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sábado, 5 de abril de 2008

Una gran derrota de Darwin: la apelación a la idea de selección sexual

Para explicar los caracteres sexuales secundarios, Darwin apeló al concepto de selección sexual: los machos más atractivos para las hembras se reproducen más, y eso aumenta progresivamente la presencia en la población de esos caracteres con el paso del tiempo. Pero, como en realidad no hay una relación directa entre los caracteres sexuales secundarios y la fertilidad, lo cierto es que las hembras cuyos genes las orientan a elegir una pareja con caracteres sexuales secundarios menos marcados, pueden ganar en descendencia, transmitiendo hereditariamente esa preferencia, con lo cual esos caracteres tenderían a desaparecer, porque se volverían irrelevantes desde el punto de vista de la selección natural.
Si es así, Darwin no encontró la explicación que buscaba para uno de los fenómenos que más lo conmovían (al punto de, como indica en una de sus cartas, producirle "nauseas"): las plumas del pavo real macho. ¿Cómo deberíamos entender entonces estas decoraciones innecesarias? Ya la existencia del sexo es algo difícil de explicar desde el punto de vista de la reproducción diferencial en una población. Mucho más la existencia de esas decoraciones aparentemente no funcionales pero hermosas.
Algo similar ocurre con los colores de las flores: no coinciden con aquéllos que captan los insectos fecundadores. Además, ¿cómo explicar que la sensualidad del perfume de la flor nos atraiga tanto? ¿Cómo explicar que del reino vegetal surjan sustancias capaces de actuar directamente sobre nuestro cerebro, produciendo alucinaciones o placeres artificiales? ¿Todo ese exceso de recursos inútiles que parece ordenado para el deleite o la fatalidad de los animales, o incluso del hombre, puede ser sólo un fruto del azar?
Goodwin explicaría estos caracteres igual que lo hace con las manchas del leopardo: como consecuencias secundarias del proceso de desarrollo, sin ninguna función para la supervivencia de las especies. Gould hablaría de enjutas, utilizando una metáfora tomada (no casualmente) de la arquitectura. Sea cual sea la explicación, el reino estético de las apariencias no deja de plantearnos dudas y preguntas, aunque sólo podamos explicarlo como una consecuencia superficial de los caracteres esenciales de la vida, que hoy en día entendemos en términos de Biología Molecular. Tal vez haya un espacio para una loca creatividad artística, un espacio en el que cada forma de vida despliega sus ensayos más creativos y arriesgados dentro de lo que le permiten las condiciones para su estabilidad como sistema organizacionalmente cerrado (es decir, para su supervivencia como especie).
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 22 de marzo de 2008

¿Podría la idea de herencia ser un simple error de perspectiva?

Si tuviéramos globos capaces de ser inflados hasta alcanzar un metro de diámetro, pero nuestros pulmones y nuestras ganas, más allá de repetidos intentos, sólo fueran suficientes para llevarlos a los cincuenta centímetros, seguramente todos los globos que inflemos alcanzarían los cincuenta centímetros, y terminaríamos creyendo que los globos están "hechos" para alcanzar esas dimensiones, que contienen la información para ello. Brian Goodwin, biólogo atípico que aun logra que lo inviten a congresos de los cuales otros personajes como Rupert Sheldrake han sido excluidos, piensa algo parecido acerca de la herencia. Él cree que el ADN es un recurso subsidiario, de información dudosa, al cual acude el citoplasma para tomar impulso en la producción de sustancias cuyo resultado final, el fenotipo, se debe a procesos de organización de la forma que se dan espontáneamente en virtud de las cualidades químicas de tales sustancias y del medio en el cual ellas se desenvuelven.
Esto significa que, si alguna parte del ADN mutara, bien pudiera pasar que la forma general de los procesos metabólicos del organismo, y el consiguiente resultado fenotípico, se mantuviera intacto, o que, al contrario, como ocurre con cualquier sistema altamente complejo que esté en el límite del caos, se derrumbe totalmente el sistema. Pero también es posible que surja espontáneamente un orden nuevo y estable, que se reitere generación tras generación sólo porque las condiciones en las que se produjo se mantienen dentro de un umbral que genera siempre resultados, en líneas generales, iguales, y no porque haya ninguna misteriosa información que se transmite a la descendencia a través de la duplicación del ADN.
Hasta ahora son pocos los resultados que ha obtenido Goodwin probando con modelos en los que intervienen sólo variables físicas y químicas. Pudo probar la espontaneidad de la forma en componentes que carecen de funcionalidad conocida, como los apéndices de ciertos organismos unicelulares, o la disposición de los pétalos en algunas flores. Constituyen en todos los casos aquello que Gould ha llamado enjutas. La diferencia fundamental con el enfoque de Gould, y lo que lo acerca a un "formalismo puro" sin implicaciones funcionalistas, es que para Goodwin no hay otra cosa que enjutas, es decir, la funcionalidad, si la hay, es una consecuencia de la forma, y no, como pensaba el paleontólogo norteamericano, la forma gratuita, una consecuencia inesperada de la construcción de una forma funcionalmente orientada. Para Goodwin todo orden, hasta el más funcional, es gratuito, y lo que llamamos habitualmente "selección natural" es sólo la estabilidad de una forma a lo largo del tiempo, en una o en muchas generaciones sucesivas, estabilidad que, como dijimos antes, no implica una herencia informacional, sino solamente la conservación y el desprendimiento de los componentes químicos mínimos necesarios para que la forma se renueve. Aquí tenemos una alternativa al darwinismo, e incluso a la genética, contra la cual nada puede objetarse. Sólo que aun no tiene suficientes partidarios como para constituirse en un programa de investigación alternativo a los vigentes hoy en día.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 15 de marzo de 2008

