martes, 1 de abril de 2008

Estilos de pensamiento

Cada filosofía tiene un estilo diferente. Contando con los mismos datos, es posible enmarcarlos en las estructuras de pensamiento más sencillas o más extravagantes. Pero, más allá de las diferencias individuales, podríamos clasificar todas las formas de pensamiento en dos grandes modos: el argumentativo y el oracular.
El primero consiste en lo que Hegel llamaba "el arduo trabajo del entendimiento". Avanza paso por paso, todo lo divide en partes pequeñas, y luego las ensambla, bajo reglas estrictas. Tiene siempre un método, nos dice dónde ubicarnos para ver lo que su discurso describe. A menudo es aburrido seguirlo.
El segundo modo es el de quien habla un lenguaje que surge perfecto y total desde el principio, ilumina todo de un sólo golpe y deja a quienes leen o escuchan con la boca abierta, preguntándose ¿cómo lo hace? ¿Cómo no se me ocurrió a mí antes?
En Biología, extrañamente, sucede lo mismo. La Biología Molecular rastrea paso por paso los procesos que llevan a la formación y destrucción de las distintas biomoléculas en el interior de la célula. Cada día aporta descubrimientos nuevos. Nos habla de las estrictas leyes físicas y químicas por las que se rige el movimiento de la materia y la circulación de la energía en los organismos vivientes.
La Biología Evolutiva, en cambio, funciona a puro ingenio, a golpes de iluminación y genialidad, y suele expresarse de un modo entusiasta y literario. No es posible dejar de sentir el orgullo de Darwin cada vez que inventa una solución posible a un problema suscitado en su teoría por alguna objeción consistente.
Una de sus soluciones, repetida hasta el cansancio por sus epígonos, es mostrar que los sistemas más complejos presentan "versiones" menos complejas e igualmente funcionales en otros seres vivientes. La escala natural de los ojos es un buen ejemplo de ello, aunque El origen de las especies contiene otros menos afortunados, como la vejiga natatoria de los peces como anticipo de los pulmones, o las barbas de los patos como modelo de transición entre dientes y barbas propiamente dichas en el desarrollo que va de los vertebrados terrestres a las ballenas. Este recurso vuelve a repetirse cuando se intenta probar que hay formas menos complejas de coagulación de la sangre que las mencionadas por Behe.
Otro de esos recursos, repetido al infinito, es proponer, para órganos complejos que no pueden haber tenido funcionalidad de faltarle alguno de sus elementos integrantes, la posibilidad de que una versión más simple haya cumplido antes una función distinta para la supervivencia. Por ejemplo, las plumas, aun sin estar ligadas a huesos livianos y un aparato respiratorio adaptado al vuelo, pudieron haber servido como medio de conservación de la temperatura corporal en algunos dinosaurios que, según se sabe, ya poseían plumas en vez de escamas.
En ambos casos, la idea es que uno pueda remontarse paso a paso a formas más primitivas, y por ello más simples, hasta llegar a un punto en que ya no es posible hablar de "vida" y todo puede explicarse químicamente. Nunca se da una descripción detallada de cómo se pasó concretamente de un sistema funcional al otro, más que a través de la alusión a mutaciones beneficiosas, que, como ya hemos dicho, constituyen el sustituto actual de las pequeñas variaciones fenotípicas de Darwin.
Aquí se nota la búsqueda de una solución deslumbrante, de la intuición genial, de una iluminación oracular. Darwin solía presentar el problema como prácticamente irresoluble, para de inmediato dar con una respuesta posible, siempre con un tono de modestia no muy creíble, adoptando ese "perfil bajo" que era tan efectivo a la hora de probar la inteligencia del Creador en las obras de su admirado "rival" Paley. Pero no vemos aquí un "arduo trabajo del entendimiento" capaz de mostrar, según leyes firmes, el modo en que se produce el cambio. Siempre se nos habla de algo que "podría" haber sucedido. La Filosofía de la Naturaleza, tan criticada por el positivismo decimonónico, no ha muerto. Se ha refugiado en los libros de divulgación escritos por los biólogos evolucionistas.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 29 de marzo de 2008

¿Deriva genética o deriva autopoiética?

Sentirnos parte de algo más grande es algo que no nos sucede todos los días. Cuando ví nacer a mi hija me sentí muy pequeño. De pronto creí entender el significado de la idea del "río de la vida". La vida, indudablemente, está en nosotros, pero también nos atraviesa, sigue su propio camino, como la astuta razón de la que hablaba Hegel. De dónde y hacia dónde va la vida, es la vieja pregunta de la filosofía. Puede entenderse de muchas maneras: como una pregunta existencial (qué sentido tiene todo esto, venir de la nada, ir hacia la nada, o venir de otra vida e ir hacia otra vida, que a nivel de nuestra conciencia individual es casi lo mismo), como una pregunta metafísica (¿hay un plan, un hilo conductor trascendente que se nos escapa?), o científica (qué recibimos por herencia, qué heredamos a nuestros hijos, cómo surgió la vida, cómo evoluciona, hacia dónde va, qué posición tenemos en ese devenir).
Hay un modo de referirse al cambio de la vida generación tras generación, que de algún modo está al margen de la idea de evolución: la deriva. Así como un barco que va a la deriva no tiene rumbo fijo y sigue los vaivenes del viento, la Síntesis ha hablado de una deriva genética, deriva que termina en un encallamiento: el barco siempre acaba en una cima adaptativa. ¿Cómo llegó allí? El barco es la población, y llega a donde llega moviéndose al azar por pequeñas variaciones en la frecuencia alélica, sean variaciones debidas a la recombinación, sea como consecuencia de mutaciones al azar. Esta idea de deriva fue explotada por la teoría neutralista, que considera una tasa constante e irreversible de mutación que va separando las distintas líneas de desarrollo de las especies, sin que esa frecuencia se vea afectada por la selección natural (estas mutaciones suelen no tener efectos fenotípicos, pues ocurren tanto en zonas no codificantes del ADN como en otras que sí codifican información).
Hay otra idea de deriva totalmente distinta, que fue elaborada por los biólogos chilenos Maturana y Varela, y que se acerca más a lo que yo sentí cuando presencié el nacimiento de mi hija: es la idea de deriva autopoiética. Maturana y Varela llamaron "autopoiéticos" a aquellos sistemas cuya tarea es autorreferencial, pues consiste en construirse a ellos mismos, en mantener su estado dentro de ciertos límites, y eventualmente en propagar ese estado haciendo copias de sí mismos (aunque no se hayan ocupado mucho en desarrollar el tema de la reproducción). Un sistema autopoiético puede ser afectado por entradas de materia y energía de origen externo, pero es organizacionalmente cerrado. Eso significa que, si una parte de lo que consideramos externo al sistema co-varía siempre con él, debemos pensar que esa parte es interna al sistema, es decir, que hemos definido mal sus límites. El sistema autopoiético, por supuesto, no es estático. Sufre con el tiempo una deriva. Esa deriva no es un movimiento sólo de sus genes, o de su ADN (como en el neutralismo). Es la totalidad de sus biomoléculas y de las relaciones que mantienen entre ellas lo que sufre la "deriva". A esa deriva solemos llamarla evolución.
El sistema autopoiético determina sus propios límites. El caso típico es el de la célula, que se rodea de una membrana que delimita un adentro y un afuera. La identidad del sistema no pasa por un conjunto privilegiado de moléculas portadoras de información, sino por todos los procesos biomoleculares que le permiten mantenerse dentro de ciertos límites, o eventualmente "derivar" hacia nuevos estados que le permitan recuperar su homeostasis, y ello sin perder su cierre organizacional, es decir, sin "morir". Creo que esta es una idea muy interesante, que nos permite superar el reduccionismo genético, y evitar todas las connotaciones de la palabra "evolución" que han llevado a polémicas estériles.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

