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sábado, 31 de mayo de 2008

La Biología, ¿ciencia de hechos o ciencia de esencias?

En el congreso de 1993 dedicado a conmemorar los aportes de Schrödinger a la Biología del siglo XX quedó clara la existencia de dos visiones en conflicto acerca de la Biología, relacionadas con el modo de tratar el tema de la contingencia.
Algunos autores celebraban la intervención de la física en el ámbito de la biología para introducir planteos de carácter universal ("el orden a partir del orden" y "el orden a partir del caos", es decir, el mecanismo de la herencia, por un lado, y el crecimiento de la organización a partir de un entorno físico sometido a las leyes de la termodinámica, por otro). Otros conferencistas, incluso alguno procedente del ámbito de la física, se dedicaron a hablar en contra de esa intervención, una posición que podríamos resumir en la "envidia de la física" que mencionó Gould específicamente.
El planteo de Gould consiste en que lo que hace "interesantes" a los seres vivientes es el hecho de que su conformación física específica es el resultado de contingencias históricas. Por ejemplo, y más allá de que las bacterias siempre han sido las vencedoras en la lucha por la vida en el planeta, entre los organismos puricelulares es una contingencia (posiblemente originada en la caída de un meteorito) lo que dejó libre el nicho ocupado por los dinosaurios para que los mamíferos pudieran desarrollarse libremente.
Tales contingencias no son negadas, pero sí simplemente obviadas, justamente por carentes de interés, por quienes, en un espíritu más "tradicional", se ocuparon de defender la elaboración de modelos generales, sea en la línea de la sinergética de Haken, de la termodinámica de procesos irreversibles de Prigogine o de las redes booleanas de Kauffman.
Ambas líneas de pensamiento se ocupan del pasaje "del caos al orden", que Schrödinger intrpretaba como una apropiación de "entropía negativa" por parte de los organismos, dejando de lado la cuestión del pasaje del "orden al orden", proyecto universalmente vigente en la genética y la biología molecular contemporáneas.
Uno de los expositores se planteó por qué la primera sugerencia de Schrödinger fue bien acogida y desarrollada, y no la segunda. De este tema nos ocuparemos en otro momento. Ahora nos interesa ocuparnos de la cuestión de la necesidad y la contingencia y el lugar de la ciencia en este debate.
La ciencia, ya lo hemos dicho, surgió buscando lo permanente, lo universal y lo necesario, detrás del mundo de apariencias confusas y contingentes de nuestro choque sensorial con el entorno. La crítica de Gould a este enfoque, sin embargo, no es equivocada: si la verdad debe abarcarlo todo, la contingencia debe ser también comprendida y explicada.
Pero explicar es derivar el hecho contingente a partir de una ley necesaria y universal. No así el "comprender", que trata de detenerse en los detalles del caso singular. Comprendemos a una persona, comprendemos el sentido de un texto, comprendemos a una cultura. Las ciencias humanas son hermenéuticas. Lo hermenéutico, la comprensión de la singularidad del caso, es la técnica de aquellas ciencias que Husserl denominó "ciencias de hechos". La Paleontología es una ciencia de hechos. Su objetivo es recontruir el modo de vida, en un entorno específico, de una especie animal o vegetal o fúngica o protista o procarionte, pero extinta.
Las ciencias llamadas "duras", como la física o la química, son ciencias "de esencias", en la terminología de Husserl. Buscan enunciados universales que puedan funcionar como leyes de las cuales pueda deducirse el caso particular por intermedio de un razonamiento estrictamente deductivo, para lo cual se sirven del apoyo de teorías de la medida que les permite reducir esas leyes a fórmulas matemáticas.
¿Y la Biología? Cuando se ocupa de leyes, como en el proyecto molecular, es una ciencia de esencias (esencias que toma prestadas de la química y de la teoría de la información, a veces también de la física). Cuando se ocupa de las contingencias históricas de la evolución, incluyendo a veces (no en la perspectiva de la teoría de la autooorganización, que es universalista) el origen de la vida en la Tierra, es una ciencia de hechos.
Si tenemos en cuenta que en el siglo XIX la Biología se ocupaba de describir características observables de seres vivientes de distintas especies y especulaba sobre su evolución, y que ahora es mayormente "biología molecular", debemos aceptar, en una perspectiva estrictamente histórica (y quizás, por ello mismo, como algo contingente) que la Biología se ha pasado cada vez con más decisión al bando de la "ciencia de esencias", algo que a la psicología le está sucediendo también, aunque con mucho mayor lentitud.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 27 de mayo de 2008

¿Qué es Biofilosofía?

