "como si", con distintos paradigmas. Behe, por su parte, trata a los organismos "como si" fueran máquinas ensambladas por alguna forma de inteligencia que los trasciende. Cada uno tiene su verdad. Pero siempre van a estar discutiendo entre sí sin llegar a nada, porque todos pretenden, para su visión, la universalidad.
Es igual que en arte, como decía sabiamente Kant: podemos discutir eternamente si un cuadro es bello o feo, podemos dar razones de una y otra postura, pero lo cierto es que esos juicios, más que del cuadro, nos hablan del modo en que lo vemos.
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lunes, 7 de abril de 2008
Contribuciones y supuestos de la simbiogénesis
Nadie puede negarle a Lynn Margulis su valentía profesional para hacer aceptable en Occidente, contra las ideas que el ruso Dobhzansky ayudó a imponer, otra idea de origen ruso, la de la simbiogénesis.
Habría sin duda que dedicar un capítulo entero de la historia de las ideas a analizar la libertad que ciertos pensadores rusos se tomaron, desde Lomonosov en adelante (pasando por Lobatchewsky, Ambartsumian, Vernadsky, Pablov y, por qué no, también Lysenko), y ello en medio de sucesivas dictaduras políticas.
Pero volviendo a la simbiogénesis (que la propia Margulis admite que es una idea "prestada"), es interesante saber cuáles son los supuestos que están detrás de ella.
En primer lugar, Margulis retomó la idea de "herencia citoplasmática", de la cual habían evidencias en los años treinta, antes de que la guerra eclipsara el pensamiento europeo continental y elevara, por encima de todas, aquellas contribuciones, nacionales o de emigrantes, que se desarrollaron en el mundo anglosajón.
El hecho de que las organelas se dividieran previamente al proceso de división del núcleo, y el hecho de que las mitocondrias se transmitieran sólo por vía materna, es algo a lo que se le restó importancia, hasta que Margulis empezó a orientar la atención de un grupo de investigadores hacia la presencia, también conocida, de ADN en localizaciones inesperadas, básicamente en mitocondrias y cloroplastos. Ese ADN, además, era circular, lo cual le hizo pensar a Margulis en un origen bacteriano.
Ante la falta de mejores explicaciones, los propios partidarios de la Síntesis admiten hoy en día un origen bacteriano para la mitocondria. Pero la posición de Margulis va más lejos. Ella considera que las bacterias, a través de la comunicación de plásmidos, han formado una red de intercambio de información que les ha permitido combinarse en una especie de organismo total antes de la existencia de la pluricelularidad, y hacer recombinaciones de genes antes de la aparición de la reproducción sexual. Un superorganismo inmortal (en el sentido bacteriano de la inmortalidad, es decir, en el sentido de una duplicación sucesiva que no termina nunca con el material de los progenitores). Y todo ello antes de que una bacteria de vida libre invadió a otra y se unió a ella, o se dejó engullir y la parasitó, creándose así una unidad organizacionalmente cerrada a partir de múltiples seres, cada uno con su ADN.
Así como Dawkins representa (según él cree) un materialismo radical similar al que debió profesar Darwin, Margulis es partidaria de un animismo como el de Haeckel (a la sazón, partidario de Darwin) que la lleva a sostener, en Microcosmos, que algunas bacterias, al poseer estructuras de sostén similares a los microtúbulos que hay en nuestras neuronas, podrían llegar a pensar.
Personalmente no tengo nada en contra de estas ideas, y creo que la existencia de este pensamiento enriquece el debate en el campo de la Biología. De todos modos, hay en esta teoría un supuesto de base que es cuestionable: ADN codificante equivale a autonomía vital.
Esa equivalencia es lo que fundamenta la idea de simbiogénesis, y lo que hace que en los manuales aparezca ya como "hecho probado", después de años de rechazo. Lo cierto es que la mitocondria, por ejemplo, cuenta con muy pocos genes, y estos no actúan si no reciben la orden, o la colaboración, de genes que están ubicados en el núcleo.
