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jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Por qué Wikipedia defiende la síntesis neodarwinista?

Se me ocurrió entrar a Wikipedia y anotarme como editor, para comprobar qué tan libre es la enciclopedia libre. Dentro del artículo sobre Diseño Inteligente incluí el siguiente texto: " quizás la importancia que se le da al diseño inteligente como alternativa frente al darwinismo se deba al estancamiento de la Síntesis de los años sesenta y al surgimiento de alternativas como la simbiogénesis de Margulis, la transferencia horizontal de genes por vectores víricos de Sandín, etc.". No recuerdo con exactitud el texto, porque al otro día ya había sido suprimido.
El censor anónimo había justificado la supresión diciendo que "el texto no es relevante para el tema". Esto me ha confirmado en mis sospechas de que detrás de la Wikipedia hay una organización de investigadores que pretenden hacer pasar sus propias preferencias como opciones libres, sobre todo en temas científicos candentes como el de las actuales críticas al modelo evolucionista estándar.
Como no establecen un criterio para los enlaces externos, y hacen aparecer en la bibliografía un número limitado y muy selecto de textos excluyendo toda otra posibilidad, no me extrañaría que los editores fueran amigos y/o admiradores de aquellos a quienes citan dándoles así fama internacional, pues es bien sabido que la Wikipedia es una de las enciclopedias de Internet más consultadas en el mundo.
Como siempre, volvemos a comprobar que no existen medios de divulgación de ideas que sean verdaderamente democráticos, bajo la excusa de que, sin censores, se violarían las normas mínimas de ética y honestidad y se caería en una total anarquía. En última instancia, esto es una muestra más de cómo el principio de autoridad se disfraza de racionalidad.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 5 de agosto de 2008

Biología y teleología

Teniendo en cuenta un comentario que recibimos en el blog, quisiera hacer una aclaración acerca de nuestra postura en torno a lo teleológico.
El filósofo Nicolai Hartmann, un realista que adoptó algunas conclusiones de la fenomenología del primer Husserl (el que amplió la idea de objeto más allá de las restricciones positivistas que lo limitaban a fenómeno sensorial), admitía que la idea de vida es inseparable de la categoría de teleología. No podemos dejar de comprender a los seres vivientes como orientados a fines, algo que resulta innecesario en el ámbito de los hechos físico-químicos.
Como era realista, Hartmann no interpretaba esa necesidad como una condición de posibilidad del conocimiento biológico, como lo hacemos nosotros, pues para él las categorías eran cualidades reales de los objetos y no, como para Kant, maneras de entenderlos. Pero siguiendo los resultados de la ciencia de entreguerras, sostuvo la necesidad de demostrar que es concebible que esta categoría emerja a partir de relaciones de tipo puramente mecánico, es decir, en las que el efecto no precede a la causa, como ocurre en los procesos que muestran tendencias a fines.
Él veía en la teoría de la evolución de Darwin la explicación del modo en que dos procesos mecánicos y ciegos que avanzan en líneas independientes, las pequeñas variaciones de las especies por un lado, las condiciones del entorno por el otro, sólo permitían la supervivencia y reproducción de aquellos seres vivientes que casualmente poseyeran las características que mejor se adaptaran al medio, funcionando de un modo que pareciera destinado adrede a alcanzar el fin de la continuación en la existencia de la especie a la cual esos seres pertenecen.
Después de Kuhn y Lakatos sería muy ingenuo seguir sosteniendo el realismo de Hartmann, y en consecuencia no tiene sentido pretender ver surgir procesos teleológicos a partir de procesos mecánicos. Mecanicismo y teleología son dos categorías que enfocan aspectos diferentes de una misma realidad que se nos escapa. No es el mismo objeto el que estudia un darwinista que el que estudia un partidario del Diseño Inteligente, por más que en última instancia ambos se refieren a las mismas "cosas".
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