El futuro de la biología es el título de una serie de conferencias que tuvieron lugar en conmemoración del cincuentenario de la publicación del librito ¿Qué es la vida?, de Scrhödinger, físico cuántico devenido padre intelectual de la revolución genética de los años sesenta del siglo XX.
En este libro de la editorial Tusquets, colección Metatemas (dirigida por el inquieto físico, que en nuestro libro identifiqué como biólogo, Wagensberg, especialista en el estudio de sistemas alejados del equilibrio y director del museo de la Caixa en Barcelona), encontramos lo que ya constituyen los "temas" para la biología del siglo XXI (hay que recordar que el libro es de 1993).
Salvo por la ausencia de Margulis, allí estaban todos los "popes" de la biología en el límite de lo ortodoxo: Stephen Jay Gould, Maynard Smith, Stuart Kauffmann, y un largo etcétera.
Lo notable de éste como de otros libros formados por conferencias selectas, como el dedicado a la idea de progreso en Biología, es el modo en que viejos problemas filosóficos reaparecen en el pensamiento de físicos y biólogos que indagan en los límites de sus respectivas disciplinas. Se trata de una mezcla de cuestiones epistemológicas (el artículo de Gould) con otras de carácter ontológico (el artículo dedicado a la contingencia en el dominio de la física, con el título "la evolución de las leyes de la naturaleza"), que justifican la formación de una disciplina filosófica dedicada exclusivamente a la indagación de temas relacionados con la Biología en todos sus aspectos, y a la cual se ha llamado "Biofilosofía".
La Biofilosofía, como la Biotecnología para Ricardo Gómez, puede ser definida en función de las subdisciplinas que abarca:
Bioepistemología: el estudio de los métodos de contrastación utilizados en Biología para poner a prueba sus hipótesis, así como el criterio de lo que es una buena teoría en esta área del conocimiento.
Biometafísica: el estudio del tipo de entidades de las que se ocupa la Biología, es decir, de los seres vivientes, sus relaciones con otras entidades, como los entes físicos, psíquicos e ideales, su origen y su destino.
Bioaxiología: el estudio de los valores propios de la Biología y sus jerarquías, tales como la búsqueda de la verdad y su relación con la búsqueda de aplicaciones tecnológicas.
Bioética: el estudio de las relaciones entre la biología y los conceptos del bien y del mal, tanto en lo que se refiere a la aplicación práctica de sus descubrimientos, como en cuanto a la aplicación de conceptos morales humanos (como el egoísmo, la violencia, el apetito sexual, etc.) para describir los objetos de los que se ocupa.
Biopraxiología: el estudio de las prácticas a través de las cuales la Biología desarrolla lo que ella misma considera un "saber racional", incluyendo la experimentación en laboratorio.
Ésta división es claramente arbitraria, pues los temas se superponen y entremezclan, y de ahí que haya que incluirlos en una disciplina única no tradicional, en la que se cruzan los saberes de las distintas disciplinas filosóficas para ocuparse de un objeto único: la correlación entre ese "grado del conocimiento" que es la Biología, y su correspondiente "grado del ser", el de los entes vivientes (ésto dicho en términos platónicos, no por antiguos menos vigentes).
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 15 de abril de 2008