Máquinas inteligentes y máquinas tontas

Una de las características más curiosas de los ciclos bioquímicos que se dan en el interior de los organismos, es la existencia de infinidad de pasos intermedios desde que se activa un proceso hasta que finaliza, y la constante posibilidad, mostrada por los casos de mutación, de que todo salga mal con tal de que uno de los puntos del proceso no se cumpla. Un ejemplo mencionado por Behe es el de la coagulación de la sangre. Si alguno de los pasos del proceso resultara alterado, la sangre nunca se coagularía, o se coagularía todo el torrente sanguíneo. Behe toma estos procesos de regulación tan delicada y finalidad tan evidente como ejemplos de diseño inteligente. Simplemente, es imposible que el organismo fabrique todas las sustancias que van a intervenir cuando sea el momento necesario sin un conocimiento previo de lo que puede llegar a suceder. Pero el ejemplo más interesante e ilustrativo que formula Behe de la necesidad de una inteligencia que haya establecido las condiciones bioquímicas para que estos procesos tengan lugar, es el de las máquinas tontas diseñadas por un historietista norteamericano llamado Ruby Goldberg. Para quienes desconozcan estos diseños, basta pensar, como señala el propio Behe, en los complicados mecanismos diseñados por el pollito inteligente, cuya finalidad es dañar de alguna manera al Gallo Claudio, en el conocido dibujo animado de la Warner Bros. Se ha discutido mucho acerca de la posibilidad de explicar un mecanismo así como efecto de la selección natural, pero, más allá de esos debates, creo que hay un tema de fondo que está escapando a la atención de los participantes, y es, justamente, que el diseño inteligente de un mecanismo como el de la coagulación de la sangre es equiparable al diseño de un proceso totalmente tonto que puede alcanzar sus objetivos de una manera infinitamente más simple. Quiero decir, cuando los evolucionistas prueban que hay maneras más sencillas que la señalada por Behe en las que se da la coagulación de la sangre, y se empeñan en mostrar los pasos faltantes para llegar desde el mecanismo de coagulación de los peces hasta el del hombre, no se dan cuenta de que no hay nada más tonto que esa complejidad totalmente superflua que agrega ese mecanismo cuya evolución intentan describir. En cierta forma, si el objetivo de la vida es la conservación económica de la forma, todas las complejidades de seres como el hombre resultan superfluas y tan tontas como los medios a través de las cuales el pollito inteligente intenta dañar al Gallo Claudio. Todos los seres vivientes son maravillosas máquinas tontas, cuya única finalidad es la conservación de una forma inútilmente compleja. ¿Qué sentido tiene que la vida haya escalado, aunque sea paso a paso y lentamente, el monte de la complejidad que llevó a la aparición de estas máquinas alocadas que somos los seres humanos? Quizás cuando Gould habló de las enjutas, de esas exquisitas simetrías totalmente superfluas desde el punto de vista de la selección natural que son un simple subproducto de los procesos de desarrollo, no se dió cuanta de que todas las maravillas del mundo viviente no son otra cosa que enjutas. Frente al esqueleto de un dinosaurio, en cualquier museo de ciencias naturales, viendo la repetición de las vértebras, la perfecta distribución del arco para cargar el peso de la mole que pastaba tranquilamente, alguna vez, en los campos jurásicos, yo no puedo ver adaptación al medio. Tampoco puedo ver azar. Lo que veo es el producto superfluo de un loco y bello sueño, la apariencia superficial de un juego molecular totalmente gratuito, y sin embargo, pleno de sentido.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.