martes, 13 de mayo de 2008

No al sinsentido

Lo que sostiene Daniel es cierto. Quienes alguna vez hemos sido o somos investigadores rechazamos instintivamente el sinsentido, lo inexplicable. O lo ubicamos en la categoría de aquello que, algún día, en el futuro, tendrá su sentido, su lógica, para que hoy moleste menos en nuestras construcciones teóricas sólidas.
Preferimos creer que todo debe tener una intención, y aunque adoptar un lenguaje científico ortodoxo nos impida expresarlo de este modo, pensamos, por ejemplo a cada organela o a cada estructura celular como si hubieran sido precisamente diseñadas para llevar a cabo su función con la máxima eficiencia posible.
Los pronunciados pliegues de la membrana interna mitocondrial parecen estar allí para llevar el rendimiento de la cadena respiratoria que transcurre en su seno al máximo. El pequeño espacio intermembrana parece hábilmente dispuesto para ser colmado por la cadena respiratoria de oportunos protones que le permiten a la enzima sintetizadora de ATP acumular ingentes cantidades de energía en un compartimiento separado y más interno, la matriz mitocondrial. En suma, todas las membranas y los espacios acuosos que conforman la mitocondria parecen tener la composición justa y la disposición perfecta para que procesos metabólicos extremadamente complejos como la oxidación de ácidos grasos y la respiración celular tengan lugar allí.
Sin embargo, nos molestó haber hallado dentro de esta organela un pequeño ADN circular, una maquinaria completa de transcripción y otra de traducción. Y nos molestó simplemente porque descubrimos que todo ello sólo sirve para producir un escaso número de las numerosas proteínas que hacen falta en la mitocondria (en algunos casos ni siquiera proteínas enteras sino partes de ellas). De manera que la extraña condición biosintética se queda en una -a todas luces- insuficiente “semi-autonomía” del resto de la célula. A esto, que nos pareció una burda imperfección de diseño, algunos trataron de otorgarle, a pesar de todo, algún sentido, un sentido de tipo evolutivo, con la hipótesis de la simbiogénesis.
El pensamiento del “como si”, que tan bien describió Daniel, se nos impone sin quererlo, aunque mientras admiremos el perfecto diseño de un aparato mitótico aparezcan, como molestas moscas revoloteando, dos pares de centríolos todavía inexplicables.
Copyright Mirta E. Grimaldi. Derechos reservados.