Claro que para Margulis "antes debió ser de otra manera". Eso es lo que la ubica un pie por fuera del actualismo. Pero está en su derecho de hacerlo, pues ella no nos dice cómo la vida funciona ahora, sino que nos cuenta un hermoso relato -lleno de lagunas, de alusiones a "invenciones" cuando no hay una explicación plausible más ortodoxa- acerca de cómo las cosas fueron "alguna vez" (el "alguna vez" de los grandes mitos que buscan decirnos quiénes somos al contestar a la pregunta "de dónde venimos").
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sábado, 5 de abril de 2008
¿Y si la historia de la vida marchara en sentido contrario a lo que Lamarck, Darwin y otros sospechaban?

Como hijos de su tiempo, uno en la juventud de ese tiempo, y otro ya cerca de su terminación, Lamarck y Darwin no pudieron escapar a la idea de un progreso ilimitado. Hoy en día, ese concepto se ha desvanecido, y la historia tiende a aceptar la existencia de grietas a través de las cuales distintas épocas se tocan e intercambian sus lugares. La modernización y el tradicionalismo conviven o entran en crueles conflictos. Nadie plantea que la humanidad marcha hacia lo mejor. En el campo de la Biología se impone de a poco una visión similar.
Para la teoría de la complejidad, si hay orden, este surge de un modo "gratuito" y sin una clara dirección, o en un intervalo privilegiado en la historia del universo ubicada entre la homogeneidad caliente del inicio y la homogeneidad fría del final. Para Margulis y para Sandín, la transferencia horizontal de genes enloquece la direccionalidad de los viejos cladogramas, y hace que convivan restos de virus y bacterias en el interior de formas más "modernas" de organización. Hasta podría pensarse que estamos "hechos" de una superposición milagrosamente funcional de restos de bacterias y virus. Gould nos enseña que los genes homeóticos y otros similares (como el Pax 6) se mantienen durante millones de años, inexplicablemente ajenos a las mutaciones (por lo menos a aquellas que pudieran hacerles perder a las proteínas codificadas por ellos su forma espacial y su consiguiente funcionalidad), de modo que estrictas reglas para el desarrollo ontogenético canalizan y dirigen los posteriores desarrollos de la vida que se dan a partir de las mutaciones por simple deriva genética o por transferencia horizontal, con una ínfima intervención de la selección natural en todo el proceso.
Nos encontramos, entonces, en plena Biología "suprarracional", como diría Bachelard, o, para que sea más entendible el concepto, con una Biología Posmoderna.
El sentido epistemológico de lo que está sucediendo es muy claro, aunque falta todavía una nueva filosofía de fondo, un nuevo paradigma que unifique estos resultados.
Pero la cuestión va más lejos, en un sentido en el que me gustaría avanzar en mi posición de diletante, de observador exterior frente a estos cambios, posición que me otorga la filosofía. Gould señala muchas veces que Darwin iba en el camino correcto, pero en un sentido contrario. Es una afirmación que parece una sincera admiración por las intuiciones del Maestro, pero que podría tomarse también como una ironía, y no contamos ya con Gould para preguntárselo. Ocurre, por ejemplo, que la vejiga natatoria de los peces, que Darwin veía como un órgano, digamos, "exaptado" por la selección natural hasta convertirlo, mutaciones mediante, en un pulmón, resultó ser, según el registro fósil, al contrario, una derivación del órgano respiratorio aéreo de los peces pulmonados. Y este no es el único caso. Los cocodrilos, que se pensaba eran reptiles primitivos, resultaron ser posteriores a los dinosaurios, y los mamíferos, que se pensaban posteriores, eran, en realidad, anteriores. Los ojos, aparentemente en progresiva complejificación, eran tan rebuscados, en su forma multifascetada, en los trilobites, como lo serían más tarde en las moscas (las cuales los han mantenido intactos por millones de años). Si sumamos a esto la progresiva reducción en el número de los genes homeóticos, según una comparación de los fósiles con las variedades similares actualmente existentes, la conclusión es una sola: las apariencias engañan, la complejidad genética de los seres vivientes ha ido, en general, disminuyendo con el tiempo. Algo que, de acuerdo a nuestra mentalidad antropocéntrica, todavía no podemos comprender.
