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viernes, 18 de abril de 2008

La Biología, y la Filosofía del "como-si"

En una obra que no ha perdido nada de su vigencia para la Epistemología, llamada Crítica del juicio, Kant explicaba que la Biología perdía mucho de su poder explicativo si no trataba la constitución fisiológica de los organismos "como si" tuviera la finalidad explícita de contribuir a su supervivencia. Este "como si" ha sido fruto de malas interpretaciones, sobre todo por parte de los filósofos del romanticismo alemán, quienes no se conformaban con afirmaciones débiles. En su afán de conocimiento absoluto, el romanticismo convirtió ese "como si" en la firmación de un plan divino, o en la aceptación de fuerzas vitales o entelequias.
El darwinismo significó una salida frente a esta situación, una manera de alejar a la Biología de toda metafísica, siguiendo el ideal empirista-positivista de la filosofía británica, que sólo podía aceptar a Dios como primera causa eficiente del mundo, pero que veía como falta de cientificidad toda alusión a entelequias y fuerzas ocultas. Paradójicamente, la física de Newton, paradigma de ese modo de pensar, se basó en la aceptación de una fuerza oculta que además actuaba a distancia y de modo instantáneo: la fuerza de gravedad. Un pecado del cual la física todavía no ha sabido librarse, a pesar de los intentos de Einstein en la línea del Empiriocriticismo de Mach y Avenarius.
Lo cierto es que, más allá de Darwin y su propuesta tranquilizadora, la biología no ha dejado nunca de tratar a su objeto "como si" tendiera a su propia conservación y proliferación, "como si" todas las partes del organismo tuvieran una función que les diera un "sentido", un cierto carácter necesario. Incluso la mención de cosas como el "ADN basura" o las "imperfecciones" que demuestran el carácter "chapucero" de la evolución no dejan de mostrar cierto enojo reprimido por no poderle encontrar a cada órgano, a cada tejido y a cada molécula una función.
El atractivo creciente de la Biología Molecular radica en que se trata de la disciplina que mejor ha logrado mostrar que todo aquello de lo que se ocupa "debe" cumplir alguna función para el mantenimiento de los ciclos de comportamiento ordenados que juntos constituyen lo que, en una manera de decir quizás demasiado estática, llamamos "ser viviente". El "ser viviente" no "es", sino que se hace, y dura como viviente lo que dura su capacidad de hacerse y rehacerse constantemente.
El "debe" al que hice referencia se trata, justamente, de una im-posición, como diría Heidegger, que aplicamos a nuestra materia de estudio. Lo que todavía no sabemos para qué sirve, lo sabremos más tarde. Así tiene que ser, porque sin esa esperanza nos quedaríamos sin la continuidad de un proyecto. Decir que cada molécula debe tener su función es decir que debemos nosotros pensar que la tiene, tratar con ella "como si" la tuviera. Ese "como si" no tiene nada de metafísico. Es un presupuesto de todo programa de investigación. Sin él, nada hay que investigar, porque todo es azar, y así como es, podría no ser.
Trabajar las relaciones entre distintas moléculas "como si" sirvieran a una finalidad, que es la de mantener la regulación de los procesos que hacen del organismo un sistema de cambios complejo pero racional y coherente, y no un mero caos, le ha sido útil a la Biología Molecular como proyecto. No importa que ese "como si" sea justificado luego con frases del tipo "esto debió ser un aporte positivo para la supervivencia del organismo", o "esto debió haber sido seleccionado positivamente porque contribuía a la evolución".
Kant pensaba que el "como si" era un recurso necesario sólo en la Biología, donde dudaba de la aparición de un Newton capaz de explicar el orden orgánico a partir de causas mecánicas basadas en leyes absolutas de orden físico-químico. Se ha dicho que Darwin era ese Newton de la Biología de cuya aparición Kant dudaba. Pero se lo ha dicho en el mismo momento en que la física relativizaba las leyes de Newton. Es decir, mientras, por un lado, la Biología abandonaba el "como si" en busca de una verdad positivista, la física abandonaba el positivismo y adoptaba una actitud "como si", a la que consideraba, además, relativa a la época y a la cultura, y a la que daba el nombre de programa de investigación o paradigma.
¿Qué es un paradigma? Es, justamente, lo que Kant llamaba un "como si". Por ejemplo, Aristóteles describía el mundo "como si" las leyes en la Tierra fueran distintas de las leyes de los Cielos. Newton, en cambio, lo describía "como si" las leyes naturales fueran las mismas para todo el Universo.
¿No pasa lo mismo en Biología? Dawkins trata a los organismos "como si" fueran máquinas elaboradas por genes egoístas para asegurar su propia replicación. Margulis los trata "como si" fueran simbiontes de origen bacteriano. Maturana y Varela los tratan "como si" fueran sistemas abiertos en lo que se refiere a intercambio de materia y energía con el entorno, pero cerrados en su modo de organización. Es decir, basándose en más o menos los mismos hechos, y descartando toda alusión a entidades metafísicas, cada uno de ellos se maneja, para comprender su objeto de estudio, con distintos "como si", con distintos paradigmas. Behe, por su parte, trata a los organismos "como si" fueran máquinas ensambladas por alguna forma de inteligencia que los trasciende. Cada uno tiene su verdad. Pero siempre van a estar discutiendo entre sí sin llegar a nada, porque todos pretenden, para su visión, la universalidad.
Es igual que en arte, como decía sabiamente Kant: podemos discutir eternamente si un cuadro es bello o feo, podemos dar razones de una y otra postura, pero lo cierto es que esos juicios, más que del cuadro, nos hablan del modo en que lo vemos.
Cpyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 15 de marzo de 2008