sábado, 22 de marzo de 2008

Fenotipo, genotipo, y lo que hay en el medio

Cuando Huxley planteó que los humanos descendemos de antropoides, de antepasados que compartimos con los monos, surgió el escándalo. De pronto, se había instalado una nueva herida narcicista en el corazón del hombre, hasta entonces considerado (por el propio hombre) como un ser único, ubicado en el pináculo de la creación. Por lo menos, es así como nos cuentan la historia. Como sea, todavía hay quienes piensan que, como se dice vulgarmente, "descendemos del mono". Creo que esta visión hace largo tiempo que se ha vuelto uno de esos temas en los que ya no vale la pena seguir pensando, menos aun desde que Dawkins ha planteado que somos complejas máquinas creadas para la replicación de genes, y Margulis, que somos simbiontes bacterianos, y, en última instancia, el medio a través del cual las bacterias han conquistado el espacio (o a través del cual ellas han vuelto, cambiadas, a su hogar, si debemos hacerle caso a Hoyle y a otros partidarios actuales de la panspermia).
Lo cierto es que, haber descendido de los simios, más allá de que los simios no tienen nada de primitivo ni de imperfecto más que para parámetros decimonónicos superados, no nos toca en nada. A lo sumo, ser simio o ser hombre son sólo "vestimentas" que la vida se pone en épocas sucesivas, la cáscara superficial de complejos procesos moleculares que se mantienen o cambian a lo largo del tiempo. Si nuestros genes pasaron alguna vez por el interior de antropoides antes de hacerlo por el interior de nosotros, es algo que nos afecta personalmente tan poco como el hecho de que las proteínas que ahora están en nuestros tejidos alguna vez estuvieron, con otra estructura, por supuesto, en la leche o en la carne que compramos en el supermercado.
Al ver a mi hija jugar, no puedo pensar que ella es sólo un conjunto complejo de procesos moleculares, de reacciones endergónicas y exergónicas que mantienen una homeostasis constantemente amenazada. Sin embargo, la Biología Molecular debe ver así a mi hija, para poder entenderla desde la perspectiva de su paradigma. Cada realidad es un diamante multifascetado del cual cada ciencia ve una cara, y de cuya sustancia interior no sabemos nada. Pero si vamos a hablar en términos bioquímicos, de nada nos sirve tampoco plantearnos las cosas en términos relacionados con el aspecto fenotípico de la vida. Si Galileo se hubiera quedado pensando en que la pluma nunca cae tan rápido al suelo como una naranja, la física moderna no hubiera existido.
La Biología no puede seguir hablando, en pleno siglo veintiuno, en términos del color de ojos de la Drosophila, o del tamaño del pelo del bisonte americano, o de la utilidad evolutiva que implica para algunos insectos darles golpecitos a las hembras de la especie cuando ellas se niegan a jugar al juego del amor, como ha dicho un biólogo ultradarwinista de cuyo nombre prefiero olvidarme. Cuando los partidarios del diseño inteligente discuten si un ciclo bioquímico como el de la coagulación de la sangre pudo surgir por un proceso no direccional de ensayo y error, no se les puede contestar con el carácter chapucero de la selección natural y la mutación al azar, que nos dieron muelas de juicio, o un apéndice que no se sabe para qué sirve.
Llevados a un plano molecular, que es donde se juega realmente el debate, a lo sumo se podrá hacer alusión a procesos de autoorganización espontánea en condiciones cercanas al caos. Ésto, sin embargo, es a todas luces insuficiente para explicar de qué modo, por pasos adaptativos sucesivos, se llegó a un sistema de coagulación cada vez más complejo; y sin embargo, en ningún caso, menos adecuado que el sistema que todavía sigue funcionando perfectamente en los peces.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿Evolución, o descendencia con modificación?

En la época en la que Darwin escribió El origen de las especies, la palabra "evolución" se aplicaba al proceso de la embriogénesis, un procesos claramente dirigido, orientado hacia la madurez del individuo. Por ese motivo, Darwin no habló de evolución de las especies, sino de un concepto menos impactante, pero más acorde con su modelo de ciencia: el de "descendencia con modificación". Sin embargo, en medio de la polémica a que su libro dio lugar, su amigo Huxley le sugirió adoptar el concepto de evolución en el sentido que se le da actualmente, debido al uso que de él había hecho el filósofo Spencer, en obras que ganaban cada vez mayor popularidad. Spencer extendía la evolución a todos los ámbitos de la naturaleza, la entendía en un sentido netamente progresivista, y mostraba al hombre liberal como culminación de millones de años de evolución de la materia a lo largo de los cuales, contra toda evidencia termodinámica, había habido una "progresiva concentración de materia con una consiguiente disipación de movimiento". Con el tiempo, la teoría de Darwin sería identificada directamente con la teoría de la evolución, lo cual dio lugar a una gran confusión lingüística. Darwin pensaba, sí, que hay un progreso en la naturaleza, pero ese progreso era visto por él como resultado de lo que Gould llamaría hoy en día una "exaptación": si todos los nichos posibles en la naturaleza están llenos, la única manera de introducir una "cuña" de novedad es mediante una "mejoría" de algún tipo, al no haber recursos alimentarios alternativos. Claro que esa "mejoría" no implica necesariamente un aumento de complejidad por división del trabajo. Pero en una época en que poco se sabía de parasitismos, el aumento de complejidad parecía la vía recta hacia la adaptación, lo cual, a la larga, y con tiempo suficiente, desembocaría en la aparición de la humanidad. Una humanidad que, curiosamente, carece de otros medios de supervivencia que no sean los que, inteligentemente, les roba a otras formas de vida, con lo cual sus debilidades (falta de pelos, de fuertes dientes y de garras), gracias a un desarrollo atípico de la corteza cerebral, se convierten en fortalezas. No puedo evitar aquí el citar la frase de Nietzsche: "el hombre es un animal enfermo".
Como sea, la alternativa planteada hoy en día entre evolución y cracionismo, o entre Darwin y Dios, no hace más que aumentar esa confusión lingüística en la que, a nivel popular, el Dios de la creación en siete días libra un feroz combate contra el Dios del Progreso Ilimitado.
¿Qué pasaría si volviéramos a la idea original de Darwin? ¿Qué pasaría si habláramos de "descendencia con modificación"? ¿No sería esa una manera de dejar de lado las cuestiones políticas y religiosas que empañan el debate realmente interesante, que es "por qué hay seres que tienen descendencia" y "cuál es el motor de la variación"?
Quizás debamos recordar que parecía imposible escapar al debate entre preformismo y epigénesis, entre un organismo pequeñito en espera de su crecimiento -en la punta del espermatozoide, o en el cálido interior circular del óvulo-, y un protoplasma indiferenciado que se autoorganiza a partir de la nada. Y sin embargo, un buen día, aparecieron los genes y, más adelante, la información codificada en el ADN. Lo cual no quiere decir que el debate se haya terminado. Surgen nuevos conflictos. De lo contrario, nos moriríamos de aburrimiento.
Me arriesgo a pensar que lo mismo va a pasar, a la larga, con la lucha entre el evolucionismo "chapucerista" y la teoría del diseño inteligente. Evolución y diseño pasarán entonces al arcón de las viejas palabras extinguidas que se alimentaron de la materia de esos extraños sueños que, como el de Leewenhoeck, alguna vez habitaron los libros de ciencia.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados