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Fuente del cladograma: www.dinosaurios.net/cro/cro2_amnio.htm
miércoles, 26 de marzo de 2008
¿Qué es la vida?
Al abordar este tema, no voy a intentar una respuesta, sino que voy a hacerme una pregunta acerca de esta pregunta. ¿Qué se pregunta cuando se pregunta "¿qué es la vida?"? En primer lugar, está lo que sería el significado "vulgar" de la palabra, el del lenguaje corriente. Ese significado no es nada claro, y quizás no exista. Reconocemos a algo cuando lo vemos como "poseedor de vida", y también decimos de ciertas cosas que "parecen estar vivas". Cuando Heráclito proclamó que "el cosmos es un fuego eternamente vivo" parece haber querido decir que está cambiando permanentemente sin dejar de ser fuego. La vida, en el sentido vulgar, tiene que ver con la idea de que la energía que impulsa el cambio viene de aquello mismo que cambia. En ese sentido, lo viviente se opone a lo inerte, a lo que no reacciona al estímulo, a lo que carece de voluntad propia para moverse. Pero visto así el tema, la vida se nos presenta más bien como una metáfora del cambio libre, no forzado, no determinado causalmente. Cuando tiramos un gato por la ventana, no está vivo porque caiga a la misma velocidad que una piedra, movido por la fuerza de la gravedad, sino que está vivo porque patalea en el aire, e incluso logra caer con las cuatro patas sobre el suelo (no a todo ser viviente le pasa lo mismo).
Ahora bien, la Biología toma algunas de esas cosas que se mueven y se pregunta qué es lo que las hace seres vivientes. Es decir, a partir de cierto significado vago de la palabra "vida" que nos hace aplicar este calificativo (que según Margulis debería tomarse como un verbo y no como un adjetivo), se demarca un campo de cosas que están ahí a las que todos acordamos llamar "vivientes", cosas como las plantas, los pájaros, etc.
Después viene el intento filosófico por definir qué es la vida, por encontrar su esencia, algo de lo que Aristóteles se ocupó con mucho esfuerzo, pero siempre girando en torno a la idea de lo animado, de lo que tiene vida propia. Aristóteles dividió lo animado en planta, animal y hombre, según atributos que se van complejizando al subir la escala. Lo común a toda vida está resumido para él en los atributos del alma vegetativa (alma entendida como principio de vida): nutrición, crecimiento y reproducción. A ellos se suma, en los animales, la sensibilidad y el deseo, y en el hombre, el entendimiento.
Finalmente llegamos al surgimiento de la Biología como ciencia, en el siglo XVI, cuando empiezan los primeros experimentos centrados en torno a cuestiones de reproducción y desarrollo, y a las dudas acerca de la hipótesis de la generación espontánea (con Harvey). Aparece la anatomía comparada, método para buscar la unidad de plan de cada reino viviente.
Hoy en día las cosas han cambiado mucho, y se pueden encontrar muchas definiciones acerca de qué es la vida. Sin embargo, no estamos tan lejos de Aristóteles como parece a primera vista. Hablamos, es verdad, de una vida química, que realiza trabajo termodinámico, que saca energía de la materia para hacer gracias a ella nueva materia, que almacena información en el ADN, no sólo en el núcleo, también en las mitocondrias y en los cloroplastos. Encontramos en la célula la unidad mínima de la vida, y seguimos sosteniendo esta idea aunque los virólogos se nieguen a aceptarla. Pero todas estas son especificaciones de aquello mismo que había dicho en su momento Aristóteles: nutrición, crecimiento y reproducción. Porque Aristóteles fue el primero en poner en palabras algo que era "puro sentido común". Y si bien la ciencia es no-sentido común, porque acepta que la Tierra se mueve, porque acepta la relatividad del espacio-tiempo, porque acepta la indeterminación, se apoya, como diría Hegel, en aquello mismo que niega. El sentido común marca la referencia, e, indagando en el referente con nuevos instrumentos, corremos los límites marcados por el sentido común. Pero ninguno de los aspectos puede prescindir del otro.