Niveles de organización de la materia viviente

Gould se consideraba realista. Para él, el ADN, la célula, el organismo y la especie constituían individualidades de distintos niveles. Cada una evoluciona según sus propias leyes, pero del resultado de esa evolución surgen, en el nivel superior, "exaptaciones", es decir, efectos no adaptativos que le dan a éste último nivel la creatividad necesaria para poder evolucionar. Si no fuera por la manera en que el ADN egoísta (parte del ADN no codificante) procede a su propia replicación haciendo copias de sí mismo, lo cual no es económico para el organismo, éste no contaría con las innovaciones que le permiten los cambios importantes, los que implican un aumento en las dimensiones del ADN y un consiguiente, posible, aumento en el número de genes. Esos cambios de complejidad no podrían explicarse por simples errores en la replicación, que mantienen intacto el número de pares de bases.
Para Gould sólo opera la evolución darwiniana a nivel del organismo individual. La reproducción diferencial hace que, a un nivel superior, surja el mantenimiento estable de una población a pesar de las mutaciones, y, a partir del aislamiento geográfico, la aparición y el rápido desarrollo de una especie nueva.
La teoría multinivel postulada por Gould es una combinación de tradición y renovación que ha sido malinterpretada muchas veces, sea como un agregado subsidiario al darwinismo, sea como una renovación radical encubierta. Yo creo que ninguna de las dos interpretaciones es correcta. Pero también pienso que el concepto de "enjuta" y el papel de la contingencia que genera armonías gratuitas es explotable en una dirección mucho más extremista que la que Gould adoptó.
Tiendo a pensar cada vez más que el orden molecular pasa por el estilo y el movimiento, y que la vida es un fenómeno estético, un fenómeno de superficie en el que se entremezclan realidades moleculares con aspectos ambientales, y también con cuestiones subjetivas, derivadas del modo de nuestra observación.
Como sea, el realismo de Gould me parece excesivo. La "realidad", en el sentido científico del término, tiene tantos niveles como nosotros seamos capaces de ver en ella. Eso no significa que, una vez adoptada cierta perspectiva desde la cual es observable un cierto nivel de identidad, no estemos obligados, por la manera en que el objeto se nos presenta, a orientar nuestro discurso en una dirección definida que no es "subjetiva". En este sentido, pienso que la posición de Gould es la más sensata, si se matiza su postura filosófica para evitar las discusiones estériles acerca de cuál es el "nivel fundamental" en el que transcurre la vida, y, con ella, su evolución.
Como decía Husserl, no hay un objeto que no lo sea para el sujeto que lo contempla, ni hay un contemplar que no lo sea de un determinado objeto. Ayer esta mujer era "amorosa", hoy es "odiosa". Ha cambiado mi sentimiento por ella. ¿Ha cambiado la persona? Ha cambiado para mí. Pero puedo demostrar con tanta objetividad que es odiosa, como antes podía justificar que era amorosa. ¿Estoy siendo subjetivo? Tal vez, pero sólo en la especial selección de características que mi amor o mi odio hacen resaltar en esa persona.
En Biología pasa lo mismo. El gen es egoísta porque busca solamente persistir en el ser haciendo copias de sí mismo, pero el ADN es altruista, porque se deja despedazar por la maquinaria de replicación para que sea posible la persistencia en el tiempo de su contenido informacional. ¿Egoísmo, entonces, o altruismo? La especie que sobrevive sin cambios es exitosa, aunque las demás especies de su phylum se hayan extinguido. Pero el phylum que ha persistido es exitoso por contener muchas especies, aunque ninguna se haya conservado idéntica a sí misma desde sus inicios. ¿Cuál es la postura verdadera? Todo depende de la perspectiva desde la cual se estudie el objeto de conocimiento.
Dawkins adopta la postura de la navaja de Ockham: no multiplicar los entes innecesariamente. Gould adopta la postura contraria: tantos niveles de identidad como sea posible. Entre los dos, me quedo con Gould. Mis motivos son, uno, puramente estético: no empobrecer nuestra visión del mundo. Otro, gnoseológico: si el objeto es lo que el sujeto ve de la cosa, ¿como saber cuál es la mejor posición desde la cual ubicarse para ver el objeto en su verdad? Ante la duda, lo mejor es hacerlo desde el mayor número de puntos de vista que nos sea posible.
El mejor antídoto contra el reduccionismo es aquella fábula de los hombres que debían describir un animal en una habitación a oscuras con sólo palparlo. Para algunos era grande y redondo como una gran piedra, para otros era finito y alargado como una serpiente. Otros se lo hacían plano, delgado y móvil como una manta raya. Ninguno supo que lo que habían estado tratando de describir era un elefante. No caigamos en el mismo error.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 12 de abril de 2008