Máquinas inteligentes y máquinas tontas

Una de las características más curiosas de los ciclos bioquímicos que se dan en el interior de los organismos, es la existencia de infinidad de pasos intermedios desde que se activa un proceso hasta que finaliza, y la constante posibilidad, mostrada por los casos de mutación, de que todo salga mal con tal de que uno de los puntos del proceso no se cumpla. Un ejemplo mencionado por Behe es el de la coagulación de la sangre. Si alguno de los pasos del proceso resultara alterado, la sangre nunca se coagularía, o se coagularía todo el torrente sanguíneo. Behe toma estos procesos de regulación tan delicada y finalidad tan evidente como ejemplos de diseño inteligente. Simplemente, es imposible que el organismo fabrique todas las sustancias que van a intervenir cuando sea el momento necesario sin un conocimiento previo de lo que puede llegar a suceder. Pero el ejemplo más interesante e ilustrativo que formula Behe de la necesidad de una inteligencia que haya establecido las condiciones bioquímicas para que estos procesos tengan lugar, es el de las máquinas tontas diseñadas por un historietista norteamericano llamado Ruby Goldberg. Para quienes desconozcan estos diseños, basta pensar, como señala el propio Behe, en los complicados mecanismos diseñados por el pollito inteligente, cuya finalidad es dañar de alguna manera al Gallo Claudio, en el conocido dibujo animado de la Warner Bros. Se ha discutido mucho acerca de la posibilidad de explicar un mecanismo así como efecto de la selección natural, pero, más allá de esos debates, creo que hay un tema de fondo que está escapando a la atención de los participantes, y es, justamente, que el diseño inteligente de un mecanismo como el de la coagulación de la sangre es equiparable al diseño de un proceso totalmente tonto que puede alcanzar sus objetivos de una manera infinitamente más simple. Quiero decir, cuando los evolucionistas prueban que hay maneras más sencillas que la señalada por Behe en las que se da la coagulación de la sangre, y se empeñan en mostrar los pasos faltantes para llegar desde el mecanismo de coagulación de los peces hasta el del hombre, no se dan cuenta de que no hay nada más tonto que esa complejidad totalmente superflua que agrega ese mecanismo cuya evolución intentan describir. En cierta forma, si el objetivo de la vida es la conservación económica de la forma, todas las complejidades de seres como el hombre resultan superfluas y tan tontas como los medios a través de las cuales el pollito inteligente intenta dañar al Gallo Claudio. Todos los seres vivientes son maravillosas máquinas tontas, cuya única finalidad es la conservación de una forma inútilmente compleja. ¿Qué sentido tiene que la vida haya escalado, aunque sea paso a paso y lentamente, el monte de la complejidad que llevó a la aparición de estas máquinas alocadas que somos los seres humanos? Quizás cuando Gould habló de las enjutas, de esas exquisitas simetrías totalmente superfluas desde el punto de vista de la selección natural que son un simple subproducto de los procesos de desarrollo, no se dió cuanta de que todas las maravillas del mundo viviente no son otra cosa que enjutas. Frente al esqueleto de un dinosaurio, en cualquier museo de ciencias naturales, viendo la repetición de las vértebras, la perfecta distribución del arco para cargar el peso de la mole que pastaba tranquilamente, alguna vez, en los campos jurásicos, yo no puedo ver adaptación al medio. Tampoco puedo ver azar. Lo que veo es el producto superfluo de un loco y bello sueño, la apariencia superficial de un juego molecular totalmente gratuito, y sin embargo, pleno de sentido.
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