Por eso la vida es algo que se mueve no sólo por sí mismo, sino también por el movimiento de nuestros conocimientos acerca de ella.
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sábado, 22 de marzo de 2008
Fenotipo, genotipo, y lo que hay en el medio
Cuando Huxley planteó que los humanos descendemos de antropoides, de antepasados que compartimos con los monos, surgió el escándalo. De pronto, se había instalado una nueva herida narcicista en el corazón del hombre, hasta entonces considerado (por el propio hombre) como un ser único, ubicado en el pináculo de la creación. Por lo menos, es así como nos cuentan la historia. Como sea, todavía hay quienes piensan que, como se dice vulgarmente, "descendemos del mono". Creo que esta visión hace largo tiempo que se ha vuelto uno de esos temas en los que ya no vale la pena seguir pensando, menos aun desde que Dawkins ha planteado que somos complejas máquinas creadas para la replicación de genes, y Margulis, que somos simbiontes bacterianos, y, en última instancia, el medio a través del cual las bacterias han conquistado el espacio (o a través del cual ellas han vuelto, cambiadas, a su hogar, si debemos hacerle caso a Hoyle y a otros partidarios actuales de la panspermia).
Lo cierto es que, haber descendido de los simios, más allá de que los simios no tienen nada de primitivo ni de imperfecto más que para parámetros decimonónicos superados, no nos toca en nada. A lo sumo, ser simio o ser hombre son sólo "vestimentas" que la vida se pone en épocas sucesivas, la cáscara superficial de complejos procesos moleculares que se mantienen o cambian a lo largo del tiempo. Si nuestros genes pasaron alguna vez por el interior de antropoides antes de hacerlo por el interior de nosotros, es algo que nos afecta personalmente tan poco como el hecho de que las proteínas que ahora están en nuestros tejidos alguna vez estuvieron, con otra estructura, por supuesto, en la leche o en la carne que compramos en el supermercado.
Al ver a mi hija jugar, no puedo pensar que ella es sólo un conjunto complejo de procesos moleculares, de reacciones endergónicas y exergónicas que mantienen una homeostasis constantemente amenazada. Sin embargo, la Biología Molecular debe ver así a mi hija, para poder entenderla desde la perspectiva de su paradigma. Cada realidad es un diamante multifascetado del cual cada ciencia ve una cara, y de cuya sustancia interior no sabemos nada. Pero si vamos a hablar en términos bioquímicos, de nada nos sirve tampoco plantearnos las cosas en términos relacionados con el aspecto fenotípico de la vida. Si Galileo se hubiera quedado pensando en que la pluma nunca cae tan rápido al suelo como una naranja, la física moderna no hubiera existido.
La Biología no puede seguir hablando, en pleno siglo veintiuno, en términos del color de ojos de la Drosophila, o del tamaño del pelo del bisonte americano, o de la utilidad evolutiva que implica para algunos insectos darles golpecitos a las hembras de la especie cuando ellas se niegan a jugar al juego del amor, como ha dicho un biólogo ultradarwinista de cuyo nombre prefiero olvidarme. Cuando los partidarios del diseño inteligente discuten si un ciclo bioquímico como el de la coagulación de la sangre pudo surgir por un proceso no direccional de ensayo y error, no se les puede contestar con el carácter chapucero de la selección natural y la mutación al azar, que nos dieron muelas de juicio, o un apéndice que no se sabe para qué sirve.