La vida, desde adentro

Hay algún motivo por el cual los pensadores se dividen en dos bandos. Los que aceptan que somos, como dice Dawkins, complejas maquinarias creadas por los genes al servicio de su propia replicación, y los que no lo aceptan de ningún modo. Los que no lo aceptan, y entre ellos me encuentro, generalmente dan argumentos científicos o filosóficos para su rechazo. Por ejemplo, que Dawkins no tiene en cuenta los procesos que se dan entre el ADN, donde él ubica los genes, y el fenotipo, que esos genes "codifican". O que no explica por qué tanto despliegue de complejidad de máquinas que podrían reducirse al nivel de una bacteria sin alterar en nada su capacidad de supervivencia. O que no tiene en cuenta que un gen es un carácter codificado, es decir, que sin ese carácter al que codifica no sería un gen, con lo cual el ADN es el medio a través del cual un organismo se copia a sí mismo, y no el organismo un medio a través del cual el ADN se replica. Todo esto es cierto, y lo comparto. Pero creo que el verdadero motivo por el cual se rechazan esas ideas es otro, está en la mente de quienes hacen el rechazo causa suya (como Gould y Steven Rose), pero no lo mencionan. No lo reconocen porque tiene que ver con la percepción que todos tenemos de nuestra propia vida, por así decirlo, "desde adentro", porque no es un argumento científico. Pero lo cierto es que, si no consideran que la vida sea sólo "cibernética molecular", es porque "máquina" es una palabra que viene asociada a un montón de imágenes y significados, que son incompatibles con los significados e imágenes que vienen asociados al término "vida".
Éste es el aspecto que se le ha criticado más a Haeckel y a Teilhard de Chardin, y sin embargo, para mí, es justamente el único rescatable: vida es algo que pasa "adentro", en un lugar que no es lugar, en el lugar del "sentirse vivir". La biología nos habla de las causas fisiológicas del latido del corazón, pero nada nos dice de nuestro "sentir al corazón latir". Ese "sentirse", que nos pasa a los hombres, pero que también "sentimos" oscuramente (por empatía) en los animales, y algunos hasta en las plantas, es lo que Husserl llama "cuerpo viviente", o soma.
El soma es nuestro centro, el punto de vista, el mirador desde el cual contemplamos el paisaje del mundo. Es, como decía Ortega y Gasset, el modo en que sentimos, nos dejamos afectar, por el mundo, un mundo que nos repugna, que nos atrae o que nos duele, que tocamos, que empujamos, que torcemos y que golpeamos.
El filósofo naturalista Nagel se pregunta qué siente el pájaro en su vuelo. Sabe que es una pregunta contra-fáctica, casi un sinsentido. Nunca seremos aves, nunca sentiremos lo que es volar. Es el poeta, no el biólogo,el único autorizado a hablar de esta "vida desde adentro". Así como el neurólogo cognitivo observa sus tomografías computadas y dice qué áreas del cerebro están involucradas mientras el "sujeto que es objeto del experimento" hace esto o aquello, y no saca conclusiones sobre el sentido de que haya algo que sea "ser conciente de sí mismo", el biólogo comprende los ritmos cardíacos sin plantearse qué es el "sentir a la vida latir en las venas", ni pensar hasta qué orden animal se puede hablar de un tal "sentir".
¿Se esfuerza el girasol en dejarse tostar por el calor del Sol? La Biología no se puede preguntar estas cosas. La filosofía puede preguntarlo, pero no responder. Sólo el poeta responde.
Sin embargo, los que nos resistimos al reduccionismo genético de Dawkins, por más que damos argumentos biológicos bien legítimos para ello, en el fondo, lo hacemos por lo que tenemos de poetas (o, al menos, de filósofos).
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados

sábado, 5 de abril de 2008

Una gran derrota de Darwin: la apelación a la idea de selección sexual

Para explicar los caracteres sexuales secundarios, Darwin apeló al concepto de selección sexual: los machos más atractivos para las hembras se reproducen más, y eso aumenta progresivamente la presencia en la población de esos caracteres con el paso del tiempo. Pero, como en realidad no hay una relación directa entre los caracteres sexuales secundarios y la fertilidad, lo cierto es que las hembras cuyos genes las orientan a elegir una pareja con caracteres sexuales secundarios menos marcados, pueden ganar en descendencia, transmitiendo hereditariamente esa preferencia, con lo cual esos caracteres tenderían a desaparecer, porque se volverían irrelevantes desde el punto de vista de la selección natural.
Si es así, Darwin no encontró la explicación que buscaba para uno de los fenómenos que más lo conmovían (al punto de, como indica en una de sus cartas, producirle "nauseas"): las plumas del pavo real macho. ¿Cómo deberíamos entender entonces estas decoraciones innecesarias? Ya la existencia del sexo es algo difícil de explicar desde el punto de vista de la reproducción diferencial en una población. Mucho más la existencia de esas decoraciones aparentemente no funcionales pero hermosas.
Algo similar ocurre con los colores de las flores: no coinciden con aquéllos que captan los insectos fecundadores. Además, ¿cómo explicar que la sensualidad del perfume de la flor nos atraiga tanto? ¿Cómo explicar que del reino vegetal surjan sustancias capaces de actuar directamente sobre nuestro cerebro, produciendo alucinaciones o placeres artificiales? ¿Todo ese exceso de recursos inútiles que parece ordenado para el deleite o la fatalidad de los animales, o incluso del hombre, puede ser sólo un fruto del azar?
Goodwin explicaría estos caracteres igual que lo hace con las manchas del leopardo: como consecuencias secundarias del proceso de desarrollo, sin ninguna función para la supervivencia de las especies. Gould hablaría de enjutas, utilizando una metáfora tomada (no casualmente) de la arquitectura. Sea cual sea la explicación, el reino estético de las apariencias no deja de plantearnos dudas y preguntas, aunque sólo podamos explicarlo como una consecuencia superficial de los caracteres esenciales de la vida, que hoy en día entendemos en términos de Biología Molecular. Tal vez haya un espacio para una loca creatividad artística, un espacio en el que cada forma de vida despliega sus ensayos más creativos y arriesgados dentro de lo que le permiten las condiciones para su estabilidad como sistema organizacionalmente cerrado (es decir, para su supervivencia como especie).
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

¿Y si la historia de la vida marchara en sentido contrario a lo que Lamarck, Darwin y otros sospechaban?


