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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Por qué no es científico el darwinismo

Foucault estableció una distinción entre "fundar una ciencia", por ejemplo la física moderna, y establecer un discurso, por ejemplo, el marxismo o el psicoanálisis freudiano. En el primero de los casos el sujeto del discurso es suprimido y sustituido por una economía de signos independientes. Cada científico modifica y enriquece el saber, y queda reducido a un plano secundario frente a la constitución de ese saber universal. Los escritos del fundador de una ciencia son parte de esa ciencia, su lugar está determinado por la ciencia misma, y su relectura no altera en nada lo conquistado por ella como saber objetivo.
Todo lo contrario ocurre con la fundación de una nueva discursividad. En este caso, la palabra del fundador queda fuera de la historia de ese saber, es un lugar de verdad al cual debe retornarse cada tanto, y cada retorno modifica el discurso al rescatarse aspectos de su discurso que habían pasado desapercibidos. Ese discurso funda el saber y lo determina, y ese modo de discurrir no puede desprenderse de aquel sujeto que lo fundó.
Esto que para Foucault ocurre con el discurso de Marx y el de Freud, puede aplicarse igualmente a cualquier filosofía. Cada filosofía es el discurso de aquél que la fundó.
Lo curioso es que lo mismo exactamente puede decirse del darwinismo, al punto de que la última gran obra de Gould se presenta como un retorno a Darwin que lee los aspectos que habían sido dejados de lado por lecturas anteriores.
Podría haber habido física moderna sin Galileo y sin Newton, pero no podría haber habido darwinismo sin Darwin (habría tal vez "wallaceismo", sin el ascendente social que le otorgara esa adhesión que hizo del darwinismo un fenómeno de creación de un discurso específico).
Es por eso que podemos afirmar que la genética, que prescindió de Mendel mucho tiempo, y que podría haber prescindido de Watson y Crick, es una teoría científica, mientras que la teoría de la evolución es un discurso filosófico.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 8 de julio de 2008

Biología y filosofía de la sospecha

La metafísica y la ciencia se han basado siempre en la sospecha de que las cosas no son como parecen. Uno de los análisis más detallados de esa idea lo encontramos en la Ciencia de la Lógica de Hegel. En esta obra monumental, el filósofo nos muestra el modo en que la apariencia nos lleva a la realidad, y en que, de la realidad, debemos retornar a la apariencia, lo cual genera lo que él llama "el mundo invertido". Por ejemplo, de la apariencia de que el Sol sale y se pone todos los días pasamos a la "realidad" de que es la Tierra la que se mueve. Pero hay que probar que un observador terrestre verá esa realidad de otra manera, bajo la "apariencia" de una salida y una puesta del Sol.
Dentro de la filosofía y de la ciencia hay corrientes que llevan esa sospecha más lejos, entendiendo que la apariencia no es el resultado fortuito de la perspectiva del observador, sino un producto intencional de una realidad que "gusta de ocultarse". Incluso ese ocultamiento se atribuye a cierta intencionalidad que no pertenece a ningún sujeto individual consciente. El propio Hegel inicia en la modernidad esta línea de pensamiento al suponer que Dios, como razón histórica, usa las pasiones de los grandes hombres para ocultar sus verdaderas intenciones, que tienen que ver con una ascensión hacia grados superiores de conciencia y autoconciencia.
Otro filósofo de la sospecha es Nietzsche. Para él nuestros valores occidentales ocultan el afán de revancha de los esclavos romanos que adhirieron al cristianismo como una ideología de la sumisión y de la igualdad.
También Marx sospechaba que las ideas son sólo un reflejo deformado de una realidad económica que busca a través de ellas una legitimidad que le permita reproducirse a sí misma y perpetuarse en el tiempo.
Y no debemos olvidarnos de Freud, quien sospechaba que las verdaderas motivaciones de nuestros actos se originan en una "entidad" a la que llamaba "el inconciente".
En la Biología también tenemos filósofos de la sospecha. Empezando por Darwin, para quien la belleza apacible de un prado oculta la realidad de un combate encarnizado por la supervivencia. Siguiendo por Dawkins, para quien los genes nos usan de un modo egoísta como máquinas que aseguran su reproducción y su sostenimiento en el tiempo -una sospecha curiosamente próxima a la que suscitaba en Marx el mundo de la cultura-. ¿Y Margulis? Ella sospecha que las bacterias nos han utilizado como un medio para conquistar la Tierra e incluso viejar al espacio exterior.
Atribuir intencionalidad a seres inconcientes ¿es un recurso legítimo para la ciencia de hoy? Es un recurso muy utilizado en Ciencias Humanas. También en Biología. ¿No debería asumirse conscientemente como una metáfora o una analogía que busca una comprensión o familiaridad, pero no una explicación por subsunción de los hechos bajo leyes universales?
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

viernes, 6 de junio de 2008

"A cada cual su cerebro", de Ansermet y Magistretti: un bello intento fallido de conectar Biología Molecular y Psicoanálisis