Una nueva colaboradora

Queremos darle la bienvenida, como colaboradora de este blog, a la profesora Ingrid Romer, quien ha dedicado gran parte del tiempo que le ha quedado entre los estudios, los trabajos de laboratorio y las actividades docentes -sin olvidar las de ama de casa- a estudiar, concienzudamente y con una mente amplia, el candente problema del origen y la esencia de la vida. Se interesa sobre todo en probar su alta probabilidad termodinámica en condiciones de no equilibrio. No siempre concordamos con sus conclusiones, pero pensamos que su colaboración es una contribución valiosa para los objetivos que nos proponemos en este blog.
Daniel y Mirta.

jueves, 27 de marzo de 2008

¿ES POSIBLE QUE PROCESOS METABÓLICOS COMPLEJOS HUBIERAN EVOLUCIONADO EN TAN SÓLO ALGUNOS CIENTOS MILLONES DE AÑOS?

No deseo entrar en una discusión del tipo CREACIONISTA- NO CREACIONISTA, sino simplemente analizar objetivamente la posibilidad de un desarrollo de la vida sobre la Tierra en un lapso de tan sólo 700 millones de años.
Mucho se ha hablado acerca de la labilidad y fragilidad de los organismos vivos, pero comienza a cundir la sospecha que la vida es mucho más tenaz de lo que se había pensado originalmente. Encontramos vida en las fosas abisales oceánicas, en la atmósfera exterior, inclusive se han podido “revivir” bacterias que durante 250 millones de años vivieron encapsuladas en un estado “latente” denominado "espora".
Hasta ahora no había modo de explicar, con los modelos matemáticos y fisicoquímicos vigentes, la manera de que se generara algo tan complejo como un proceso metabólico, en un lapso relativamente corto. Esto no implica que con las nuevas teorías podamos explicarlo “todo”, pero tal vez echen algo de luz sobre estos procesos.
Las teorías de las que hablamos están relacionadas con la Teoría de la Complejidad y con la de los Sistemas Caóticos, de la cual aquélla ha derivado.
Prigogine, un fisicoquímico, trabajó y adaptó la teoría a los sistemas vivos, trabajando en el área de la Termodinámica y analizando cómo podrían autoorganizarse (y autocatalizarse) los seres vivos en sistemas que no se encuentran en condiciones de equilibrio, sino en situaciones alejadas de él, como debieron ser las condiciones iniciales sobre la Tierra. Esto se relaciona con el modo en el que los sistemas, cuando están sometidos a situaciones caóticas, es decir, a situaciones donde no se encuentran en equilibrio, pueden llegar a formar estructuras nuevas. Cuando hablamos de situaciones caóticas, no nos referimos a un “desbarajuste total”, sino a un “umbral de caos”, a una “cercanía a un estado caótico o aleatorio”: la vida junto al abismo. Inclusive, muchos de estos sistemas poseen propiedades autocatalíticas, lo cual implica que las formas de organización existentes pueden generar estructuras nuevas derivadas de ellas.
¿Cuál sería el significado de todo eso?: que los sistemas complejos, tales como los metabólicos, podrían llegar a “emerger” de otros estados más simples, y en tiempos mucho más cortos de lo que se suponía hasta la fecha.
Copyright Ingrid Romer. Derechos reservados.

¿PODEMOS HABLAR DE EVOLUCIÓN DURANTE EL PRIMER EÓN DE VIDA SOBRE LA TIERRA?

La vida en la Tierra “aparentemente” surgió hace 3800 millones de años, 700 millones de años luego de la propia formación de la Tierra. Digo "aparentemente", porque eso es lo que evidencian los restos geológicos, ya que no existen restos fósiles de aquella época. En sus comienzos, la Tierra no fue un lugar plácido y hospitalario. Estamos hablando de un período con frecuentes impactos de meteoritos, radiaciones ultravioleta, vulcanismo, altas temperaturas, etc.
Los primeros organismos vivos que se desarrollaron en nuestro planeta fueron, con seguridad, bacterias. Y estas bacterias vivieron apaciblemente y sin ser molestadas (o tal vez no) durante 2 eones -2 mil millones de años- hasta que aparecieron los primeros organismos que presentaban un núcleo verdadero, los eucariotes.
El primer planteo que uno se hace es ¿cómo pudieron desarrollarse tan rápidamente las bacterias, a pesar de condiciones tan adversas?
La segunda cuestión es igualmente compleja: hace 3,5 eones se desarrollaron unas bacterias (denominadas "cianobacterias" debido a su color verdoso), que existen todavía hoy, y que viven "felices y contentas" en charcos, en piletas de natación no vaciadas en invierno, en acequias, y en otros lugares que presentan una mata verdosa (verdín). Obviamente, las actuales son lejanas descendientes de las primeras cianobacterias, pero su dotación genética, en todo ese tiempo, cambió poco, o sea que prácticamente no evolucionaron desde aquellos días.
De aquí surgen dos interrogantes. ¿Es la vida un “suceso más probable” de lo que se suponía orginalmente? Y, ¿cuál es el papel que juega la evolución, cuando hablamos de organismos microscópicos como las bacterias? ¿Podemos hablar de evolución si simplemente se modificaron mínimamente algunas de sus características?
Copyright Ingrid Romer. Derechos reservados.

A mi manera

Freud descubrió que sus pacientes se negaban a dejar de repetir ciertas comportamientos que les provocaban angustia. Eso lo hizo pensar que debía ir más allá del principio del placer, y comprendió que lo propio de la vida no es "buscar el placer y huir del dolor", sino más bien "morir a su manera". Esto suena muy pesimista, pero , por lo menos en el ámbito pluricelular, lo más extraño es que, además de la necrosis, que es lo que llamaríamos una "muerte por factores externos" o muerte accidental, existe la apoptosis, una muerte siempre posible, una muerte "programada".
Pero no hablemos de la muerte. Hablemos de algo más amplio, algo que abarca a esta idea, y que tiene que ver con el "estilo", o con lo que Goethe llamaba "lo característico". Cuando iba a un taller literario, me decían "tienes que encontrar tu voz". Cuando voy de mi psicólogo, él me dice "tiene que actuar a su modo, descubrir quién es usted, no rechazar ni siquiera sus lados oscuros, sus ataques de ansiedad, su impaciencia". Creo que estas cosas no tienen que ver sólo con nuestra vida como personas. Una especie, un individuo de la especie, y hasta una célula, o una proteína, tiene una "manera", una manera de ser y también una manera de no ser. Algo hay en las obras de un autor que nos muestra que son de él, que nadie más podría haber escrito "eso y así". A veces, esas maneras nos producen profundo rechazo. Podría dar algunos ejemplos bastante morbosos del mundo de los insectos. Pero bueno, ellos son así. Ese es su modo. Ya es hora de olvidarnos de hablar de lo perfectos o lo imperfectos que son. Hasta ayer la perfección era una demostración de la presión de la selección natural, de su capacidad para rescatar cada pequeño avance en el camino hacia la complejidad. Hoy es la imperfección lo que nos demuestra que no hay diseño inteligente. Pero la vida no tiene que ver ni con inteligencia, ni con soluciones chapuceras. Tiene que ver con el arte y con el estilo. Tiene que ver con la manera en que los seres vivientes, en cualquiera de sus niveles de organización, se construyen y se destruyen a sí mismos.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