Como hijos de su tiempo, uno en la juventud de ese tiempo, y otro ya cerca de su terminación, Lamarck y Darwin no pudieron escapar a la idea de un progreso ilimitado. Hoy en día, ese concepto se ha desvanecido, y la historia tiende a aceptar la existencia de grietas a través de las cuales distintas épocas se tocan e intercambian sus lugares. La modernización y el tradicionalismo conviven o entran en crueles conflictos. Nadie plantea que la humanidad marcha hacia lo mejor. En el campo de la Biología se impone de a poco una visión similar.


Para la teoría de la complejidad, si hay orden, este surge de un modo "gratuito" y sin una clara dirección, o en un intervalo privilegiado en la historia del universo ubicada entre la homogeneidad caliente del inicio y la homogeneidad fría del final. Para Margulis y para Sandín, la transferencia horizontal de genes enloquece la direccionalidad de los viejos cladogramas, y hace que convivan restos de virus y bacterias en el interior de formas más "modernas" de organización. Hasta podría pensarse que estamos "hechos" de una superposición milagrosamente funcional de restos de bacterias y virus. Gould nos enseña que los genes homeóticos y otros similares (como el Pax 6) se mantienen durante millones de años, inexplicablemente ajenos a las mutaciones (por lo menos a aquellas que pudieran hacerles perder a las proteínas codificadas por ellos su forma espacial y su consiguiente funcionalidad), de modo que estrictas reglas para el desarrollo ontogenético canalizan y dirigen los posteriores desarrollos de la vida que se dan a partir de las mutaciones por simple deriva genética o por transferencia horizontal, con una ínfima intervención de la selección natural en todo el proceso.
Nos encontramos, entonces, en plena Biología "suprarracional", como diría Bachelard, o, para que sea más entendible el concepto, con una Biología Posmoderna.
El sentido epistemológico de lo que está sucediendo es muy claro, aunque falta todavía una nueva filosofía de fondo, un nuevo paradigma que unifique estos resultados.
Pero la cuestión va más lejos, en un sentido en el que me gustaría avanzar en mi posición de diletante, de observador exterior frente a estos cambios, posición que me otorga la filosofía. Gould señala muchas veces que Darwin iba en el camino correcto, pero en un sentido contrario. Es una afirmación que parece una sincera admiración por las intuiciones del Maestro, pero que podría tomarse también como una ironía, y no contamos ya con Gould para preguntárselo. Ocurre, por ejemplo, que la vejiga natatoria de los peces, que Darwin veía como un órgano, digamos, "exaptado" por la selección natural hasta convertirlo, mutaciones mediante, en un pulmón, resultó ser, según el registro fósil, al contrario, una derivación del órgano respiratorio aéreo de los peces pulmonados. Y este no es el único caso. Los cocodrilos, que se pensaba eran reptiles primitivos, resultaron ser posteriores a los dinosaurios, y los mamíferos, que se pensaban posteriores, eran, en realidad, anteriores. Los ojos, aparentemente en progresiva complejificación, eran tan rebuscados, en su forma multifascetada, en los trilobites, como lo serían más tarde en las moscas (las cuales los han mantenido intactos por millones de años). Si sumamos a esto la progresiva reducción en el número de los genes homeóticos, según una comparación de los fósiles con las variedades similares actualmente existentes, la conclusión es una sola: las apariencias engañan, la complejidad genética de los seres vivientes ha ido, en general, disminuyendo con el tiempo. Algo que, de acuerdo a nuestra mentalidad antropocéntrica, todavía no podemos comprender.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.