Los intercambios de ideas entre distintas disciplinas pueden dar resultados sumamente creativos. Además, obligan a los dialogantes a expresarse en términos que ambos puedan comprender, con lo cual los espectadores externos se ven beneficiados, sobre todo cuando se recurre a buenos ejemplos que apelan al sentido común.
Tal es el caso de este libro, A cada cual su cerebro, escrito en colaboración por Francois Ansermet y Pierre Magistretti, psiquíatra y psicoanalista el uno, biólogo experto en neurociencias el otro.
Hay que decir que, como suele suceder en casos en que la ciencia humanística lleva la delantera en cuanto a antigüedad y a desarrollo de instrumentos explicativos, la obra queda un poco inclinada a favor del psicoanálisis, por más que la neurociencia aparezca haciendo denodados esfuerzos por alcanzarlo en poder de explicación y de comprensión.
Si bien se trata de incluir los aportes de la neurofisiología y del estudio biomolecular de las sinapsis para dar un sustento biológico a la idea de "huella mnémica", lo cierto es que el libro se va convirtiendo en una excelente exposición freudiano-lacaniana de las reglas de funcionamiento del inconsciente, y sobre todo de elusivos conceptos estructuralistas como el objeto de satisfacción (distinto del objeto del deseo) y el significante en sus múltiples remisiones.
El psicoanálisis lacaniano habla en términos de una "semiosis infinita", es decir, de una remisión de unos significantes a otros, de un modo inconciente. Esa remisión se debe a que, desde el nacimiento, se va generando en nosotros una realidad interna "fantasmática", que nada tiene que ver con los objetos de la percepción inicial que dio origen a la primera huella mnémica. Como cada percepción nueva actúa sobre la huella dejada por otra percepción anterior, nuestra visión de la realidad está influida por esas sucesivas experiencias, experiencias que se van modificando e influyendo unas a otras. La "realidad tal como es en sí" resulta, de este modo, ser incognoscible -lo cual muestra la cercanía entre psicoanálisis y kantismo-, y tiene que ver con nuestro desamparo inicial y con el primer objeto de satisfacción (el seno materno que nos da el primer alimento extracorporal).
Los autores, utilizando un lenguaje neurofisiológico, nos hablan de una serie de "huellas sinápticas" sucesivas que se van sumando unas a otras, tanto en caso de experiencias simultáneas como de experiencias sucesivas, hasta formar una especie de huella sináptica única capaz de activarse ante estímulos que nada tienen que ver con aquél o aquéllos que originaron la primera huella. Las huellas sinápticas que se generan en distintas neuronas interconectadas producen una estructura interna homeostática, que no responde a los estímulos del entorno como lo hacían las neuronas en un comienzo. Se forma así una especie de memoria inconciente que combina de modos complejos las huellas dejadas en el comportamiento neuronal por los estímulos perceptivos que se asociaron con la huella dejada por nuestra primera experiencia del mundo, pero también con las huellas surgidas del registro que las neuronas cerebrales hacen del estado interno del propio organismo en el momento en que tiene lugar cada percepción.
De este modo, el funcionamiento neuronal se aparta cada vez más de nuestra experiencia inicial del mundo, que fuera su primer "significado" (es decir, su primer referente real). Así se crea el "fantasma", que se activa frente a la percepción interna de determinados estados emocionales, sean generados o no por la presencia en la experiencia de objetos capaces de activar las huellas sinápticas de las que hemos hablado (y en las que se cruzan los efectos de nuestras experiencias iniciales, de experiencias posteriores y de estados internos correlativos).
Como la experiencia inicial de desamparo fue traumática, la presencia de cualquiera de estos objetos que activan las huellas neuronales, evocando esa experiencia, genera un desequilibrio energético que obliga a una descarga pulsional, una descarga de energía capaz de devolver a la psique su tensión habitual (que nunca es nula, porque su anulación implicaría la muerte del sujeto).
Esta explicación del mundo fantasmático inconsciente trata de llegar hasta un nivel molecular, al recurrir al concepto de "plasticidad neuronal", que involucra la modificación por reflejo condicionado de la apertura de los canales de calcio que actúan a nivel presináptico como causa de la liberación de neurotransmisores hacia la sinapsis.
Su problema principal es que no nos explica cómo, con tantas combinaciones complejas entre distintas huellas sinápticas, el significado original (la experiencia traumática) sigue "presente" en su realidad fantasmática y puede ser revivido por el paciente.
Los autores hablan del carácter adimensional del inconciente. Pero todo mecanismo neurobiológico es espacio-temporal, nunca adimensional. Eso vuelve engorroso su intento, a mi entender fallido, de conectar el nivel neuronal con el fantasmático. La cuasi-espaciotemporalidad que Husserl atribuye al objeto de lo que él llama "fantasía", y que Bachelard llama "ensueño", tan parecida a este carácter adimensional del inconsciente freudiano, no puede explicarse en términos de objetos que responden a categorías propias de una realidad material (espacio, tiempo y causalidad).
Creo que, si el psicoanálisis quiere presentarse como ciencia dura, a lo sumo una interpretación cuántica, en términos de superposición de estados, permite, como sospechaba Jung, dar cuenta de la simultaneidad sin mezcla de los elementos fantasmáticos del inconciente.
Imagen: Estudio de áreas cerebrales por resonancia magnética.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 3 de junio de 2008

¿Qué pasaría si los sistemas vivientes fueran caóticos?

