Hace un tiempo, poco antes que me retirara un tiempo del blog por cuestiones personales, escribí un artículo acerca de las barrabasadas que pululan en la publicidad y que tocan temas médicos y biológicos. Agreguemos dos ejemplos más -y más que contundente- a los que enumeré entonces. En una propaganda de televisión puede verse a una supuesta "bacteria" con forma de babosa y cara de monstruo de película de ciencia ficción diciendo "yo hago la grasa" y a otra criatura tan desagradable como la primera respondiéndole "y yo la suciedad". Así que no crea usted que ensució la cocina con los restos del guiso. ¡Son las endiabladas bacterias las que sintetizaron la grasa que usted ve, sólo para obligarlo a limpiar! También ellas son culpables de la tierra, del polvo, de las pelusas... ¡Así que no culpe a su hijo de caminar con las zapatillas sucias por la sala! Encima, se asegura que el limpiador para pisos que se promociona mata el 99% de virus, hongos y bacterias, lo cual es mentira ya que los compuestos de amonio cuaternario (grupo del que forma parte este producto) son sólo modestos desinfectantes con moderado poder bactericida, poco virucida y ninguno micocida.
Además, ¿cómo vamos a pretender crear hábitos de higiene y prevención de enfermedades en la población si desde una propaganda de un jabón de lavar la ropa nos dicen - defendiendo tan sólo su negocio- que "ensuciarse hace bien"?
Estas barrabasadas no se limitan a las campañas de publicidad comerciales, también plagan la web y los e-mails que se envían en cadena. Recibí uno que alaba los beneficios de comer frutas. Todos coincidimos en que comer fruta es saludable. El problema es que, luego de explicar que la fruta pasa de largo por el estómago y va directo al intestino, donde se digiere la fructosa, punto en el que también podemos estar más o menos de acuerdo, saca como conclusión que no debe comerse después de ingerir otros alimentos diferentes porque la fruta "queda atrapada en el estómago entre los almidones y las grasas". ¿Querrá hacernos entender que se queda allí y no puede llegar al intestino y por lo tanto su azúcar no es absorbido? ¿Tendrán el almidón y los triglicéridos una capacidad desconocida por la que se unen específicamente a la fructosa y la secuestran? ¿Y qué pasa cuando los almidones y las grasas mismas son degradadas? El mensaje no se detiene allí. Afirma que ingerir frutas evita que "la sangre se espese" y que por eso se obstruyan arterias. El único camino que veo para que esto se cumpla es que uno como sólo fruta y se abstenga de ingerir lípidos.
Las bacterias no crean la suciedad, pero sí están en ella. La suciedad les sirve de abrigo, de alimento y de sustrato.
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.
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domingo, 31 de agosto de 2008
miércoles, 9 de abril de 2008
Cuestión de estilos
Permítaseme ahora a mí una pequeña disquisición acerca de los “estilos moleculares” que pone en práctica la vida. Para empezar, lo invito, estimado lector, a imaginar alguna insólita actividad biológica o alguna extraña proeza metabólica. No es demasiado arriesgado asegurar que seguramente existe, conocida o no, alguna especie o cepa de bacteria capaz de llevarla a cabo.
Las bacterias- pequeñas células sin núcleo, por lo que se las denomina procariontes- pueden huir de una fuente de sustancia tóxica siguiendo la dirección en que la concentración de la sustancia va disminuyendo. Pueden orientarse siguiendo los campos magnéticos terrestres gracias a la acumulación de magnetita. Pueden utilizar compuestos orgánicos usualmente tóxicos para los seres vivos, como los fenoles y hasta los antibióticos como fuentes de carbono y de energía. Pueden incorporar y hasta dar uso a un ADN proveniente de otro microorganismo ya muerto. Las bacterias pueden modificar las proteínas de su superficie con el fin de confundir al sistema inmune de un hospedador infectado muchísimo más grande que ella y producir una infinidad de armas biológicas certeras contra él. Pueden nutrirse de la dieta más magra del mundo: extraer energía de una sal inorgánica reducida y carbono del aire. Pueden vivir soportando altísimas temperaturas o permanecer latentes durante muchos años en la sequía y escasez de recursos más completa. ¡Qué no pueden entonces hacer las bacterias!