jueves, 3 de abril de 2008

La polémica del actualismo

En su obra póstuma La estructura de la teoría de la evolución, Gould hace un análisis minucioso de las fuentes de la epistemología darwiniana. Una de ellas es el actualismo de Lyell. Lyell era un geólogo aficionado que se encargó de divulgar una idea que otros ya habían adoptado: las fuerzas que actualmente modelan la corteza terrestre son las mismas que debieron haber actuado a lo largo de toda la historia del planeta. Esto significa que las montañas han surgido de lentas acumulaciones de polvo arrastrado por el viento, los valles, de la horadación provocada año tras año por los ríos, etc.
Frente a las dos teorías vigentes acerca de la formación de las irregularidades geográficas, la de los vulcanólogos, partidarios de los cataclismos del fuego, y la de los neptunólogos, partidarios de los cataclismos del agua, Lyell presenta un panorama tranquilo y acumulativo, como el de la gota que horada la piedra. Bajo la influencia de la lectura de los Principios de geología, Darwin elaboró una teoría acerca de la formación lenta de los arrecifes, al inicio de su carrera científica, y hacia el final, la de la formación del humus llevado a cabo por el trabajo constante, y aparentemente insignificante, de las lombrices de tierra. En el medio está su teoría del origen de las especies, que se basa en las variaciones seleccionadas por los criadores de animales, y en la lucha (intraespecífica) por la existencia, una competencia por tener la mayor cantidad de sangre en garras y dientes (para decirlo de un modo demasiado simplificado).
¿Qué pasa hoy en día con el actualismo? ¿Sigue siendo el criterio central en materia de evolución? Según Gould, no lo es, ni lo puede ser, pues tratamos con seres históricos, que cambian con el tiempo, y "ayer" no tiene por qué haber sido igual que "hoy", aun cuando las leyes universales de la física y la química se consideren siempre vigentes. Así como no pensamos que los griegos entendieran el mundo igual que nosotros, no podríamos, a partir de las variaciones fenotípicas observadas en las poblaciones (o, como diríamos ahora, de la distribución estadística de los alelos) explicarnos el "experimento fallido" de vida pluricelular en la Fauna de Ediacara -aunque para algunos era una "flora", lo cual muestra cuánto hay de interpretación en la recolección de los "hechos"-, o la explosión Cámbrica, o las extinciones masivas, que ahora sabemos que pudieron derivar indirectamente de la caída de imponentes meteoritos, como el que se supone que modeló la península de Yucatán.
El punto de vista de Gould me parece, hasta cierto punto, correcto. Cuando vamos hacia atrás en el tiempo, y queremos reconstruir cómo surgió lo que hay ahora, caeríamos en una especie de "actualcentrismo", si se me permite el neologismo, suponiendo que las condiciones con y sin la presencia de ciertos factores fuera la misma. Digamos, ¿un ecosistema de un bosque actual funcionará igual que un ecosistema de un bosque jurásico? O el hecho de que hace milenios que los meteoritos no han sido significativos para la evolución de las especies, ¿significa que nunca lo fueron? Y, si nos remontamos al origen mismo de la vida, ¿podemos pensar en condiciones químicas y geológicas iguales a las que funcionan con la presencia de organismos vivientes? Basta con echar un vistazo a Marte y a Venus para responder negativamente. La vida es una fuerza geoquímica, y la superficie de la Tierra -quizás también gran parte de su corteza- no sería igual sin ella.
Este antiactualismo puede, sin embargo, llevarnos a la exageración. Variando imaginariamente las condiciones del mundo actual, como lo hacen algunos historiadores, o más aún filósofos como Nietzsche -cuando se pone a especular con respecto a la visión griega arcaica del mundo-, puede llevarnos directamente al campo de la mística o de la ciencia ficción. La línea divisoria, claro, es muy delgada, pero no por ello la delimitación es menos necesaria.
Por un lado, es verdad que no podemos reconstruir el pasado más que imaginariamente, construyendo relatos. Ya los antiguos mitos plantean, muy racionalmente, en verdad, que si ahora las cosas son como son, antes de que existieran, todo debió ser diferente. A veces imaginan una especie de mundo invertido, como el "reino del revés" de María Elena Walsh. Ya hemos hablado de las extrañas ideas de Fígols en otro artículo, y el físico Paul Davies se anima con la idea de un cambio histório de las propias leyes naturales. Pero...
Pero, por otra parte, lo que llamamos "actual" depende mucho de las cosas que sabemos que pasan en el momento en el que escribimos. Lyell no sabía que "ahora mismo" hay placas tectónicas en constante movimiento, o que "ahora mismo" puede generarse un súper-tsunami, una ola o pared de agua gigantesca que cruce el océano e inunde totalmente una isla que está casi en las antípodas -con lo cual, lo del hundimiento de la Atlántida pasa a ser geológicamente posible-, etc. Lo mismo podemos decir a nivel de las especies: ahora sabemos que en este mismo instante hay transposones, posiblemente de origen viral, que producen cambios que no son "pequeñas variaciones", sabemos que hay islas genómicas, es decir, unas "tiras" de ADN codificante, con los genes reguladores de "inicio" y "cierre" incluídos, que pueden pasar de una bacteria a otra a través de plásmidos... En fin, que hay comunicación de información sin reproducción sexual, etc.
La conclusión es que, por un lado, el actualismo no puede funcionar en sentido estricto para explicar las cuestiones de origen (o de fin), que, por ahora, no salen de los límites de lo especulativo (el origen de la vida, el origen de los eucariontes, el origen de los organismos pluicelulares, las extinciones masivas). Por otro lado, el campo de lo aceptado como "actual" se ha ampliado tanto, que nos acercamos mucho a poder reconstruir, sólo en base a los modos habituales de la vida, la totalidad de su historia (pues aun los choques de meteoritos masivos es algo que se da actualmente en otras partes del sistema solar, y tal vez en las lunas de Júpiter podamos ver algún día la aparición "actual", o por lo menos reciente, de alguna forma de vida). Nuestra conclusión, es pues, contradictoria, y no podía ser de otra forma cuando hablamos de límites que se están moviendo constantemente.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 22 de marzo de 2008

¿Podría la idea de herencia ser un simple error de perspectiva?

