Hay algún motivo por el cual los pensadores se dividen en dos bandos. Los que aceptan que somos, como dice Dawkins, complejas maquinarias creadas por los genes al servicio de su propia replicación, y los que no lo aceptan de ningún modo. Los que no lo aceptan, y entre ellos me encuentro, generalmente dan argumentos científicos o filosóficos para su rechazo. Por ejemplo, que Dawkins no tiene en cuenta los procesos que se dan entre el ADN, donde él ubica los genes, y el fenotipo, que esos genes "codifican". O que no explica por qué tanto despliegue de complejidad de máquinas que podrían reducirse al nivel de una bacteria sin alterar en nada su capacidad de supervivencia. O que no tiene en cuenta que un gen es un carácter codificado, es decir, que sin ese carácter al que codifica no sería un gen, con lo cual el ADN es el medio a través del cual un organismo se copia a sí mismo, y no el organismo un medio a través del cual el ADN se replica. Todo esto es cierto, y lo comparto. Pero creo que el verdadero motivo por el cual se rechazan esas ideas es otro, está en la mente de quienes hacen el rechazo causa suya (como Gould y Steven Rose), pero no lo mencionan. No lo reconocen porque tiene que ver con la percepción que todos tenemos de nuestra propia vida, por así decirlo, "desde adentro", porque no es un argumento científico. Pero lo cierto es que, si no consideran que la vida sea sólo "cibernética molecular", es porque "máquina" es una palabra que viene asociada a un montón de imágenes y significados, que son incompatibles con los significados e imágenes que vienen asociados al término "vida".
Éste es el aspecto que se le ha criticado más a Haeckel y a Teilhard de Chardin, y sin embargo, para mí, es justamente el único rescatable: vida es algo que pasa "adentro", en un lugar que no es lugar, en el lugar del "sentirse vivir". La biología nos habla de las causas fisiológicas del latido del corazón, pero nada nos dice de nuestro "sentir al corazón latir". Ese "sentirse", que nos pasa a los hombres, pero que también "sentimos" oscuramente (por empatía) en los animales, y algunos hasta en las plantas, es lo que Husserl llama "cuerpo viviente", o soma.
El soma es nuestro centro, el punto de vista, el mirador desde el cual contemplamos el paisaje del mundo. Es, como decía Ortega y Gasset, el modo en que sentimos, nos dejamos afectar, por el mundo, un mundo que nos repugna, que nos atrae o que nos duele, que tocamos, que empujamos, que torcemos y que golpeamos.
El filósofo naturalista Nagel se pregunta qué siente el pájaro en su vuelo. Sabe que es una pregunta contra-fáctica, casi un sinsentido. Nunca seremos aves, nunca sentiremos lo que es volar. Es el poeta, no el biólogo,el único autorizado a hablar de esta "vida desde adentro". Así como el neurólogo cognitivo observa sus tomografías computadas y dice qué áreas del cerebro están involucradas mientras el "sujeto que es objeto del experimento" hace esto o aquello, y no saca conclusiones sobre el sentido de que haya algo que sea "ser conciente de sí mismo", el biólogo comprende los ritmos cardíacos sin plantearse qué es el "sentir a la vida latir en las venas", ni pensar hasta qué orden animal se puede hablar de un tal "sentir".
¿Se esfuerza el girasol en dejarse tostar por el calor del Sol? La Biología no se puede preguntar estas cosas. La filosofía puede preguntarlo, pero no responder. Sólo el poeta responde.
Sin embargo, los que nos resistimos al reduccionismo genético de Dawkins, por más que damos argumentos biológicos bien legítimos para ello, en el fondo, lo hacemos por lo que tenemos de poetas (o, al menos, de filósofos).
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