jueves, 3 de abril de 2008

Lo primero es (y sigue siendo) lo primero

Cuenta en su historia la bioquímica, que allá por 1838, el químico sueco Berzelius tomó la acertada decisión de denominar a un tipo de moléculas que su grupo de trabajo había descubierto, y que resultaban ubicuas y abundantes en la materia viviente, como “proteínas”.
“Proteína” deriva del término griego “protas” que significa “lo primero” o “lo de mayor importancia”, de manera que ese nombre ponía a estas moléculas por delante de cualquier otra ya conocida o que pudiera ser descubierta en el futuro.
Es curioso cómo este investigador pudo vislumbrar la enorme importancia funcional que hoy se les reconoce a las proteínas, siendo que en aquel momento no contaba con ninguna evidencia de ello. Tengamos en cuenta que el primer reconocimiento de la actividad catalítica de una enzima recién se logró casi un siglo después. Esa decisión tan lejana en el tiempo se me aparece por lo tanto hoy como una maravillosa intuición.
Destaco este episodio de la larga historia de la bioquímica porque fue durante mucho tiempo opacado por una serie genial de experimentos de la primera mitad del siglo XX (recuerden quienes están en el tema los ingeniosos trabajos de Avery, McLeod y McCartney y de Hershey y Chase), que llevaron a desbancar a las proteínas del primer puesto, entronando al ADN como suprema molécula portadora de la “única e imprescindible” información genética.
El hecho es que hoy sabemos bien que no hay ADN sin un ejército de proteínas que lo fabrique y que el ADN no serviría para nada sin otro ejército de proteínas que “exprese” su mensaje, es decir, que le de utilidad a la información que el ADN transporta. ¿Y de qué manera se expresa ese mensaje, se emplea esa información? ¡Fabricando proteínas!
Así que se empieza por ellas y se vuelve a ellas, las únicas, las de siempre, las que “hacen de todo” en las células y en los tejidos vivos. No existe ninguna actividad metabólica que no requiera de la presencia de alguna proteína. Ni existe ninguna proteína que se haya podido decir que no sirva para nada.
Existe una conocida analogía que compara al ADN (con el conjunto de genes que transporta) con un libro de recetas, y a las proteínas con los pasteles que pueden hacerse con esas recetas. En esta (algo burda, lo reconozco) comparación, los cocineros son los ARN intermediarios y las proteínas que sirven para sintetizar otras proteínas. Durante mucho tiempo se sostuvo que el elemento fundamental aquí y del que todo parte es el libro de cocina. ¿A usted qué le parece?
Mientras lo piensa, le pido que piense en su propio cuerpo, en sus tejidos y en cada una de sus células. Allí están ellas, súper complejas, súper especializadas, múltiples y ubicuas como lo intuyó Berzelius. Ellas eran (y siguen siendo) lo primero, lo fundamental. Bien ganado se tienen el nombre.
Copyright Mirta Grimaldi. Derechos reservados.

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