Si tuviéramos globos capaces de ser inflados hasta alcanzar un metro de diámetro, pero nuestros pulmones y nuestras ganas, más allá de repetidos intentos, sólo fueran suficientes para llevarlos a los cincuenta centímetros, seguramente todos los globos que inflemos alcanzarían los cincuenta centímetros, y terminaríamos creyendo que los globos están "hechos" para alcanzar esas dimensiones, que contienen la información para ello. Brian Goodwin, biólogo atípico que aun logra que lo inviten a congresos de los cuales otros personajes como Rupert Sheldrake han sido excluidos, piensa algo parecido acerca de la herencia. Él cree que el ADN es un recurso subsidiario, de información dudosa, al cual acude el citoplasma para tomar impulso en la producción de sustancias cuyo resultado final, el fenotipo, se debe a procesos de organización de la forma que se dan espontáneamente en virtud de las cualidades químicas de tales sustancias y del medio en el cual ellas se desenvuelven.
Esto significa que, si alguna parte del ADN mutara, bien pudiera pasar que la forma general de los procesos metabólicos del organismo, y el consiguiente resultado fenotípico, se mantuviera intacto, o que, al contrario, como ocurre con cualquier sistema altamente complejo que esté en el límite del caos, se derrumbe totalmente el sistema. Pero también es posible que surja espontáneamente un orden nuevo y estable, que se reitere generación tras generación sólo porque las condiciones en las que se produjo se mantienen dentro de un umbral que genera siempre resultados, en líneas generales, iguales, y no porque haya ninguna misteriosa información que se transmite a la descendencia a través de la duplicación del ADN.
Hasta ahora son pocos los resultados que ha obtenido Goodwin probando con modelos en los que intervienen sólo variables físicas y químicas. Pudo probar la espontaneidad de la forma en componentes que carecen de funcionalidad conocida, como los apéndices de ciertos organismos unicelulares, o la disposición de los pétalos en algunas flores. Constituyen en todos los casos aquello que Gould ha llamado enjutas. La diferencia fundamental con el enfoque de Gould, y lo que lo acerca a un "formalismo puro" sin implicaciones funcionalistas, es que para Goodwin no hay otra cosa que enjutas, es decir, la funcionalidad, si la hay, es una consecuencia de la forma, y no, como pensaba el paleontólogo norteamericano, la forma gratuita, una consecuencia inesperada de la construcción de una forma funcionalmente orientada. Para Goodwin todo orden, hasta el más funcional, es gratuito, y lo que llamamos habitualmente "selección natural" es sólo la estabilidad de una forma a lo largo del tiempo, en una o en muchas generaciones sucesivas, estabilidad que, como dijimos antes, no implica una herencia informacional, sino solamente la conservación y el desprendimiento de los componentes químicos mínimos necesarios para que la forma se renueve. Aquí tenemos una alternativa al darwinismo, e incluso a la genética, contra la cual nada puede objetarse. Sólo que aun no tiene suficientes partidarios como para constituirse en un programa de investigación alternativo a los vigentes hoy en día.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 18 de marzo de 2008

¿Hacia dónde nos lleva "el paseo del borracho"?