sábado, 15 de marzo de 2008

Máquinas inteligentes y máquinas tontas

Una de las características más curiosas de los ciclos bioquímicos que se dan en el interior de los organismos, es la existencia de infinidad de pasos intermedios desde que se activa un proceso hasta que finaliza, y la constante posibilidad, mostrada por los casos de mutación, de que todo salga mal con tal de que uno de los puntos del proceso no se cumpla. Un ejemplo mencionado por Behe es el de la coagulación de la sangre. Si alguno de los pasos del proceso resultara alterado, la sangre nunca se coagularía, o se coagularía todo el torrente sanguíneo. Behe toma estos procesos de regulación tan delicada y finalidad tan evidente como ejemplos de diseño inteligente. Simplemente, es imposible que el organismo fabrique todas las sustancias que van a intervenir cuando sea el momento necesario sin un conocimiento previo de lo que puede llegar a suceder. Pero el ejemplo más interesante e ilustrativo que formula Behe de la necesidad de una inteligencia que haya establecido las condiciones bioquímicas para que estos procesos tengan lugar, es el de las máquinas tontas diseñadas por un historietista norteamericano llamado Ruby Goldberg. Para quienes desconozcan estos diseños, basta pensar, como señala el propio Behe, en los complicados mecanismos diseñados por el pollito inteligente, cuya finalidad es dañar de alguna manera al Gallo Claudio, en el conocido dibujo animado de la Warner Bros. Se ha discutido mucho acerca de la posibilidad de explicar un mecanismo así como efecto de la selección natural, pero, más allá de esos debates, creo que hay un tema de fondo que está escapando a la atención de los participantes, y es, justamente, que el diseño inteligente de un mecanismo como el de la coagulación de la sangre es equiparable al diseño de un proceso totalmente tonto que puede alcanzar sus objetivos de una manera infinitamente más simple. Quiero decir, cuando los evolucionistas prueban que hay maneras más sencillas que la señalada por Behe en las que se da la coagulación de la sangre, y se empeñan en mostrar los pasos faltantes para llegar desde el mecanismo de coagulación de los peces hasta el del hombre, no se dan cuenta de que no hay nada más tonto que esa complejidad totalmente superflua que agrega ese mecanismo cuya evolución intentan describir. En cierta forma, si el objetivo de la vida es la conservación económica de la forma, todas las complejidades de seres como el hombre resultan superfluas y tan tontas como los medios a través de las cuales el pollito inteligente intenta dañar al Gallo Claudio. Todos los seres vivientes son maravillosas máquinas tontas, cuya única finalidad es la conservación de una forma inútilmente compleja. ¿Qué sentido tiene que la vida haya escalado, aunque sea paso a paso y lentamente, el monte de la complejidad que llevó a la aparición de estas máquinas alocadas que somos los seres humanos? Quizás cuando Gould habló de las enjutas, de esas exquisitas simetrías totalmente superfluas desde el punto de vista de la selección natural que son un simple subproducto de los procesos de desarrollo, no se dió cuanta de que todas las maravillas del mundo viviente no son otra cosa que enjutas. Frente al esqueleto de un dinosaurio, en cualquier museo de ciencias naturales, viendo la repetición de las vértebras, la perfecta distribución del arco para cargar el peso de la mole que pastaba tranquilamente, alguna vez, en los campos jurásicos, yo no puedo ver adaptación al medio. Tampoco puedo ver azar. Lo que veo es el producto superfluo de un loco y bello sueño, la apariencia superficial de un juego molecular totalmente gratuito, y sin embargo, pleno de sentido.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.