Tiempo y modo en evolución

¿El tiempo lo puede todo? Eso es lo que sostuvo la Teoría Sintética de la Evolución, siguiendo las ideas de Darwin, derivadas, a su vez, del actualismo geológico de Lyell. Así como Lyell pensaba que los fenómenos hidrográficos y climáticos comunes son capaces de formar montañas y valles, Darwin pensaba que las pequeñas variaciones sobre las que trabajaban los criadores (sin olvidar su propia experiencia como criador de palomas) eran suficiente material para generar lo que hoy en día llamamos "biodiversidad".
La Síntesis, a partir del redescubrimiento de las leyes de Mendel y el fenómeno de la mutación, dio origen a la genética de poblaciones, teoría estadística que le sirvió para "probar" dos cosas: la despreciable probabilidad de que hubieran grandes mutaciones en muchos genes a la vez (idea sostenida por los saltacionistas, y que culminó en el "monstruo afortunado -o "viable"- de Goldschmidt), y la posibilidad, mínima pero suficiente, de que haya pequeñas mutaciones beneficiosas que se propaguen por una población y se acumulen, apoyadas por la selección natural, hasta generar formas de vida novedosas sin más límites que las leyes de la física y de la química.
A mí, personalmente, las estadísticas no me gustan, y la campana de Gauss me parece que da para todo, justamente por su ausencia de límites definidos. Pero, más allá de cuestiones personales, hay en los argumentos de la Síntesis algo que me parece extraño. Porque la pequeña probabilidad de un monstruo afortunado hace que se descarte de inmediato, pero la pequeña probabilidad de que una mutación sea beneficiosa hace que se rescate como un tesoro que hay que cuidar como oro, porque sin él todo se derrumbaría.
La Síntesis tiene un análogo en el campo de la Cosmología, una teoría que por mucho tiempo figuró en manuales y hasta en libros de divulgación, luchando codo a codo con la teoría del Big Bang. Ésta última resultaba dudosa, y hasta peligrosa, porque en sus orígenes había estado bajo la protección de un abate, el abate Lemaitre, quien veía a Dios creando (tal vez empollando) un inicial "huevo cósmico" en el principio de los tiempos. A Hoyle este huevo le olía a Iglesia, de modo que se empeñó en suprimirlo, sin negar las evidencias de una constante expansión del Universo. Así que, pensó, es menos mítico creer en una ley, aunque suene absurda, en una constancia en la creación de la materia, antes que en un inicial "fiat lux" que nos obligue a pensar en la eternidad que precedió al origen del tiempo (como sostenía San Agustín, mientras los bárbaros estaban a las puertas de Roma). Con un átomo de hidrógeno surgido "de la nada" cada tantos millones de años, ya nos aseguramos un universo estable y eterno, aunque en expansión, lo cual nos da una solución de compromiso entre la evidencia empírica y el materialismo.
Ahora la "teoría del estado estable" de Hoyle ha caído en el olvido, y los físicos no temen ser tildados de místicos, o, a lo sumo, de agnósticos (porque ignoran la cuestión del origen). Nuevas vías hacia el materialismo han surgido, algunas cercanas a los repetidos sueños de Brahma, el dios hindú que sueña el mundo por millones de años, hasta que despierta, el sueño se desvanece, se vuelve a dormir, y de nuevo aparece el mundo, es decir, su sueño.
De entre miles de mutaciones deletéreas (que bien podrían alcanzar para hacer que se extinga una especie), surge una mutación levemente beneficiosa que ocupa el nicho de su especie progenitora, como de la nada surgía el átomo de hidrógeno capaz de mantener estable un universo en expansión constante. El mismo recurso que en un caso aseguraba la estabilidad, en el otro caso asegura la novedad. La verdad, esto no me suena más creíble que el monstruo afortunado (una idea que la Biología considera muy desafortunada). Quizás sea que no creo que la grandeza pueda surgir de una constante acumulación de pequeñeces.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

miércoles, 26 de marzo de 2008

La utilidad de “hacer el ADN”

Cuántas veces habremos escuchado o leído por ahí lo útil que resulta “hacer un ADN” en casos de crímenes irresueltos, filiaciones dudosas o probable herencia de alguna rara enfermedad familiar. Lo cierto es que en un laboratorio de exámenes genéticos nadie le “hace el ADN” a nadie, lo que de ser así implicaría, más que un método de diagnóstico o de identificación, un acto supremo de creación que todavía no está al alcance de ningún biotecnólogo.
Sin embargo, este examen de “fingerprint” o “huella genética de ADN” ha mostrado ser extremadamente útil cuando se busca comparar el ADN de una muestra forense con el de un individuo sospechoso, o el de un posible progenitor con su posible vástago, o el ADN del portador de una enfermedad genética con el ADN de un familiar y posible heredero de su anomalía.
Cada individuo posee, como una huella digital propia, un determinado número de copias de determinadas regiones de ADN donde una corta secuencia se repite muchas veces (regiones que se llaman ADN minisatélite o ADN microsatélite). Ese número de copias es el que se determina para 5 a 10 ADN repetitivos diferentes, con localizaciones muy diferentes en el genoma. Los resultados se comparan entre un ADN y otro.
Supongamos que tenemos un cabello recogido en la zona del crimen y la sangre de un sospechoso. Si el recuento de copias de los ADN en número variable no coinciden en ambas muestras, el sospechoso deja de serlo. Pero si coinciden, no podemos asegurar que el sospechoso es culpable porque cabe una remota probabilidad (una en diez billones) de que los resultados coincidan por casualidad, sin que se trate de ADN de un mismo dueño. Así que, contra lo que mucha gente común cree, el examen de ADN no sirve para acusar sino sólo para descartar posibles sospechosos o posibles padres biológicos.
De todas maneras, este test ha mostrado ser extremadamente útil, y, lo que es paradójico, es que el ADN repetido en tándem en el que se basa es precisamente parte del ADN genómico que aparentemente carece de toda función biológica o fisiológica. Estos ADN redundantes-microsatélite y minisatélite- no contienen genes, ni secuencias reguladoras, ni siquiera se localizan en regiones funcionales de los cromosomas como son los centrómeros y telómeros. La verdad sea dicha: nadie sabe para qué están.
¿Será que justamente están para darnos una identidad genómica, como los surcos de las yemas de nuestros dedos deben estar para darnos una identidad digital?
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.

¿Qué es la vida?