En el libro La estructura de la teoría de la evolución, Gould propone una analogía para explicar por qué motivo ha evolucionado la vida hacia formas de mayor complejidad: el paseo del borracho. Supongamos, dice Gould, que un borracho sale de un bar que acaba de ser cerrado y comienza a deambular. Por más que su recorrido fuera al azar, habrá una pared que no puede atravesar: la del lugar del cual ha salido. Como la vereda tiene, además, una anchura limitada, la probabilidad de que el borracho termine tropezándose con el cordón y caiga al pavimento puede considerarse igual a uno. Gould sostiene que la pared indica el nivel de complejidad mínima para un ser viviente, equiparable con la de la bacteria más simple. La vida, ese deambulador borracho, no tiene más remedio que ir hacia grados mayores de complejidad, es decir, terminar en el suelo. No voy a discutir si la caída del borracho puede equipararse con la aparición de los seres humanos sobre la Tierra. Supongo que la intención de Gould no fue otra que hacer una lejana analogía que muestra, además, cómo hacia el final de su vida se iba acercando cada vez más a una idea de "deriva genética" en la que el azar de las mutaciones casi deja fuera de juego a la barrera de la selección natural. Lo que realmente sorprende es la cuestión de la pared. ¿Acaso no se supone que en Marte hubo vida bacteriana y que, por razones climatológicas desconocidas, esta vida terminó por extinguirse? Si debemos pensar que la complejidad mínima para que un organismo sea considerado viviente es una barrera inexpugnable, sólo porque pasar esa barrera hacia atrás implicaría la desaparición de toda forma de vida, ¿prueba eso que era estadísticamente necesario que la complejidad de la vida aumentara progresivamente en la Tierra? ¿No es acaso más probable que si, por fruto del puro azar, surgiera vida en un planeta, ella se extinguiera inmediatamente? Salvo que algo o alguien haya estado impidiendo a las bacterias retroceder hacia la no-vida de la que suponemos que emergió por esos enigmáticos procesos que mencionan John Maynard Smith y Eörs Szathmáry en Ocho hitos de la evolución.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 15 de marzo de 2008

Máquinas inteligentes y máquinas tontas

Una de las características más curiosas de los ciclos bioquímicos que se dan en el interior de los organismos, es la existencia de infinidad de pasos intermedios desde que se activa un proceso hasta que finaliza, y la constante posibilidad, mostrada por los casos de mutación, de que todo salga mal con tal de que uno de los puntos del proceso no se cumpla. Un ejemplo mencionado por Behe es el de la coagulación de la sangre. Si alguno de los pasos del proceso resultara alterado, la sangre nunca se coagularía, o se coagularía todo el torrente sanguíneo. Behe toma estos procesos de regulación tan delicada y finalidad tan evidente como ejemplos de diseño inteligente. Simplemente, es imposible que el organismo fabrique todas las sustancias que van a intervenir cuando sea el momento necesario sin un conocimiento previo de lo que puede llegar a suceder. Pero el ejemplo más interesante e ilustrativo que formula Behe de la necesidad de una inteligencia que haya establecido las condiciones bioquímicas para que estos procesos tengan lugar, es el de las máquinas tontas diseñadas por un historietista norteamericano llamado Ruby Goldberg. Para quienes desconozcan estos diseños, basta pensar, como señala el propio Behe, en los complicados mecanismos diseñados por el pollito inteligente, cuya finalidad es dañar de alguna manera al Gallo Claudio, en el conocido dibujo animado de la Warner Bros. Se ha discutido mucho acerca de la posibilidad de explicar un mecanismo así como efecto de la selección natural, pero, más allá de esos debates, creo que hay un tema de fondo que está escapando a la atención de los participantes, y es, justamente, que el diseño inteligente de un mecanismo como el de la coagulación de la sangre es equiparable al diseño de un proceso totalmente tonto que puede alcanzar sus objetivos de una manera infinitamente más simple. Quiero decir, cuando los evolucionistas prueban que hay maneras más sencillas que la señalada por Behe en las que se da la coagulación de la sangre, y se empeñan en mostrar los pasos faltantes para llegar desde el mecanismo de coagulación de los peces hasta el del hombre, no se dan cuenta de que no hay nada más tonto que esa complejidad totalmente superflua que agrega ese mecanismo cuya evolución intentan describir. En cierta forma, si el objetivo de la vida es la conservación económica de la forma, todas las complejidades de seres como el hombre resultan superfluas y tan tontas como los medios a través de las cuales el pollito inteligente intenta dañar al Gallo Claudio. Todos los seres vivientes son maravillosas máquinas tontas, cuya única finalidad es la conservación de una forma inútilmente compleja. ¿Qué sentido tiene que la vida haya escalado, aunque sea paso a paso y lentamente, el monte de la complejidad que llevó a la aparición de estas máquinas alocadas que somos los seres humanos? Quizás cuando Gould habló de las enjutas, de esas exquisitas simetrías totalmente superfluas desde el punto de vista de la selección natural que son un simple subproducto de los procesos de desarrollo, no se dió cuanta de que todas las maravillas del mundo viviente no son otra cosa que enjutas. Frente al esqueleto de un dinosaurio, en cualquier museo de ciencias naturales, viendo la repetición de las vértebras, la perfecta distribución del arco para cargar el peso de la mole que pastaba tranquilamente, alguna vez, en los campos jurásicos, yo no puedo ver adaptación al medio. Tampoco puedo ver azar. Lo que veo es el producto superfluo de un loco y bello sueño, la apariencia superficial de un juego molecular totalmente gratuito, y sin embargo, pleno de sentido.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.