lunes, 10 de marzo de 2008

¿Por qué los biólogos evolucionistas participan de los debates creacionistas?

Si uno se pone a observar las páginas de debate sobre evolucionismo, creacionismo y diseño inteligente, es notable la gran cantidad de biólogos que participan en ellas. Muchos son defensores de un evolucionismo indefinido, sólo parcialmente darwinista, a veces incorporando elementos de simbiogénesis o de puntuacionismo. Es notable el modo en que realizan su participación. En muchos casos, empiezan con una actitud condescendiente y pedagógica, hablando de hechos, de pruebas clásicas, del sentido de lo que es o no es una teoría científica. Con el tiempo su actitud suele volverse algo más áspera, hasta que adoptan un lenguaje gremialista, menosprecian a cualquiera que "opine sin tener conocimientos suficientes". Emplean finalmente expresiones tales como "oscurantismo", "dogmatismo", "pseudociencia", y otros calificativos cuyo objetivo parece ser desear terminar rápidamente con el debate y dedicarse a cosas más interesantes. Sin embargo, siguen participando, vuelven a la carga contra viento y marea. A veces ponen sólo una frase sardónica y permanecen al margen, pero se siente su presencia. ¿Por qué ocurre ésto? Pienso en una razón muy sencilla: el aburrimiento. El evolucionismo, por lo menos en su versión más aceptada, la de la gran síntesis de 1950, que unió al darwinismo con la genética de las poblaciones, se ha vuelto aburrido. No porque carezca de elementos de interés. No discutimos aquí su verosimilitud, sus alcances macroevolutivos. No es eso. Ocurre que esa síntesis logra más o menos explicarlo todo acerca de la vida. Nada más terrible. Nada más terrible que lograr dar alcance al objetivo del Iluminismo del siglo XVIII: eliminar el oscurantismo, eliminar toda sombra y todo misterio. ¿Qué hace en su tiempo libre un biólogo que se dedica a contar genes, comparar y elaborar arduos árboles filogenéticos? Busca enemigos. La tarea que le ha tocado en suerte es una tarea árida, llegará a saber finalmente cuándo se separó cada rama de ser viviente a partir de los antepasados comunes, logrará imaginar cómo la primera colonia de bacterias se formó en la sopa primitiva, y después vendrá el Gran Vacío. Cuando el evolucionismo haga eso, se extinguirá en un halo de gloria y olvido. Como el biólogo evolutivo intuye que eso va a pasar, mira alrededor y busca enemigos. Sabe que los animales necesitamos a alguien con quien pelear. Como ha sublimado demasiado, por demasiado tiempo, entra al espacio virtual y muestra sus garras y sus dientes deseosos de sangre, y quiere que el combate sea difícil, y busca que lo hieran, pero sólo lingüísticamente. Además, quizás en medio de la contienda algo que dice el enemigo lo sorprenda, algo lo salve del martirio de haberlo conocido todo acerca de su tema. Quizás haga como esos virus que arrastran parte del genoma de la célula a la cual han despedazado. Si eso pasa, el debate no habrá sido en vano.
Copyright Daniel Omar Stchigel. Derechos reservados.