En su contribución al congreso dedicado a la memoria de los cincuenta años de ¿Qué es la vida?, Kauffman planteó la posibilidad de que todos los genes interactuaran con todos los demás simultáneamente. Según su modelo de redes booleanas, el resultado sería el caos. En tal circunstancia, la modificación de algún gen por mutación tendría consecuencias catastróficas para el sistema, y la evolución sólo podría ser saltacional, basada en la aparición de los inverosímiles "monstruos afortunados".
Ahora bien, como ya he mencionado en otro artículo de este blog, esto es lo que sucede con el funcionamiento del gusano C. Elegans: todos sus genes influyen sobre todos, de modo que, en la nomenclatura de Kauffman, K=N, el número de conexiones equipara el número de nodos, con lo cual el sistema es aperiódico, totalmente caótico, y pequeñas variaciones iniciales de los parámetros lo llevarían al colapso, como pasa con los procesos meteorológicos.
Si lo pensamos bien, la conclusión no es tan extraña. Después de todo, no es correcto plantear que un sistema viviente pasa por "el mismo" estado dos veces seguidas. Como el río de Heráclito, la vida fluye sin repetirse jamás, aunque sus ciclos, en verdad espirales o rizos, nos hacen creer que es posible tratarla matemáticamente como un sistema homeostático de comportamiento periódico. El hecho de que la exploración de lo "adyacente posible" durante la evolución de las especies parezca funcionar de un modo más bien saltacional y por tansferencia horizontal de paquetes completos de información, y no de un modo darwiniano gradual, es apoyado por estos resultados.
La definición de Kauffman de un sistema complejo parece requerir una ampliación, llevándonos al dominio del aparentemente caótico "orden implicado" de David Bohm, que nos aproxima a la idea de suiperposición de estados de la mecánica cuántica como un medio de coexistencia de múltiples conexiones en dominios "paralelos". Se mantiene así el orden cuando este parece no existir según los modelos aceptados de Toería de la Complejidad, quizás demasiado clásicos y conjuntistas para dar cuanta del orden de la vida, mezcla de mecanismos corpusculares y ondulatorios.
Esa superposición de estados es lo único que permitiría a un sistema caótico mantener una lógica oculta, estar estructurado como un logos (Lacan diría "como lenguaje"). Bien podría ser un sistema así lo que Freud llamaba "lo inconciente", pero dejaremos para otro artículo analizar esta posibilidad con más detalle.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

jueves, 27 de marzo de 2008

A mi manera

Freud descubrió que sus pacientes se negaban a dejar de repetir ciertas comportamientos que les provocaban angustia. Eso lo hizo pensar que debía ir más allá del principio del placer, y comprendió que lo propio de la vida no es "buscar el placer y huir del dolor", sino más bien "morir a su manera". Esto suena muy pesimista, pero , por lo menos en el ámbito pluricelular, lo más extraño es que, además de la necrosis, que es lo que llamaríamos una "muerte por factores externos" o muerte accidental, existe la apoptosis, una muerte siempre posible, una muerte "programada".
Pero no hablemos de la muerte. Hablemos de algo más amplio, algo que abarca a esta idea, y que tiene que ver con el "estilo", o con lo que Goethe llamaba "lo característico". Cuando iba a un taller literario, me decían "tienes que encontrar tu voz". Cuando voy de mi psicólogo, él me dice "tiene que actuar a su modo, descubrir quién es usted, no rechazar ni siquiera sus lados oscuros, sus ataques de ansiedad, su impaciencia". Creo que estas cosas no tienen que ver sólo con nuestra vida como personas. Una especie, un individuo de la especie, y hasta una célula, o una proteína, tiene una "manera", una manera de ser y también una manera de no ser. Algo hay en las obras de un autor que nos muestra que son de él, que nadie más podría haber escrito "eso y así". A veces, esas maneras nos producen profundo rechazo. Podría dar algunos ejemplos bastante morbosos del mundo de los insectos. Pero bueno, ellos son así. Ese es su modo. Ya es hora de olvidarnos de hablar de lo perfectos o lo imperfectos que son. Hasta ayer la perfección era una demostración de la presión de la selección natural, de su capacidad para rescatar cada pequeño avance en el camino hacia la complejidad. Hoy es la imperfección lo que nos demuestra que no hay diseño inteligente. Pero la vida no tiene que ver ni con inteligencia, ni con soluciones chapuceras. Tiene que ver con el arte y con el estilo. Tiene que ver con la manera en que los seres vivientes, en cualquiera de sus niveles de organización, se construyen y se destruyen a sí mismos.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.