Llevados a un plano molecular, que es donde se juega realmente el debate, a lo sumo se podrá hacer alusión a procesos de autoorganización espontánea en condiciones cercanas al caos. Ésto, sin embargo, es a todas luces insuficiente para explicar de qué modo, por pasos adaptativos sucesivos, se llegó a un sistema de coagulación cada vez más complejo; y sin embargo, en ningún caso, menos adecuado que el sistema que todavía sigue funcionando perfectamente en los peces.
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jueves, 20 de marzo de 2008
Versiones de la historia


Que la vida ha tenido una historia en la Tierra, pocos lo dudan. Cuando hablamos de evolución, hablamos justamente de historia. Esa es la famosa "evolución de la cual nadie en sus cabales debería dudar", a la que se alude en los debates entre evolucionistas y cracionistas. Pero el problema, creo, está en qué versión de la historia deberíamos aceptar. Darwin introdujo una única figura en su libro El origen de las especies, una figura que ha llamado la atención de Gould, y con razón. En ella, Darwin dibuja algo que se ha malinterpretado como un árbol. La mala interpretación deriva de su identificación con los árboles filogenéticos de Haeckel, de tronco grueso y cortas ramas, que pretenden mostrar un desarrollo lineal de las especies. Una evolución lineal que conduce directamente hacia el hombre, siguiendo una idea antropocéntrica (e incluso ario-céntrica). Los árboles de Haeckel, famoso además por la belleza de las ilustraciones de sus libros, han cubierto durante mucho tiempo al esquelético, esquemático, casi abstracto, arbusto darwiniano. Y digo arbusto, porque en él las ramas se multiplican al infinito, porque carece de un tronco central, porque en él la parte es igual al todo. Lo que Darwin dibujó es un fractal. Ese fractal es, creo yo, lo que Gould trata de graficar también con el camino del borracho. Si uno pone un grano de polen en la superficie de un estanque, el desplazamiento aleatorio del grano sobre su superficie puede también describirse como un fractal. Pero ocurre que los fractales tienen un número al cual vienen asociados. Ese número nos indica su pertenencia a una jerarquía dentro de un orden matemático. No es el mismo fractal el que grafica los bordes de una isla que el que representa la distribución de las estrellas en el espacio. El arbusto de Darwin tampoco es la única descripción posible de la evolución de las especies. La idea de transferencia horizontal de genes ha llevado con el tiempo a pensar en su sustitución por un esquema en red, según el cual las líneas separadas pueden llegar a encontrarse y desarrollar líneas nuevas, con lo cual el esquema se vuelve mucho más caótico y menos lineal. Esta idea, desarrollada por Margulis y por el investigador español Máximo Sandín, cada uno a su manera, nos habla de una versión posmoderna de la historia, en la que cada organismo nos muestra las capas superpuestas de su genealogía. Gould, por su parte, también adhiriendo a una versión aleatoria de la deriva viviente, nos presenta, sin embargo, tomando una perspectiva macroevolutiva, un panorama diferente. En él las especies mantienen un perfil que oscila alrededor de valores centrales constantes. En puntos determinados se abre, por una especie de gemación, la gémula de una especie nueva, cuyo desarrollo es tan rápido, geológicamente hablando, que casi parece nacer de la otra especie como Atenea nació de la cabeza de Zeus, para usar una vieja analogía mitológica (perdón, pero este recurso al mito me pareció inevitable). Incluso, en su monumental y maravillosa obra póstuma, Gould nos presenta, a pesar de su amor al azar, un panorama inesperado: el modo en que la biodiversidad surge a partir de la progresiva pérdida de genes homeóticos. Como si una progresiva falta de regulación y restricción disparara ciertos parámetros hacia límites enfermizos, tan enfermizos como las locuras de los grandes creadores de la vanguardia artística, o las no menos locas abstracciones de la matemática moderna (iniciadas cuando Bolyai y Lobatchewsky perdieron esa regulación que impidió a Gauss dar a conocer su proyecto de geometría no euclideana: "el miedo al clamor de los beocios [es decir, de los ignorantes]").
Figuras: Arriba, el árbol de Haeckel, abajo, el arbusto de Darwin.Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.
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