Al abordar este tema, no voy a intentar una respuesta, sino que voy a hacerme una pregunta acerca de esta pregunta. ¿Qué se pregunta cuando se pregunta "¿qué es la vida?"? En primer lugar, está lo que sería el significado "vulgar" de la palabra, el del lenguaje corriente. Ese significado no es nada claro, y quizás no exista. Reconocemos a algo cuando lo vemos como "poseedor de vida", y también decimos de ciertas cosas que "parecen estar vivas". Cuando Heráclito proclamó que "el cosmos es un fuego eternamente vivo" parece haber querido decir que está cambiando permanentemente sin dejar de ser fuego. La vida, en el sentido vulgar, tiene que ver con la idea de que la energía que impulsa el cambio viene de aquello mismo que cambia. En ese sentido, lo viviente se opone a lo inerte, a lo que no reacciona al estímulo, a lo que carece de voluntad propia para moverse. Pero visto así el tema, la vida se nos presenta más bien como una metáfora del cambio libre, no forzado, no determinado causalmente. Cuando tiramos un gato por la ventana, no está vivo porque caiga a la misma velocidad que una piedra, movido por la fuerza de la gravedad, sino que está vivo porque patalea en el aire, e incluso logra caer con las cuatro patas sobre el suelo (no a todo ser viviente le pasa lo mismo).
Ahora bien, la Biología toma algunas de esas cosas que se mueven y se pregunta qué es lo que las hace seres vivientes. Es decir, a partir de cierto significado vago de la palabra "vida" que nos hace aplicar este calificativo (que según Margulis debería tomarse como un verbo y no como un adjetivo), se demarca un campo de cosas que están ahí a las que todos acordamos llamar "vivientes", cosas como las plantas, los pájaros, etc.
Después viene el intento filosófico por definir qué es la vida, por encontrar su esencia, algo de lo que Aristóteles se ocupó con mucho esfuerzo, pero siempre girando en torno a la idea de lo animado, de lo que tiene vida propia. Aristóteles dividió lo animado en planta, animal y hombre, según atributos que se van complejizando al subir la escala. Lo común a toda vida está resumido para él en los atributos del alma vegetativa (alma entendida como principio de vida): nutrición, crecimiento y reproducción. A ellos se suma, en los animales, la sensibilidad y el deseo, y en el hombre, el entendimiento.
Finalmente llegamos al surgimiento de la Biología como ciencia, en el siglo XVI, cuando empiezan los primeros experimentos centrados en torno a cuestiones de reproducción y desarrollo, y a las dudas acerca de la hipótesis de la generación espontánea (con Harvey). Aparece la anatomía comparada, método para buscar la unidad de plan de cada reino viviente.
Hoy en día las cosas han cambiado mucho, y se pueden encontrar muchas definiciones acerca de qué es la vida. Sin embargo, no estamos tan lejos de Aristóteles como parece a primera vista. Hablamos, es verdad, de una vida química, que realiza trabajo termodinámico, que saca energía de la materia para hacer gracias a ella nueva materia, que almacena información en el ADN, no sólo en el núcleo, también en las mitocondrias y en los cloroplastos. Encontramos en la célula la unidad mínima de la vida, y seguimos sosteniendo esta idea aunque los virólogos se nieguen a aceptarla. Pero todas estas son especificaciones de aquello mismo que había dicho en su momento Aristóteles: nutrición, crecimiento y reproducción. Porque Aristóteles fue el primero en poner en palabras algo que era "puro sentido común". Y si bien la ciencia es no-sentido común, porque acepta que la Tierra se mueve, porque acepta la relatividad del espacio-tiempo, porque acepta la indeterminación, se apoya, como diría Hegel, en aquello mismo que niega. El sentido común marca la referencia, e, indagando en el referente con nuevos instrumentos, corremos los límites marcados por el sentido común. Pero ninguno de los aspectos puede prescindir del otro.
Por eso la vida es algo que se mueve no sólo por sí mismo, sino también por el movimiento de nuestros conocimientos acerca de ella.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

¿A qué velocidad avanza la Biología Molecular?

Cada vez que escribo un artículo para este blog me llegan noticias de nuevos descubrimientos que me muestran que sólo la velocidad de publicación de Internet es capaz de emular la velocidad de los descubrimientos. Pero, ¿cuáles de esos descubrimientos son relevantes? Constantemente se escriben resultados de nuevas investigaciones, a veces resultados forzados (como se ha advertido en otro artículo), y el libro que publicamos con Mirta, en algunas partes, ya debería ser corregido antes de ser impreso. Como está en prensa, utilizaremos este espacio para hablar de lo que no entró en ese libro, de lo que cambió, o de la información que no teníamos y de la que ahora disponemos.
Por ejemplo, visitando una página de Internet me he enterado de que una de las posibilidades acerca del origen de la vida que yo planteé como una versión extrema de las ideas de Margulis, y que pensé desarrollada por el investigador Máximo Sandín, fue anticipada por Freeman Dyson: un encuentro entre un metabolizador sin capacidad reproductiva y un replicador incapaz de metabolizar. Es decir, un encuentro entre un citoplasma y un virus. Como siempre ocurre al tratar de explicar lo complejo a partir de lo simple, no hay noticias de la maquinaria replicadora ni de la maquinaria de transcripción-traducción, que debieron ser adiciones posteriores.
También hemos recibido información de que las bacterias presentan una especie de citoesqueleto, algo que se creía antes era propiedad exclusiva de los eucariontes.
Otra de las novedades es la idea de las islas genómicas, y la consiguiente idea de "evolución cuántica". Pero esta se la voy a dejar explicar a una nueva invitada, una invitada que pronto (espero) iniciará sus aportes dándole una nueva vida (y por qué no, más material de discusión) a nuestro blog.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

lunes, 24 de marzo de 2008

El velo de Maya

Hay demasiado antropomorfismo en nuestra visión de las muelas, de las alas, de los dientes y de las garras ensangrentados. Reprimamos toda alusión a los fenotipos. Pensemos que el fenotipo es el resultado del encuentro entre el mundo y el sujeto.
Sujeto, anúlate a tí mismo, ponte entre paréntesis, deja que ante tus ojos despojados del cuerpo emerjan las fórmulas universales de la química pura. Piensa que el fenotipo es sólo un velo, eso que los hindúes llamaban el "velo de Maya", la gorda araña de la ilusión que teje la red en la que el deseo te hace caer. Biólogo del mañana, asume una mirada desinteresada. No veas en los dientes que mascan la carne otra cosa que una interacción entre dos químicas complejas. Reduce todo a un movimiento molecular. Olvídate de los límites de la individualidad, sigue las rutas metabólicas que se extienden más allá de las membranas celulares, más allá de la piel de un organismo individual, más allá de una comunidad o de un ecosistema.
El marqués de Laplace dijo una vez que si pudiéramos conocer la posición y la velocidad de todas las partículas del universo, gracias a las fórmulas de la física de Newton podríamos saber todas las posiciones que ellas ocuparon en el pasado y las que ocuparán en el futuro. Así sabríamos cómo el mundo fue y cómo será. La mecánica cuántica se burló, con su indeterminismo, de este afan grandilocuente. Pero como las fórmulas de la relatividad generalizada de Einstein son deterministas, la cosmología ha seguido el desafío de Laplace.
¿Por qué no aplicar el desafío de Laplace a la biología molecular? Más allá del factor cuántico, ¿por qué no pensar en ubicar todas las moléculas relacionadas con la vida en sus posiciones actuales, aplicarles las leyes de la física y de la química, y retrotraerlas a la época en que la Tierra era joven? ¿No encontraríamos de ese modo, más allá de toda especulación, el verdadero origen de la vida (si es que hubo tal origen), el verdadero mecanismo de su evolución (si es que hubo evolución en el sentido habitual de la palabra)? En realidad, de este modo, deberíamos pensar en el todo de la vida como un único organismo en constante movimiento, en el que la evolución debería entenderse como un despliegue de potencialidades presentes en él desde el principio.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