¿Le parece a usted esto acaso una apología del mundo microbiano? Lo es si consideramos al pragmatismo y a la economía de medios como atributos del estilo más deseable para llevar a cabo un objetivo.
Pero lo cierto es que no hay lugar para el lujo, ni para el derroche de energía, ni para el despliegue de posibilidades en el siempre ajustado ambiente microbiano. De seguro no encontraremos allí los excesos del estilo que profesan las células nucleadas (eucariontes), que son las que conforman los seres multicelulares como nosotros. No encontraremos la posibilidad de crear múltiples versiones de una enzima que apenas difieran en pequeños detalles referidos a las condiciones de su acción catalítica. Tampoco hallaremos ampulosos mecanismos que requieran la producción y acción de decenas y decenas de moléculas para lograr la regulación exquisitamente controlada de la producción de una sola proteína.
En torno a este tema se me ocurre la siguiente reflexión. El estilo de vida que llevamos los seres humanos actualmente en nuestras sociedades, que nos lleva a valorar la ruta más rápida y directa para llegar a cumplir objetivos prácticos y concretos y a menospreciar las inversiones de tiempo y esfuerzo en afanes artísticos o no remunerativos, nos inclina a admirar más el “estilo molecular microbiano” que el que siguen muestras propias células en cada tarea. ¿Curioso, no?
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Las bacterias- pequeñas células sin núcleo, por lo que se las denomina procariontes- pueden huir de una fuente de sustancia tóxica siguiendo la dirección en que la concentración de la sustancia va disminuyendo. Pueden orientarse siguiendo los campos magnéticos terrestres gracias a la acumulación de magnetita. Pueden utilizar compuestos orgánicos usualmente tóxicos para los seres vivos, como los fenoles y hasta los antibióticos como fuentes de carbono y de energía. Pueden incorporar y hasta dar uso a un ADN proveniente de otro microorganismo ya muerto. Las bacterias pueden modificar las proteínas de su superficie con el fin de confundir al sistema inmune de un hospedador infectado muchísimo más grande que ella y producir una infinidad de armas biológicas certeras contra él. Pueden nutrirse de la dieta más magra del mundo: extraer energía de una sal inorgánica reducida y carbono del aire. Pueden vivir soportando altísimas temperaturas o permanecer latentes durante muchos años en la sequía y escasez de recursos más completa. ¡Qué no pueden entonces hacer las bacterias!
¿Le parece a usted esto acaso una apología del mundo microbiano? Lo es si consideramos al pragmatismo y a la economía de medios como atributos del estilo más deseable para llevar a cabo un objetivo.
Pero lo cierto es que no hay lugar para el lujo, ni para el derroche de energía, ni para el despliegue de posibilidades en el siempre ajustado ambiente microbiano. De seguro no encontraremos allí los excesos del estilo que profesan las células nucleadas (eucariontes), que son las que conforman los seres multicelulares como nosotros. No encontraremos la posibilidad de crear múltiples versiones de una enzima que apenas difieran en pequeños detalles referidos a las condiciones de su acción catalítica. Tampoco hallaremos ampulosos mecanismos que requieran la producción y acción de decenas y decenas de moléculas para lograr la regulación exquisitamente controlada de la producción de una sola proteína.
En torno a este tema se me ocurre la siguiente reflexión. El estilo de vida que llevamos los seres humanos actualmente en nuestras sociedades, que nos lleva a valorar la ruta más rápida y directa para llegar a cumplir objetivos prácticos y concretos y a menospreciar las inversiones de tiempo y esfuerzo en afanes artísticos o no remunerativos, nos inclina a admirar más el “estilo molecular microbiano” que el que siguen muestras propias células en cada tarea. ¿Curioso, no?
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Etiquetas:
bacterias,
Estilos de vida,
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