El azar y la necesidad

Supongamos que intento encontrar una sustancia química que me permita hacer un agujero en una piedra. Teniendo en cuenta que no sé nada de química, tendré que buscar entre las cosas que están a mi alrededor y seguir un proceso de ensayo y error. Paso varios días intentándolo, hasta que al final me canso y abandono la empresa. Una bacteria no se propone encontrar una sustancia química para entrar en mis células. Se multiplica y cada tanto sufre mutaciones. Esas mutaciones le permiten generar sustancias nuevas (algo que yo no puedo hacer, porque no tengo conocimientos de química, y a la bacteria, eso de hacer fórmulas químicas, le sale espontáneamente, porque procede ella misma de combinaciones químicas). Con algunas come lo que come y se sigue multiplicando. Con otras no come nada y se muere. Después de unos millones de generaciones, que en las bacterias se dan en poco tiempo, aparece el gen que codifica la sustancia que le permite entrar en mis células. Pero como no tiene genes que le permitan hacer algo con mis células, se muere adentro. Millones de generaciones más tarde, la bacteria tiene dos genes, aquel que le permite entrar a mis células, y otro que le permite disolver sus sustancias para poder absorverlas, pero la célula es fagocitada por un leucocito, y la bacteria muere sin dejar descendencia. Millones de generaciones después... No, acá hay algo que no cierra.

Tomemos otro ejemplo: Hay muchas maneras de procesar la carne de un animal. Podemos molerla con los dientes y después digerirla con los jugos del estómago. Otros seres vivientes lanzan los jugos digestivos sobre ella directamente, sin molerla. Digamos que hay varias llaves posibles para abrir una misma cerradura. En el caso de las piedras de moler, hay que fabricarlas con sustancias químicas adecuadas que deben ir a parar al lugar en el cual deben cumplir esa función. Tratemos de aplicar el relato de las bacterias a la formación de los primeros dientes. Primero debieron pasar millones de generaciones hasta que hubiera una mutación capaz de generar una parte de un diente, y después otra, pero también necesitamos, en medio de una maraña de tejidos ya dispuestos para una alimentación sin necesidad de dientes, una que le diga al diente dónde ponerse. Al principio debieron aparecer dientes en el hígado o en el estómago, el resultado fue inviable, y vuelta a empezar. Encima, en los pluricelulares, millones de generaciones no se hacen en unas horas. Acá hay algo que tampoco cierra.

Pensemos en algo más simple: el cuello de la jirafa. Lamarck explicaba muy bien esto: la jirafa estira el cuello, pasa ese pequeño estiramiento a su descendiente, que lo estira un poco más, y así. Todo demasiado teleológico para Darwin. Pero este es el relato que se cuenta en los libros de texto, porque contar la versión darwiniana de la historia sería demasiado engorroso. Habría que pensar, por una lado, en una presión selectiva constante que mantuviera su direccionalidad por millones de años: se compite por las hojas accesibles, y hay todo un nicho de hojas disponibles pero inaccesibles (las hojas altas). Una pequeña variación en el cuello ya es una ventaja adaptativa. Pero no se estira un cuello de la noche a la mañana. Hay que esperar a que una mutación al azar lo estire. Darwin no habla de mutaciones, habla de pequeñas variaciones. Pero una variación fenotípica de origen ambiental no nos serviría para expicar el surgimiento del cuello de la jirafa. Debe tratarse de una modificación heredable. Así que hay que pensar que constantemente los genes están sufriendo mutaciones sin dirección. Las que generan variedades del mismo tamaño o más pequeñas, perecen. Las que generan cuellos más grandes, sobreviven y pasan los genes a la sigiente generación. Pero en la generación siguiente hay de nuevo mutaciones, y todo podría volver atrás, al punto de partida. La clave está en que las mutaciones generen sólo variaciones de tamaño pequeñas, en torno a la media, para que el tamaño medio se vaya desplazando hacia lo alto, aun cuando las mutaciones sean aleatorias. ¿Puede la genética y la biología molecular probar esto? En realidad, el largo del cuello es un carácter poligénico, porque depende de múltiples hormonas y otras sustancias específicas que son codificadas por distintos genes y sus correspondientes reguladores, que a veces se apuntalan o se inhiben mutuamente, lo cual implica que un pequeño cambio en el cuello de la jirafa sea el resultado de múltiples mutaciones coordinadas en paralelo, una complejidad altamente improbable. El largo del cuello depende además de factores ambientales, como el tipo de alimento, que influyen directamente sobre el fenotipo, y que, aunque no se heredan genéticamente, a veces se mantienen constantes, dando la apariencia de que el carácter resultante está grabado en los genes. Más complicada se pone la cuestión cuando pensamos en la formación de ballenas a partir de perros, lo cual nos obliga a pensar en una presión selectiva constante (aunque no direccional) que se mantiene durante millones de años en un mismo sentido (sic) e impide una vuelta atrás.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

domingo, 23 de marzo de 2008

El enigma de los enigmas

Si la biodiversidad había sido el enigma de los enigmas para el astrónomo Herschel, para Maynard Smith, aunque no lo confiese explícitamente, el enigma de los enigmas es la capacidad del organismo para hacer copias aproximadas de sí mismo. Ni las piedras, ni los cristales, ni los ríos, ni las nubes, ni las estrellas, ni los planetas, nada de lo demás que conocemos en el mundo tiene esa manera de sostener una forma de ser a lo largo del tiempo. Podemos pensar en una ribozima que se extienda catalizándose a sí misma, podemos pensar en sacos de biomoléculas envueltas en una membrana lipídica que se dividan distribuyendo con aproximadamente la misma proporción sus componentes internos, podemos pensar en el ritmo cíclico de los relojes moleculares o en la posibilidad de que los péptidos se combinen y se disgreguen, para volver a combinarse creando caminos circulares en una sopa metabólica prebiótica. Podemos pensar en todo eso, pero nada, absolutamente nada de eso, se parece ni lejanamente a la posibilidad que tiene el ADN de ser replicado por una compleja maquinaria molecular, que revisa, además, el resultado, tratando de reparar los errores, asegurando un mínimo índice de mutación y permitiendo que los seres vivos, a pesar de su fragilidad y mortalidad (programada o no, pues la muerte les sucede también a las bacterias por más que las llamemos "inmortales") traspasen su forma a otra materia por millones de años. Que lo hagan, incluso, sobreviviendo muchas veces a ese proceso de transferencia, y, además, que la transfieran más de una vez, aunque el equilibrio ecológico se encargue después de mantener siempre una tasa más o menos constante de individuos de la misma especie. Así como se ofrece dinero a aquél que pruebe poseer algún poder extrasensorial, desafío que nadie hasta ahora ha aceptado, los partidarios del diseño inteligente deberían hacer lo mismo con quien logre explicar este nuevo "enigma de los enigmas" por un medio puramente químico (pues, sin presuponer la capacidad de reproducción, o al menos de replicación, no podemos hablar de procesos biológicos tales como "herencia con modificación" y "selección natural"). No creo que nadie, en estos momentos, aceptaría el desafío (menos aun si se le exigiera que creara artificialmente las condiciones para que eso suceda, recurriendo, como he dicho, a medios puramente químicos).
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

sábado, 22 de marzo de 2008

¿Podría la idea de herencia ser un simple error de perspectiva?

Si tuviéramos globos capaces de ser inflados hasta alcanzar un metro de diámetro, pero nuestros pulmones y nuestras ganas, más allá de repetidos intentos, sólo fueran suficientes para llevarlos a los cincuenta centímetros, seguramente todos los globos que inflemos alcanzarían los cincuenta centímetros, y terminaríamos creyendo que los globos están "hechos" para alcanzar esas dimensiones, que contienen la información para ello. Brian Goodwin, biólogo atípico que aun logra que lo inviten a congresos de los cuales otros personajes como Rupert Sheldrake han sido excluidos, piensa algo parecido acerca de la herencia. Él cree que el ADN es un recurso subsidiario, de información dudosa, al cual acude el citoplasma para tomar impulso en la producción de sustancias cuyo resultado final, el fenotipo, se debe a procesos de organización de la forma que se dan espontáneamente en virtud de las cualidades químicas de tales sustancias y del medio en el cual ellas se desenvuelven.
Esto significa que, si alguna parte del ADN mutara, bien pudiera pasar que la forma general de los procesos metabólicos del organismo, y el consiguiente resultado fenotípico, se mantuviera intacto, o que, al contrario, como ocurre con cualquier sistema altamente complejo que esté en el límite del caos, se derrumbe totalmente el sistema. Pero también es posible que surja espontáneamente un orden nuevo y estable, que se reitere generación tras generación sólo porque las condiciones en las que se produjo se mantienen dentro de un umbral que genera siempre resultados, en líneas generales, iguales, y no porque haya ninguna misteriosa información que se transmite a la descendencia a través de la duplicación del ADN.
Hasta ahora son pocos los resultados que ha obtenido Goodwin probando con modelos en los que intervienen sólo variables físicas y químicas. Pudo probar la espontaneidad de la forma en componentes que carecen de funcionalidad conocida, como los apéndices de ciertos organismos unicelulares, o la disposición de los pétalos en algunas flores. Constituyen en todos los casos aquello que Gould ha llamado enjutas. La diferencia fundamental con el enfoque de Gould, y lo que lo acerca a un "formalismo puro" sin implicaciones funcionalistas, es que para Goodwin no hay otra cosa que enjutas, es decir, la funcionalidad, si la hay, es una consecuencia de la forma, y no, como pensaba el paleontólogo norteamericano, la forma gratuita, una consecuencia inesperada de la construcción de una forma funcionalmente orientada. Para Goodwin todo orden, hasta el más funcional, es gratuito, y lo que llamamos habitualmente "selección natural" es sólo la estabilidad de una forma a lo largo del tiempo, en una o en muchas generaciones sucesivas, estabilidad que, como dijimos antes, no implica una herencia informacional, sino solamente la conservación y el desprendimiento de los componentes químicos mínimos necesarios para que la forma se renueve. Aquí tenemos una alternativa al darwinismo, e incluso a la genética, contra la cual nada puede objetarse. Sólo que aun no tiene suficientes partidarios como para constituirse en un programa de investigación alternativo a los vigentes hoy en día.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

Fenotipo, genotipo, y lo que hay en el medio

Cuando Huxley planteó que los humanos descendemos de antropoides, de antepasados que compartimos con los monos, surgió el escándalo. De pronto, se había instalado una nueva herida narcicista en el corazón del hombre, hasta entonces considerado (por el propio hombre) como un ser único, ubicado en el pináculo de la creación. Por lo menos, es así como nos cuentan la historia. Como sea, todavía hay quienes piensan que, como se dice vulgarmente, "descendemos del mono". Creo que esta visión hace largo tiempo que se ha vuelto uno de esos temas en los que ya no vale la pena seguir pensando, menos aun desde que Dawkins ha planteado que somos complejas máquinas creadas para la replicación de genes, y Margulis, que somos simbiontes bacterianos, y, en última instancia, el medio a través del cual las bacterias han conquistado el espacio (o a través del cual ellas han vuelto, cambiadas, a su hogar, si debemos hacerle caso a Hoyle y a otros partidarios actuales de la panspermia).
Lo cierto es que, haber descendido de los simios, más allá de que los simios no tienen nada de primitivo ni de imperfecto más que para parámetros decimonónicos superados, no nos toca en nada. A lo sumo, ser simio o ser hombre son sólo "vestimentas" que la vida se pone en épocas sucesivas, la cáscara superficial de complejos procesos moleculares que se mantienen o cambian a lo largo del tiempo. Si nuestros genes pasaron alguna vez por el interior de antropoides antes de hacerlo por el interior de nosotros, es algo que nos afecta personalmente tan poco como el hecho de que las proteínas que ahora están en nuestros tejidos alguna vez estuvieron, con otra estructura, por supuesto, en la leche o en la carne que compramos en el supermercado.
Al ver a mi hija jugar, no puedo pensar que ella es sólo un conjunto complejo de procesos moleculares, de reacciones endergónicas y exergónicas que mantienen una homeostasis constantemente amenazada. Sin embargo, la Biología Molecular debe ver así a mi hija, para poder entenderla desde la perspectiva de su paradigma. Cada realidad es un diamante multifascetado del cual cada ciencia ve una cara, y de cuya sustancia interior no sabemos nada. Pero si vamos a hablar en términos bioquímicos, de nada nos sirve tampoco plantearnos las cosas en términos relacionados con el aspecto fenotípico de la vida. Si Galileo se hubiera quedado pensando en que la pluma nunca cae tan rápido al suelo como una naranja, la física moderna no hubiera existido.
La Biología no puede seguir hablando, en pleno siglo veintiuno, en términos del color de ojos de la Drosophila, o del tamaño del pelo del bisonte americano, o de la utilidad evolutiva que implica para algunos insectos darles golpecitos a las hembras de la especie cuando ellas se niegan a jugar al juego del amor, como ha dicho un biólogo ultradarwinista de cuyo nombre prefiero olvidarme. Cuando los partidarios del diseño inteligente discuten si un ciclo bioquímico como el de la coagulación de la sangre pudo surgir por un proceso no direccional de ensayo y error, no se les puede contestar con el carácter chapucero de la selección natural y la mutación al azar, que nos dieron muelas de juicio, o un apéndice que no se sabe para qué sirve.
Llevados a un plano molecular, que es donde se juega realmente el debate, a lo sumo se podrá hacer alusión a procesos de autoorganización espontánea en condiciones cercanas al caos. Ésto, sin embargo, es a todas luces insuficiente para explicar de qué modo, por pasos adaptativos sucesivos, se llegó a un sistema de coagulación cada vez más complejo; y sin embargo, en ningún caso, menos adecuado que el sistema que todavía sigue funcionando perfectamente en los peces.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

Los lisosomas: ¡no aclares que oscurece!

Ningún citólogo que estuviera observando el interior de una célula eucariota con el suficiente aumento dudaría en señalar cuál es su núcleo ni cuáles son sus mitocondrias ni sus cloroplastos, si los hubiera. Inmediatamente respondería con claridad si le preguntáramos acerca de las características, las funciones, y la presencia o no en distintos tipos celulares de cada una de estas organelas.
Pero no pasaría lo mismo si le preguntáramos acerca de los lisosomas. Ocurre que un lisosoma es -en teoría- una vesícula donde ocurre la digestión celular, es decir, donde grandes moléculas o partículas inútiles son degradadas en sus componentes más pequeños (componentes que sí pueden ser reutilizados en otras síntesis).
Sin embargo, en la práctica, entre las múltiples vesículas que muestra una célula nucleada (muchas de ellas efímeras vesículas de transporte), es difícil identificar cuáles de todas ellas son lisosomas con todas las de la ley. Es más, dicha “ley” no está muy clara. Hay quien restringe el término lisosoma a vesículas donde estén presentes las enzimas degradativas y el material que está siendo degradado, mientras otros aceptan como lisosoma a los compartimientos membranosos que contienen enzimas pero que todavía no adquirieron el material a degradar. Se reserva el término endosoma para vesículas donde sólo encontramos las partículas incorporadas del medio extracelular que van a ser degradadas.
Además, los “verdaderos lisosomas” son vesículas temporales, que sólo “existen” cuando confluyen aquello a ser destruído y el arma destructora. Una vez que la hidrólisis concluye, la membrana que forma la vesícula se recicla y los restos, si quedan, son volcados al medio externo. Aún si permanece dentro de la célula, esa vesícula ya inactiva dejará de ser un lisosoma para convertirse en lo que se llama “cuerpo residual”.
Intentando organizar los conocimientos acerca del tema, se introdujo la distinción entre lisosomas primarios, lisosomas secundarios y cuerpos residuales. Y otra distinción más entre endosomas primarios (o tempranos) y endosomas secundarios (o tardíos). El lector coincidirá conmigo en que tantas distinciones sobre una base poco clara, lejos de contribuir a ordenar lo que se conoce, aumentan la confusión.
Es más, toda esta terminología se restringió a células animales, a pesar de que toda célula eucariota posee algún sistema de digestión de materiales inútiles. De manera que a ciertas vacuolas -vesículas permanentes- que en células vegetales se encargan de la digestión celular no se les otorga el estatus de lisosomas.
¿Acaso pensaba usted ingenuamente que la ciencia siempre brinda un cuerpo de conocimientos consolidados y bien estructurados? Si hablamos de lisosomas, ¡mejor no aclaremos que oscurece!
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.

Faltas a la verdad y faltas a la ética: dos piedras en el mismo camino.

Días atrás, durante una conversación entre colegas científicos, surgió la alusión a un tema que nos preocupa a todos. Me refiero a las faltas a la bioética que a menudo manchan los brillantes avances de la investigación científica y tecnológica biomédicas. Que una compañía farmacéutica transnacional aplique en países en desarrollo medicamentos que están prohibidos en los países desarrollados. Que la dirección de una investigación puede virarse en procura de mayores subsidios económicos. Que puedan publicarse como rotundos resultados poco convincentes, con el único fin de extraer de ellos un rédito económico rápido.
Reflexionando acerca de esto, encontré un paralelismo entre esas faltas éticas y las que yo denunciaba aquí en el artículo denominado “Piensa mal y no te equivocarás”. Ambas afectan la credibilidad del aparato científico. Sin embargo, las que involucran a modelos teóricos -modelos que son “completados” o “perfeccionados” arbitrariamente en base a suposiciones- sólo tienen implicancias epistemológicas, que sólo advertimos los especialistas. Afectan a la ciencia básica.
Por el contrario, las otras faltas, las que se cometen en el ámbito de la aplicación del conocimiento adquirido, repercuten sobre la salud de la población y tienen graves consecuencias sociales y políticas.
Podemos tolerar que la rifampicina sea utilizada como una droga antibiótica en base a que sabemos que actúa como inhibidora de la enzima que sintetiza ARN, aunque no sepamos exactamente si el efecto que se produce en la bacteria blanco es sólo impedir la transcripción de genes y la subsecuente síntesis de proteínas, o imposibilitar también el inicio de la replicación. Al fin y al cabo, en uno u otro caso es igualmente efectiva terapéuticamente. Pero no podemos tolerar que una droga que se vende como antiemética resulte teratogénica durante el embarazo. Pensemos en el luctuoso ejemplo de la talidomida que dio lugar a terribles malformaciones en recién nacidos unas cuantas décadas atrás.
Me parece que, en definitiva, las faltas éticas en la búsqueda de la verdad -búsqueda que debiera ser el objetivo principal de la investigación básica- y las faltas éticas en la búsqueda del bien común-lo que idealmente debiera alzarse como bandera de la investigación aplicada y su instrumentación tecnológica- son piedras que se encuentran en el mismo camino.
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿Evolución, o descendencia con modificación?

En la época en la que Darwin escribió El origen de las especies, la palabra "evolución" se aplicaba al proceso de la embriogénesis, un procesos claramente dirigido, orientado hacia la madurez del individuo. Por ese motivo, Darwin no habló de evolución de las especies, sino de un concepto menos impactante, pero más acorde con su modelo de ciencia: el de "descendencia con modificación". Sin embargo, en medio de la polémica a que su libro dio lugar, su amigo Huxley le sugirió adoptar el concepto de evolución en el sentido que se le da actualmente, debido al uso que de él había hecho el filósofo Spencer, en obras que ganaban cada vez mayor popularidad. Spencer extendía la evolución a todos los ámbitos de la naturaleza, la entendía en un sentido netamente progresivista, y mostraba al hombre liberal como culminación de millones de años de evolución de la materia a lo largo de los cuales, contra toda evidencia termodinámica, había habido una "progresiva concentración de materia con una consiguiente disipación de movimiento". Con el tiempo, la teoría de Darwin sería identificada directamente con la teoría de la evolución, lo cual dio lugar a una gran confusión lingüística. Darwin pensaba, sí, que hay un progreso en la naturaleza, pero ese progreso era visto por él como resultado de lo que Gould llamaría hoy en día una "exaptación": si todos los nichos posibles en la naturaleza están llenos, la única manera de introducir una "cuña" de novedad es mediante una "mejoría" de algún tipo, al no haber recursos alimentarios alternativos. Claro que esa "mejoría" no implica necesariamente un aumento de complejidad por división del trabajo. Pero en una época en que poco se sabía de parasitismos, el aumento de complejidad parecía la vía recta hacia la adaptación, lo cual, a la larga, y con tiempo suficiente, desembocaría en la aparición de la humanidad. Una humanidad que, curiosamente, carece de otros medios de supervivencia que no sean los que, inteligentemente, les roba a otras formas de vida, con lo cual sus debilidades (falta de pelos, de fuertes dientes y de garras), gracias a un desarrollo atípico de la corteza cerebral, se convierten en fortalezas. No puedo evitar aquí el citar la frase de Nietzsche: "el hombre es un animal enfermo".
Como sea, la alternativa planteada hoy en día entre evolución y cracionismo, o entre Darwin y Dios, no hace más que aumentar esa confusión lingüística en la que, a nivel popular, el Dios de la creación en siete días libra un feroz combate contra el Dios del Progreso Ilimitado.
¿Qué pasaría si volviéramos a la idea original de Darwin? ¿Qué pasaría si habláramos de "descendencia con modificación"? ¿No sería esa una manera de dejar de lado las cuestiones políticas y religiosas que empañan el debate realmente interesante, que es "por qué hay seres que tienen descendencia" y "cuál es el motor de la variación"?
Quizás debamos recordar que parecía imposible escapar al debate entre preformismo y epigénesis, entre un organismo pequeñito en espera de su crecimiento -en la punta del espermatozoide, o en el cálido interior circular del óvulo-, y un protoplasma indiferenciado que se autoorganiza a partir de la nada. Y sin embargo, un buen día, aparecieron los genes y, más adelante, la información codificada en el ADN. Lo cual no quiere decir que el debate se haya terminado. Surgen nuevos conflictos. De lo contrario, nos moriríamos de aburrimiento.
Me arriesgo a pensar que lo mismo va a pasar, a la larga, con la lucha entre el evolucionismo "chapucerista" y la teoría del diseño inteligente. Evolución y diseño pasarán entonces al arcón de las viejas palabras extinguidas que se alimentaron de la materia de esos extraños sueños que, como el de Leewenhoeck, alguna vez habitaron los libros de ciencia.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados

Sueños acerca de la esencia de la vida

Cuando nos ponemos a soñar acerca de la esencia de la vida, siempre aparece, detrás de nuestros pensamientos racionales, el afán de ver reflejada en ella algo de nuestra propia idiosincracia, algo de las expectativas y deseos que impulsan nuestra vida diaria. Algunos -los que son apoyados por la ortodoxia actual de la ciencia- quieren encontrar en la vida una construcción fortuita, sin ningún tipo de plan previo, donde ningún concepto valorativo tiene sentido. Otros creen ver un gran protoplasma en el que todos los seres vivientes forman una red interdependiente, llena de un sentido global, holístico. Incluso otros, como yo, buscan en lo vivo destellos de una armónica belleza, la precisión o perfección minuciosa en cada uno de sus detalles.
Tal vez todos estemos viendo el mismo panorama desde distintos ángulos. En este panorama complejo podemos encontrar, conviviendo, distintos elementos que dan sustento a cada uno de los enfoques presentados.
Los mecanismos exquisitos y detallistas existen y cada vez se conocen con mayor detalle: la síntesis de una proteína que exhibe exactamente la conformación tridimensional correcta y funcional (entre millones de posibilidades alternativas que de nada servirían), los elaborados mecanismos de corrección de daños en el ADN, la extraordinaria complejidad de la respuesta inmune de un mamífero, lo atestiguan.
Si tomamos distancia, descubrimos que los nexos entre los seres vivos también son evidentes: el ciclo biogeoquímico del carbono nos involucra a todos, la energía circula por el medio biótico y abiótico continuamente, las endosimbiosis son íntimas asociaciones entre organismos, bastante habituales. De tal forma, los límites individuales no son tan claros como parecían.
Y también el azar y el sinsentido hacen sus frecuentes apariciones, brindándole apoyo a una vida circunstancial, sin una lógica previa. Sabemos que gran parte de la progenie de una tortuga muere en las garras de sus depredadores, mostrándonos un absurdo derroche de esfuerzo y de energía. A un nivel celular, una gran parte del ARN que debería llevar el mensaje de los genes al sitio de síntesis de proteínas nunca llega a hacerlo, porque es degradado cerca del sitio donde se formó, lo que sugiere errores graves en su armado.
Lo invito, lector, a contarnos cuál sueña usted que es la esencia de la vida. De todas maneras, ella siempre va a sorprendernos, a usted y a mí, y a presentarnos su contracara.
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.

jueves, 20 de marzo de 2008

Versiones de la historia



Que la vida ha tenido una historia en la Tierra, pocos lo dudan. Cuando hablamos de evolución, hablamos justamente de historia. Esa es la famosa "evolución de la cual nadie en sus cabales debería dudar", a la que se alude en los debates entre evolucionistas y cracionistas. Pero el problema, creo, está en qué versión de la historia deberíamos aceptar. Darwin introdujo una única figura en su libro El origen de las especies, una figura que ha llamado la atención de Gould, y con razón. En ella, Darwin dibuja algo que se ha malinterpretado como un árbol. La mala interpretación deriva de su identificación con los árboles filogenéticos de Haeckel, de tronco grueso y cortas ramas, que pretenden mostrar un desarrollo lineal de las especies. Una evolución lineal que conduce directamente hacia el hombre, siguiendo una idea antropocéntrica (e incluso ario-céntrica). Los árboles de Haeckel, famoso además por la belleza de las ilustraciones de sus libros, han cubierto durante mucho tiempo al esquelético, esquemático, casi abstracto, arbusto darwiniano. Y digo arbusto, porque en él las ramas se multiplican al infinito, porque carece de un tronco central, porque en él la parte es igual al todo. Lo que Darwin dibujó es un fractal. Ese fractal es, creo yo, lo que Gould trata de graficar también con el camino del borracho. Si uno pone un grano de polen en la superficie de un estanque, el desplazamiento aleatorio del grano sobre su superficie puede también describirse como un fractal. Pero ocurre que los fractales tienen un número al cual vienen asociados. Ese número nos indica su pertenencia a una jerarquía dentro de un orden matemático. No es el mismo fractal el que grafica los bordes de una isla que el que representa la distribución de las estrellas en el espacio. El arbusto de Darwin tampoco es la única descripción posible de la evolución de las especies. La idea de transferencia horizontal de genes ha llevado con el tiempo a pensar en su sustitución por un esquema en red, según el cual las líneas separadas pueden llegar a encontrarse y desarrollar líneas nuevas, con lo cual el esquema se vuelve mucho más caótico y menos lineal. Esta idea, desarrollada por Margulis y por el investigador español Máximo Sandín, cada uno a su manera, nos habla de una versión posmoderna de la historia, en la que cada organismo nos muestra las capas superpuestas de su genealogía. Gould, por su parte, también adhiriendo a una versión aleatoria de la deriva viviente, nos presenta, sin embargo, tomando una perspectiva macroevolutiva, un panorama diferente. En él las especies mantienen un perfil que oscila alrededor de valores centrales constantes. En puntos determinados se abre, por una especie de gemación, la gémula de una especie nueva, cuyo desarrollo es tan rápido, geológicamente hablando, que casi parece nacer de la otra especie como Atenea nació de la cabeza de Zeus, para usar una vieja analogía mitológica (perdón, pero este recurso al mito me pareció inevitable). Incluso, en su monumental y maravillosa obra póstuma, Gould nos presenta, a pesar de su amor al azar, un panorama inesperado: el modo en que la biodiversidad surge a partir de la progresiva pérdida de genes homeóticos. Como si una progresiva falta de regulación y restricción disparara ciertos parámetros hacia límites enfermizos, tan enfermizos como las locuras de los grandes creadores de la vanguardia artística, o las no menos locas abstracciones de la matemática moderna (iniciadas cuando Bolyai y Lobatchewsky perdieron esa regulación que impidió a Gauss dar a conocer su proyecto de geometría no euclideana: "el miedo al clamor de los beocios [es decir, de los ignorantes]").
Figuras: Arriba, el árbol de Haeckel, abajo, el arbusto de Darwin.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.